Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

El ajuste de la crisis se centra en los sueldos bajos

La economía española tuvo que responder a la crisis recobrando competitividad. Una década después, el mayor sacrificio ha recaído sobre los que menos ganan. Salen mejor parados los pensionistas

Un camarero atiende una mesa en un restaurante de la localidad malagueña de Ronda.
Un camarero atiende una mesa en un restaurante de la localidad malagueña de Ronda. EL PAIS

Cuentan que el rey de Haití, el déspota Henri Christophe, estaba construyendo una fortaleza en la montaña y quería subir a la cima un cañón enorme. En la primera jornada, una treintena de operarios no consiguió trasladar la pieza de artillería hasta la cúspide; así que el monarca mandó matar a diez. Al día siguiente, los 20 restantes volvieron a intentarlo sin éxito; y cinco más fueron ejecutados. La suerte parecía echada. Pero los 15 supervivientes lograron dejar el cañón en el pico. Diez años después de la crisis que arrancó en 2008, la economía española ha culminado la proeza de los hombres de Christophe: producir lo mismo con 1,9 millones de ocupados menos.

Desde que estalló la crisis del euro, el diagnóstico de Berlín y el BCE fue meridiano: el endeudamiento de la periferia no era más que un reflejo directo de la pérdida de competitividad. En esos momentos, España compraba mucho más de lo que producía y, por lo tanto, tenía que tomar prestado del exterior para pagarlo. Solo en 2008 se pidieron unos 100.000 millones. Con la entrada en el euro, la financiación barata que obtenía España por pertenecer al mismo club que Alemania disparó la ilusión de riqueza y los salarios subieron incluso si la capacidad adquisitiva no aumentaba. En ese contexto, la productividad se estancó. Y la competitividad se deterioró.

Solo que los tudescos ya habían tenido la experiencia de absorber una economía menos competitiva. Al reunificar las dos Alemanias abordaron el mayor experimento en este campo jamás realizado. De la noche a la mañana, por decisión política los dos marcos y los sueldos de ambos lados se equipararon. Los alemanes del Este eran menos productivos, pero de golpe pasaron a ganar mucho más. Sin embargo, la riqueza no se traspasa por decreto. La inflación se desató. Semejante desnivel de productividad disparó el desempleo en una economía antes estatalizada. Al atender miles de desocupados de la RDA, los costes del sistema del bienestar se descontrolaron. Y el crecimiento germano se resintió. Sin vínculos afectivos de por medio, esta vez los alemanes no estaban dispuestos a reeditar la experiencia en el sur de Europa sin arreglar antes su productividad.

Los costes laborales

Del mismo modo que siempre viste chaquetas de corte recto, la canciller Angela Merkel portaba entre sus papeles un gráfico de los costes laborales unitarios o CLUs. ¿Y qué es eso? Pues cuánto cuesta producir cada unidad de PIB. “Se trata de una medida bastante extendida para saber cuál es la competitividad por salarios de un país”, explica el economista José Domingo Roselló. En cuanto comienzan las turbulencias, esta se mira con lupa y se graba a hierro y fuego como la nueva regla de juego en la zona euro. Mientras Alemania los había mantenido congelados, la mayoría los había disparado. Entre ellos España. Hasta entonces los españoles habían vivido los beneficios del euro: una financiación muy barata. Pero la contrapartida no se había padecido: "En el pasado, la peseta se depreciaba o devaluaba para contrarrestar la pérdida de competitividad, lo que permitía hacer el ajuste por la puerta de atrás y acarreaba una sustancial pérdida de capacidad adquisitiva al comprar productos importados", comenta Roselló. Una vez desaparecida la peseta, la mano de obra española estaba encerrada dentro de la misma moneda con los productivos trabajadores alemanes. Nadie se lo explicó a los españoles. Pero se trata de un Tourmalet constante en el que hay que mantener siempre la tensión competitiva y vigilar los costes.

Tras años sin hacer los deberes, en España se impuso sin remedio una devaluación salarial de caballo. Y la restricción financiera y el ajuste fiscal echaron todavía más gasolina al fuego. Lo demás lo hizo un sistema laboral arcaico a la vez que perverso: “En España, la legislación estaba diseñada para proteger al cabeza de familia. Solo se reformó con la democracia flexibilizando el contrato temporal. En cuanto vienen malas, la flexibilidad es inmediata y se traduce en despedir temporales sin coste para la empresa”, explica un experto laboral. ¿Y quiénes tenían esos trabajos temporales? Pues los jóvenes y los poco formados. De ahí que el primer ajuste se ensañase con ellos perdiendo el empleo. Se empieza a hacer más con menos. Y los CLUS se desploman a pesar de que los salarios medios se disparan porque los que permanecen tienen más antigüedad y, por ende, salarios más altos.

La hostelería sufre

Pero la cosa no queda ahí. A partir de 2011, comenzaron además las rebajas de salarios, antes incluso que se aprobase la reforma laboral a mediados de 2012. "Esta devaluación ocurre casi exclusivamente entre los que se mueven de un empleo a otro. Los que permanecen en el puesto de trabajo lo notan mucho menos. Hay un abismo entre los stayers y los movers", resalta José Ignacio García Pérez, de la Universidad Pablo de Olavide. Además, las estadísticas corroboran otra realidad: el ajuste se ceba más con los salarios bajos. Si se toma la Encuesta Anual de Coste Laboral del INE, entre 2008 y 2016, una vez descontada la inflación, el salario medio en la hostelería pierde casi un 12% pese a la baja inflación. Las actividades artísticas y recreativas, las administrativas y otros servicios acumulan pérdidas del entorno del 10%. Y precisamente son las que menos ganan: en la hostelería el sueldo sin cotización ni indemnizaciones asciende a 13.502 euros de media en 2016. Administrativos: 15.348 euros. Entretenimiento: 16.358 euros. Otros servicios no profesionales: 15.168 euros. Como recuerda el catedrático Josep Oliver, estas actividades presentan un claro sesgo hacia la temporalidad, el trabajo por horas o los trabajadores jóvenes: cuanto más uso del tiempo parcial, menos se gana. En la medida en que haya más temporalidad, la rotación permite encadenar cada vez peores contratos si se trata de empleo poco cualificado. Si hay más jóvenes, los salarios también suelen ser más bajos.

Por el contrario, aguantan los más formados como las actividades científicas, que se quedan igual. La industria gana un 2%, probablemente porque los que no perdieron el empleo se beneficiaron de la recuperación de las exportaciones. Y las eléctricas incluso ganan un 3% a pesar de tener los sueldos más altos con una media de 56.126 euros. “Ese comportamiento se explica porque los sectores regulados están protegidos de la competencia”, afirma el catedrático Amadeo Petitbó. Llama la atención que la construcción pierda menos de un 2% pese a la masiva destrucción de empleo: “Abundaba la retribución en B, y los salarios en realidad cayeron mucho al suprimir ese pago”, aclara un empresario del sector.

La polarización

Y lo mismo indica el decil de la Encuesta de Población Activa, que divide a los trabajadores en diez grupos según sus ingresos. Esta estadística revela que entre 2008 y 2015 el sueldo del 10% que menos gana pierde en torno a un 15%, frente al 5% que se deja la franja intermedia. En claro contraste, el 10% más alto mantiene su poder adquisitivo. Y este fenómeno se refuerza por la globalización y la expansión de las tecnologías. El economista Luis Garicano pone un ejemplo clarificador con el caso del fútbol: Madrid y Barcelona pueden aprovechar audiencias globales para captar ahora muchos más ingresos y pagar sueldos millonarios, mientras que el equipo de un pueblo pequeño recaba incluso menos. Es decir, los más cualificados son más capaces de negociar al alza en un contexto de mayores posibilidades para ellos. De ahí la polarización.

Los datos de la Agencia Tributaria son más difíciles de interpretar: entre 2008 y 2016 se vislumbra en las rentas del trabajo una caída de los declarantes y las cantidades declaradas en los grupos de 6.000 a 21.000 euros. Quizás pueda decirse que algunos han subido hacia escalas de mayores ingresos. Pero la explicación más plausible es más bien el elevado paro; los menores ingresos una vez agotadas las prestaciones; la mayor rotación de los temporales y la proliferación del tiempo parcial, que hacen que estos colectivos estén menos tiempo trabajando y, en consecuencia, ganen menos. De estos datos también se puede inferir que la clase media ha sufrido algo menos. “A esta le ha afectado más la congelación salarial, aunque en un contexto de inflación contenida”, remacha García Pérez. Es decir, han visto cómo se ha detenido en seco la evolución que apuntaban sus salarios antes de la crisis. En estas cifras también se aprecia que la brecha entre los sueldos públicos y privados se ha ampliado a favor de los primeros.

Y la polarización también se detecta en las cifras del PIB. Con 1,9 millones menos de ocupados, la remuneración total de los asalariados ha descendido con la crisis un 12% descontando la inflación. Si se toma la remuneración media de asalariados, esta solo retrocede un 0,1% entre 2008 y 2016. Es decir, el grueso de la pérdida de ingresos se halla en los parados. Si se mira en el PIB la evolución de los salarios por sectores, entre 2011 y 2012 se producen bajadas generalizadas en todos. Y en 2013 la devaluación salarial prosigue sobre todo en los servicios no profesionales. En estas ramas siguen cayendo las remuneraciones medias una vez surte efecto la reforma salarial de mitad de 2012 y se nota el impacto de la uberización.

Las pensiones, protegidas

Al mismo tiempo, los beneficios distribuidos o dividendos crecen un 3,4%.”Hay que tomar estos datos de rentas empresariales con cautela porque siempre han sido una precondición para que la economía se recupere”, matiza Oliver. Y el mayor contraste se produce cuando se compara con la evolución de las pensiones. Mientras la economía experimentó un crecimiento nulo, el gasto en pensiones se disparó un 30%. Es más, la cuantía de la pensión media restando la inflación se ha incrementado un 16,5%. Todo ello sucede porque cada vez hay más pensionistas y los que se jubilan ganaban más y, por consiguiente, cobran una prestación más alta. A todas luces, los sucesivos gobiernos han decidido preservar a este grupo sobre los demás.

Curiosamente, un informe interno del Ejecutivo de Zapatero concluía que los inmigrantes fueron quienes llenaron la hucha de las pensiones para luego marcharse sin poder capitalizar las contribuciones realizadas a la pensión.

En definitiva, parece que el ajuste se ha centrado más en los desempleados y los sueldos bajos mientras que jubilados, funcionarios, sectores regulados y rentas más altas han salido mejor parados. Los sectores profesionales y exportadores han ganado mucha cuota, y probablemente también se han beneficiado de la bajada de costes del resto. Aunque quizás podía haberse hecho de otro modo. El economista de BBVA, Rafael Doménech, señala cómo se hizo en Alemania: recortando horas trabajadas por empleado. “En 2008, los alemanes ajustaron salarios a los que trabajaban en lugar de despedir”, subraya García Pérez. Aunque con un modelo productivo a años luz, Alemania ha forjado una concertación social en la que los gastos del Estado de bienestar no se disparan, se pone a trabajar al máximo número de gente posible, se fomenta la formación en las empresas y los sindicatos promueven la moderación retributiva. En resumen, se preserva la competitividad de su tejido industrial a toda costa. A cambio, se intenta proteger la capacidad adquisitiva sin recurrir a proezas como el sacrificio de 1,9 millones de ocupados. Un ejemplo distinto del que quizás haya que tomar nota. Competimos con ellos.

La historia se repite

Esta no es la primera vez que nos vemos arrastrados a una crisis por vincularnos al pánzer alemán. En 1993, tuvo lugar la crisis del Sistema Monetario Europeo. Entonces, como un paso previo a la unión monetaria, las divisas se vincularon para cotizar dentro de una banda de fluctuación del 4,5% respecto al marco. Sin embargo, en ese momento los alemanes del oeste estaban reunificándose con la RDA y establecieron la paridad entre los marcos de los dos países. Este canje brindó una capacidad adquisitiva inimaginable para los del este, pero a la vez generó unas presiones inflacionistas que obligaron al Bundesbank a subir tipos.

Para continuar vinculados al marco, el resto de naciones tuvo que encarecer también el precio del dinero, lo que provocó una recesión. Los países no podían seguir el ritmo de Alemania; y los mercados apostaron que algunos no aguantarían. La libra inglesa y la lira italiana no resistieron y fueron expulsadas del SME. España y Finlandia devaluaron. Solo cuando las sacudidas llegaron a orillas del Sena, los alemanes temieron que se podía destruir el proyecto europeo. Prestaron fondos a los franceses y, al final, se vieron obligados a ampliar el rango de fluctuación al 30%.

Más información