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COLUMNA

Los ministros de Economía son culpables

Los responsables de Finanzas boicotearon la unión económica en 1991; fueron tibios en la Gran Recesión: ¿la impulsarán ahora?

Los ministros de Economía son culpables

Vigilemos a los ministros de Economía, ahora que llega la tercera edad del euro, la madurez. Porque en sus dos primeras fases, los ecofines (con excepciones de personas y ocasiones) actuaron como freno más que como acelerador. Que no repitan ese triste papel.

El diseño fundacional de la moneda única conllevó errores. Pero no por exceso, sino por defecto. No eran unos locos federalistas lanzándola cuando las condiciones no estaban maduras, como perjura la reacción: las tormentas monetarias importadas de EE UU putrefaccionaban desde 1970.

Si no por el defecto de que el euro sólo se acompañó de una vigilancia fiscal unidireccional (el Pacto de Estabilidad para controlar los déficits, monomanía austeritaria) y un Banco Central maniatado políticamente (pero no en sus estatutos) a controlar la inflación, minusvalorando el crecimiento y el empleo.

La Comisión Delors intentó hacer de la unión monetaria una verdadera unión económica y monetaria, su título oficial. Antes de Maastricht (1991) pretendió suavizar el Pacto con una regla de oro por la que la inversión pública productiva no computaría en el cálculo del déficit público, lo que debía permitir puntas expansivas de la demanda también en fases recesivas.

Pese a que el gran Jacques se alió con sus supuestos rivales, los banqueros centrales y directores de los Tesoros en el Comité Monetario, la pinza entre el ordoliberal Bundesbank; la falta de complicidad París-Bonn sobre la secuencia unión económica/unión política; y los ecofines más inflexibles la tumbó.

La segunda apuesta por un espacio fiscal vino después, con el Libro Blanco sobre crecimiento, competitividad y empleo (1993) que propugnaba un aumento del escuálido presupuesto común; las infraestructuras continentales de transporte y energía; y una fuerte inversión común en la sociedad de la información. Los ecofines también la boicotearon, y aun no han merecido el correspondiente rapapolvo de los historiadores.

La fase juvenil del euro, coincidente con la Gran Recesión iniciada en 2008, amplió su abanico de instrumentos: fondos de rescate, unión bancaria, regulación financiera, nuevas políticas del BCE, plan Juncker de inversiones. Parece acertada (si bien discutible) la percepción de que sus grandes motores han sido la propia Comisión; el presidente del Consejo Europeo (sobre todo Herman Van Rompuy); y el del BCE, Mario Draghi, mientras los ecofines o iban tirando o arrastraban los pies.

La edad adulta empieza en el Ecofin informal del viernes, tras el discurso del estado de la Unión de Jean-Claude Juncker del miércoles. Los papeles que manejan apuntan a que serán más proactivos, en línea con las propuestas de monsieur Macron y los primeros encajes de frau Merkel.

Discutirán sobre el gran Fondo estabilizador que evite futuras crisis asimétricas (como lo fue la Gran Recesión en términos Norte/Sur), en forma de reaseguro de desempleo, estímulo a la inversión o estabilizador cotidiano. Y de rascarse el bolsillo —vieja blasfemia— para aumentar el presupuesto o crear uno para la eurozona. ¿A la tercera va la vencida?