Juncker lo apuesta todo al plan inversor

Bruselas crea un fondo con 15.000 millones del presupuesto y 5.000 millones del BEI como palanca para atraer inversión privada. Dará un aviso a Francia por el déficit

El nuevo presidente Jean-Claude Juncker, en Bruselas EFE

La Comisión Europea de Jean-Claude Juncker ultima una nueva agenda económica que pretende sajar la inacabable crisis europea. Juncker se la juega apenas tres semanas después de llegar al cargo: esa agenda tiene como piedra angular un plan de inversión de 300.000 millones de euros en tres años, un estímulo con relativamente poco dinero público y buenas dosis de ingeniería financiera. Bruselas se juega su credibilidad con un nuevo vehículo financiero público-privado: ha diseñado un fondo con 16.000 millones procedentes de los presupuestos europeos (2.000 son dinero nuevo; el resto reasignaciones de otras partidas) y 5.000 del Banco Europeo de Inversiones (BEI) como palanca para alcanzar los 300.000 millones con el inestimable apoyo del sector privado.

Con la aportación privada se intenta llegar a 300.000 millones de euros

Pero los planes del presidente van más lejos: pretenden romper con la Comisión Barroso y dar un giro a la política económica para curar las graves lesiones económicas de Europa. Juncker buscó el apoyo tácito de Berlín, París y Roma en el último G20 de Australia para lanzar una estrategia a tres bandas: inversión, pero también reformas y una política fiscal algo menos severa, en línea con la doctrina Draghi, certifican fuentes comunitarias. Francia e Italia serán claves en el flanco fiscal: Bruselas les dará un aviso por sus presupuestos, que ponen en riesgo las metas de déficit. Pero será más bien retórico. La Comisión no impondrá multas ni tomará ninguna decisión hasta primavera. Se conforma con retoques por parte de París y Roma para evitar que un ajuste más duro arruine la pálida reactivación de la eurozona. Y ofrece un estímulo que necesitan como agua de mayo. A cambio quiere reformas. Los afectados ganan así tiempo para aprobarlas.

“Hasta hoy todo eran recortes y reformas; ahora se quiere jugar a tres bandas, con la inversión como estímulo, para que todos remen en la misma dirección”, explican fuentes europeas. “Esa nueva agenda económica cuenta con una constelación política extremadamente favorable”, añaden.

La estrella que ilumina esa constelación era y es Berlín. Y Alemania tiene sus reservas. La canciller Merkel, siempre recelosa de los estímulos keynesianos, solo tolera ese nuevo fondo a condición de que Roma y París hagan reformas, y sin aumentar la apelación al presupuesto común. “Que Francia e Italia hagan lo que quieran mientras no nos obliguen a hacer más de lo que hacemos”, ese es el mensaje que han pasado tanto Berlín como Londres a Bruselas, según dos altos funcionarios.

Berlín ha anunciado recientemente un plan de inversión propio, de 10.000 millones de euros —apenas el 0,1% de su PIB—, y no ha mandado ni un solo proyecto a Bruselas para que entre dentro del plan de inversiones europeo.

La Comisión dará hoy los últimos retoques al nuevo Fondo Europeo para Inversiones Estratégicas, probable nombre de ese vehículo financiero que, paradoja, busca sacar a la eurozona de la crisis con palancas parecidas a las que algunos usaron para meter al mundo en el huracán.

Alemania nunca ha sido partidaria de estímulos keynesianos

Lo presentará ante la Eurocámara el miércoles. Y el vicepresidente Jyrki Katainen iniciará enseguida una gira por las grandes plazas financieras en busca de inversores. Las cifras ya están claras: los 16.000 millones del presupuesto —que se usarán como garantía— y los 5.000 del BEI suponen fijar la ratio de apalancamiento de 1:15 (uno por cada quince) para alcanzar los 300.000 millones. La Comisión considera factibles esos números: en proyectos anteriores, el apalancamiento era incluso superior, y habrá proyectos que exigirán un endeudamiento menor. Juncker destinará 220.000 millones a infraestructuras energéticas, de transporte y digitales; y 80.000 a pymes. Acompañará ese fondo de un impulso al mercado único para sortear barreras regulatorias. Y se niega a asignar los proyectos por cuotas nacionales: el dinero irá a los más viables y atractivos.

Tres fuentes involucradas en su diseño explican, además, que el nuevo fondo se basa en dar una nueva dimensión al BEI, hasta hoy incapaz de dinamizar las inversiones por miedo a perder su calificación de solvencia, la triple A. La Comisión arriesga el dinero europeo: cubrirá las primeras pérdidas, pero a cambio quiere la mayoría en los comités que decidirán dónde invertir. Bruselas tutelará el nuevo fondo, y el BEI se convertirá en su brazo ejecutivo de la Comisión para gestionar los proyectos. Para ello, tiene previsto contratar nuevo personal y dar una nueva orientación a su política de inversiones, asumiendo mayores riesgos. Es difícil. Bruselas propuso en 2012 una ampliación de capital de 10.000 millones para el BEI, pero esa inyección fue lenta y no bastó para mantener la actividad inversora anterior a la crisis, según han reconocido incluso Alemania y Francia en un documento conjunto presentado al Ecofin en octubre.

La CE ultima el fin de semana los flecos del Fondo Europeo de Inversiones

El grueso expediente que maneja el Ejecutivo comunitario calcula una caída del 15% en la inversión total europea desde 2007, con picos de hasta el 60% en algún país; en España, el retroceso es del 44%. Hasta la fecha los Estados miembros han remitido un listado con 1.800 proyectos que suman un total de 400.000 millones de euros para el próximo trienio. Pero Bruselas confía en poder elegir sobre un abanico de proyectos aún más amplio, que sumen en torno a un billón de euros.

Un grupo de trabajo compuesto por los Estados miembros, la Comisión y el BEI se ha reunido ya con los bancos públicos nacionales (el español ICO, o el alemán KfW, por ejemplo) para que se sumen a la propuesta. Y varios Estados miembros estudian activar también planes de inversión nacionales, aunque para ello “sería deseable que las cifras comprometidas no computaran en el cálculo del déficit, y eso no es políticamente factible en este momento”, explica unos de los ministros del Eurogrupo.

Hay dudas respecto al paquete inversor. El ministro francés Emmanuel Macron ha asegurado esta semana que el dinero público no debería ser inferior a 60.000 millones de euros; el esquema de Juncker sitúa esa cifra en 20.000 millones (los 15.000 de los presupuestos más 5.000 del BEI).

Los Estados han enviado ya 1.800 proyectos viables por 400.000 millones

Las expectativas sobre el plan Juncker son tan elevadas y el dinero fresco finalmente incluido es tan limitado —2.000 millones— que los propios funcionarios involucrados en su diseño temen que los mercados desconfíen del impacto macroeconómico de ese estímulo. Además, hay que identificar, analizar, evaluar financiera y medioambientalmente, auditar y finalmente estructurar de 1.000 a 1.500 proyectos en tres años, en lo que supone un cuello de botella muy estrecho.

Y al cabo los Estados miembros acabarán teniendo que cofinanciar algunos de esos proyectos, incógnita mayúscula con la crisis fiscal actual. “Hay que hacer que el BEI arriesgue más, y hay que convencer a los mercados de que Europa va a volver a crecer a la velocidad adecuada para que vengan a invertir. No es que falte dinero: hay masas calientes de ahorro de sobra para llegar a 300.000 millones. Lo que hay que darles es proyectos viables y operativos”, según el equipo de Jean-Claude Juncker.