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Dos Españas con vistas a Doñana

Las carreras de caballos de Sanlúcar de Barrameda, el segundo municipio más pobre del país, atraen a una clientela de lujo y ostentación

Una de las carreras de caballos de la playa de Sanlúcar de Barrameda vista desde la grada.
Sanlúcar de Barrameda

"¿Que si yo les envidio por estar allí arriba, en un palco para gente importante? ¡Para nada! Son ellos los que nos envidian a nosotros, que estamos aquí abajo. Esto de aquí es Sanlúcar y esa zona VIP son gente de fuera. Es así y ya estamos acostumbrados". Entre la reivindicación y la resignación, el discurso de Carmen Roldán —una vivaracha sanluqueña de 57 años— se llena de 'aquí y allí', de 'ellos y nosotros' cuando se le pregunta por los contrastes que se viven en plena playa de Bajo de Guía, durante el segundo día de la 172ª edición de las Carreras de Caballos. El ambiente del lujo y la exclusividad que mueve este clásico deporte se cita en estos días, juntos pero no revueltos, con la segunda ciudad más pobre de España.

Para encontrarse la paradoja, ni siquiera es necesario salir de la playa, situada en la paradisiaca desembocadura del Guadalquivir. La zona de palcos VIP, en alto y separada por una valla metálica de casi dos metros de altura, se sitúa a escasos 50 metros de donde Roldán y su familia plantaron a las tres de la tarde con sombrillas y bocadillos para seguir una competición que arranca al atardecer. Son las dos caras del costumbrismo maniqueo en el que vive Sanlúcar de Barrameda —codiciado destino vacacional desde finales del siglo XIX para apellidos nobles e ilustres— desde que la crisis la abocó a liderar las clasificaciones de pobreza y desempleo. Según la estadística de indicadores urbanos publicado en junio por el INE (con datos de 2014), la renta media de las familias sanluqueñas es 17.222 euros, bien lejos de los 73.014 euros de Pozuelo de Alarcón, el municipio más rico de España. Es también, según informes del mismo instituto, la segunda ciudad con más paro del país: de sus 67.620 habitantes, el 37,85% está en paro.

O al menos eso es lo que dicen unas estadísticas que no todos quieren creer. Es el segundo año que el sevillano Mariano Ortega sigue la competición, organizada por la Real Sociedad de Carreras de Caballos de Sanlúcar, desde un palco. Aunque veranea en Fuengirola (la tercera ciudad española más pobre) le gusta acudir a la ciudad gaditana por su aire "señorial". Reconoce que "se ven muchas desigualdades sociales que asombran", pero también cree que "hay mucha economía sumergida" que no aparece en los informes. En las enmoquetadas carpas blancas hay quien se divide entre ese pensamiento, el de una deliberada ignorancia o la resignación. Al madrileño Luis Ruiz le gusta el ambiente de las carreras y es del segundo planteamiento: "No noto la pobreza. Sé que está ahí, pero prefiero no advertirla". Inés Loring, pintora con segunda residencia familiar en Sanlúcar, sí percibe "los contrastes sociales" e intenta "llevarlos lo mejor posible".

Entrar en el recinto de las Carreras de Caballos es relativamente asequible a todos los bolsillos: la entrada vale 14 euros. Sin embargo, eso solo garantiza el pase a las zonas comunes de barras, puntos de apuestas (la mínima es de dos euros) y puestos comerciales, repletos de publicidad de patrocinadores como Mercedes-Benz. Sin embargo, el verdadero prestigio es estar entre los invitados de uno de los seis palcos VIP elevados que cada día de competición (las carreras tienen dos ciclos de tres días cada uno) gestiona un patrocinador. Arriba, el interés se mueve en alternar socialmente y, puntualmente, seguir lo que ocurre en las carreras. La etiqueta no está escrita, pero es clara: camisas de manga larga, guayaberas y sombreros panamá para ellos; trajes veraniegos y pamelas para ellas. "Esto es la hoguera de las vanidades", reconoce uno de los asistentes, que prefiere no ser identificado.

Poco o nada tiene que ver lo que se vive en la arena, más allá de las ganas de ver la competición. A pie de orilla, no hay más etiqueta que el traje de baño, ni más complemento que la silla de playa y la sombrilla. Los niños compiten por la casetilla de apuestas más vistosa (donde se puede apostar por céntimos) y los vendedores pregonan sus famosos dulces: donuts, carmelas o 'quitahambres'. "Somos gente sencilla, tiramos con lo que tenemos. Mi marido está en paro y, con 62 años, ahora empezará en la vendimia. En casa solo entra la ayuda de mi marido de los 426 euros, porque a mí me quitaron la no contributiva -la pensión- por superar la renta. De ahí comemos mi marido, yo, mi hija que está parada y mi nieta", reconoce Roldán sin perder la sonrisa.

Carmen Muñoz tiene una pequeña tienda de alimentación en la zona de pescadores de Bajo de Guía en Sanlúcar de Barrameda. ver fotogalería
Carmen Muñoz tiene una pequeña tienda de alimentación en la zona de pescadores de Bajo de Guía en Sanlúcar de Barrameda.

Las carreras convierten en epicentro social a la parte baja de Sanlúcar, justo donde la paradoja entre el lujo y la subsistencia se hace evidente a diario: los buenos restaurantes y las elegantes villas de lujo (excelentes ejemplos de la arquitectura vacacional de principios del siglo XX) coexisten con las viviendas humildes. "Aquí la desigualdad está muy presente y el bajo nivel cultural también. Hay quien todavía llama 'señorito' a la gente de dinero", reconoce un pintor que prefiere mantener el anonimato porque vende cuadros "sin estar dado de alta". Bien cerca, Rafael Amaya, de 45 años, mantiene su casa con lo que gana de gorrilla: "La mayoría somos pobres, pero aquí hay mucho dinero. Sanlúcar es para gente de dinero". Y justo gracias a esos que aparcan coches BMW, Porsche y Audi, Amaya se llevará hoy a casa unos 60 euros en propinas, lo que vale una botella de champán G. H. Mumm en el recinto de las carreras.

El sol muere por la desembocadura y el segundo día de competición va a culminar. Tras alternar con unos y otros, los invitados de la zona VIP abandonan la charla para seguir lo que ocurre en la arena. Los jinetes están a punto de pasar y la Guardia Civil despeja la zona. Carmen Roldán, asomada a la valla, está en primera línea del espectáculo, con Doñana de excepcional telón de fondo. Se siente dichosa por lo que ve y remacha: "Ellos están de paso. Nosotros vivimos en el paraíso, lo malo es lo que tenemos encima".