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Corea del Sur quiere poner coto al poder de sus grandes conglomerados

Los clanes familiares han dominado la economía del país durante décadas con la connivencia del poder político

Según los preceptos confucianos que reinaban en la antigua Corea, los comerciantes eran el eslabón más débil de la sociedad. Antes que ellos se situaban, por este orden, los académicos, los campesinos y los artesanos. Nada queda de esta particular separación de clases en la actual Corea del Sur, donde los grandes conglomerados controlados por dinastías familiares son los dueños de la economía nacional. Sus privilegios adquiridos durante décadas han dejado una sociedad atribulada por la desigualdad, el resentimiento y la sensación de injusticia. Para curar estos males, la nueva administración liderada por el progresista Moon Jae-in se ha propuesto algo que muchos han prometido y que nadie ha conseguido: reducir la influencia de estos Goliats.

Tres altos cargos de conglomerados surcoreanos comparecieron en diciembre ante el Parlamento por sospechas de corrupción.
Tres altos cargos de conglomerados surcoreanos comparecieron en diciembre ante el Parlamento por sospechas de corrupción. Reuters

Grupos como Samsung, Hyundai o LG son la espina dorsal de la potente economía exportadora surcoreana, un país que terminó la guerra con el Norte como el segundo más pobre del planeta y cuarenta años después ingresó en la OCDE como un país desarrollado. El entonces dictador Park Chung-hee señaló a varios empresarios, a los que pidió levantar el país a cambio del apoyo del Estado. Se antepuso el crecimiento económico a la competencia o la redistribución de los beneficios. Así se logró el que se conoce como 'milagro del río Han'.

La estrategia cumplió su objetivo, pero trajo graves desequilibrios. Operando sin rivales y equipados permanentemente con un salvavidas, estas empresas se convirtieron en grandes conglomerados empresariales, con decenas de filiales que operan en prácticamente todos los sectores y con un poder político inmenso. En coreano se les llama chaebol, palabra que procede de la unión de "riqueza" y "clan". Literalmente, un clan de ricos. Ricos, porque ya no hay nadie que les pueda hacer sombra; clanes, porque su control se concentra en muy pocas y siempre las mismas manos.

La necesidad de reformar estos gigantes ha sobrevolado la política surcoreana durante décadas, pero la connivencia entre la clase política y la élite empresarial ha parado cualquier intento de cambio. De hecho, estos conglomerados son en la actualidad más fuertes que nunca. "Los chaebol buscan beneficios haciendo lobby con políticos, a menudo a expensas del bienestar de la ciudadanía, y los políticos necesitan fondos para mantener su influencia. Es un círculo vicioso, una simbiosis entre las élites empresariales y políticas. La reforma de los chaebol ha estado en manos de quienes eran el propio objeto de la reforma", explica Hwa-ryung Lee, investigadora asociada del Instituto de Desarrollo de Corea.

Estos tejemanejes eran sobradamente conocidos por la opinión pública, que optaba por hacer la vista gorda porque los chaebol han sido parte esencial del éxito económico del país. Pero la ciudadanía dijo basta a finales del año pasado al destaparse un macro escándalo de corrupción que acabó llevándose por delante a la expresidenta del país, Park Geun-hye. Según la Fiscalía, una amiga y confidente de la presidenta -que no ostentaba ningún cargo público-, se valió de su amistad con Park y prometió a los conglomerados un trato de favor por parte del Gobierno. A cambio, estos ingresaron fondos en fundaciones indirectamente controladas por ella. Fue la evidencia de que las corruptelas existían y que se ejercían al más alto nivel. Park, su amiga Choi soon-sil y hasta el heredero del imperio Samsung, Lee Jae-yong, están ahora entre rejas y rindiendo cuentas ante los tribunales en lo que los surcoreanos han calificado como "el juicio del siglo".

Corea del Sur quiere poner coto al poder de sus grandes conglomerados

En paralelo, el nuevo presidente, Moon Jae-in, logró una victoria abrumadora en las urnas con la promesa de hacer limpieza, lo que pasa inexorablemente por reformar los chaebol. Una de las prioridades es acabar con la ingeniería financiera que usan esas familias (a través de la creación de fundaciones o complejas estructuras de participaciones cruzadas entre empresas filiales) para beneficiar a los miembros de su clan frente a los pequeños accionistas o para librarse de pagar el altísimo impuesto de sucesiones. Las transacciones entre filiales serán objeto de escrutinio para evitar además que estos grandes grupos creen nuevas empresas con el objetivo de entrar en sectores dominados por pymes y, gracias a sus enormes recursos y conexiones, adueñarse de gran parte del mercado.

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Moon también se plantea dar más independencia a los jueces y reducir los poderes del presidente a la hora de amnistiar a los condenados por delitos fiscales. El padre del actual heredero de Samsung, Lee Kun-hee, fue condenado dos veces por soborno y evasión fiscal, pero en ambos casos obtuvo el perdón presidencial y volvió a ocupar su cargo como si nada hubiera ocurrido. "Creo que los presidentes se han dado cuenta de que otorgar ese trato especial a estos magnates es algo que los ciudadanos ya no aceptarán fácilmente. Dada la voluntad de reforma expresada por Moon, se prevé que este perdón oficial no ocurra con la nueva administración", dice Lee.

Terminar con estas prácticas tan arraigadas, sin embargo, no se antoja nada fácil. "Cada administración intenta demostrar que está muy enfocada a la reforma de los chaebol porque a corto plazo es algo políticamente popular, pero debido a la enorme contribución de estos grupos a la economía coreana, gradualmente se rebaja el tono porque se dan cuenta de que necesitan su apoyo para mantener cierto nivel de crecimiento económico", sostiene Rhyu Sang-young, profesor de Economía Política de la Universidad de Yonsei durante un viaje organizado por Korea Foundation, organismo vinculado al Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Sur.

Por esta razón, los expertos descartan una intervención política directa o una reforma drástica. "[Un cambio estructural] va a tardar mucho tiempo, quizás hablamos de una generación. Hasta el propio Moon sabe que esto es así, pero hasta entonces el Gobierno debe mostrarse lo suficientemente firme como para disciplinar a estos conglomerados y hacer cumplir la ley", apunta Rhyu.

Las expectativas generadas por Moon son altísimas, igual que su popularidad. Muchos confían en que el nuevo presidente no se conforme con meros retoques y lidere un cambio de paradigma en la sociedad surcoreana. Básicamente -y sin llegar al extremo que marca el confucianismo-, que ponga los ciudadanos por delante de las grandes corporaciones.

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