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Nuevas vías para comer tomates

Se multiplican los canales de distribución de alimentos que huyen de la sobreexplotada etiqueta de orgánico y ecológico

Debe de existir un universo paralelo donde los tomates y las patatas saben a tomate y patata. Una tierra donde un tomate de la variedad Raf o rosa no cuesten, como en algunas fruterías de la almendra de Madrid, nueve y seis euros el kilo, respectivamente. A ese paisaje, tan imaginario como Macondo, le han crecido las etiquetas de “orgánico”, “ecológico” y “proximidad”. Adjetivos expandidos que se leen también en los lineales de las grandes superficies y los supermercados y que, en el fondo, de tan intercambiables, semejan peones en la partida de la distribución alimentaria.

Sobre ese tablero se enfrentan dos estrategias divergentes. Las fórmulas de comercio no convencionales frente a la gran distribución alimentada por Internet. España, por ahora, es poco propicia a que la cesta de la compra lleve asas digitales. El comercio electrónico maneja unos 5.400 millones de euros al año. Pero la alimentación solo representa el 1% y los productos frescos un 0,4%. La cultura, el clima y esa idea de que los frescos hay que verlos y tocarlos antes de comprar pesan. Y la historia no trae buenas noticias. “Por ahora experiencias como las del supermercado online Ulabox sufren para crecer”, reflexiona Jaume Hugas, profesor de Esade.

Porque en una industria como la de los alimentos, que siempre tensa sus límites, su última frontera es la distribución de productos frescos. Amazon y Walmart también se han dado cuenta. Este último, de momento, suelta lastre y, a la vez, gana peso. “El año pasado”, recuerda Hugas, “cerró 250 tiendas y liberó 2.000 millones de dólares anuales para su comercio online. El mayor vendedor al por menor del mundo reparte alimentación con un camión de frío en varios campus universitarios y dispone de taquillas propias en tiendas de conveniencia como 7 Eleven. Pero no es solo un desafío de espacio sino de tiempo. Pues la urgencia es una demanda del cliente. El Corte Inglés, a través de la plataforma tecnológica española Paack, entrega 130.000 referencias (incluida alimentación) en una o dos horas.

Frente a este universo de volumen, tamaño y velocidad, hay quienes plantean la distribución de alimentos frescos con la misma lentitud que Kárpov y Kaspárov entendían una apertura con blancas. Ecomarca, ¡La Colmena Que Dice Sí!, Socium.cat o Landare han hallado fórmulas lejos del mercado para distribuir sus productos de proximidad. Algunas tienen base tecnológica pero todas proponen la reducción de intermediarios entre la tierra y el consumidor.

Resulta difícil competir contra los costes logísticos de los grandes

¡La Colmena! es una mirada de origen francesa que a través de una web pone en contacto a productores y clientes. El objetivo es construir “colmenas” o comunidades alrededor de una persona que es la encargada de captar socios y hacerla crecer. Los artículos se venden en un mercado efímero (bar, restaurante, tiendas) donde los agricultores entregan directamente los alimentos. La red la dibujan 34 colmenas abiertas, 25 en construcción y 280 productores. Quizá lo más valioso sea que los números ponen al agricultor por delante del intermediario. “El 8,35% del pedido se destina al responsable de su colmena y otro tanto a ¡La Colmena! El resto va al productor”, detalla Anna García, miembro de la red.

Nuevas voces y espacios

Otras voces y otros espacios llegan a la distribución. “Y aunque el cambio de mentalidad será difícil, ya se caminan pasos distintos”, señala Eva Güibas, experta en distribución alimentaria. Ecomarca, por ejemplo, enlaza productores y grupos de consumo. Y se encarga, con estos últimos, de la parte más ardua, como es la logística, los pagos o la gestión de los pedidos. Pero además de la tierra reivindica las palabras. “La filosofía de nuestros productos responde a lo agroecológico. Hay que tener cuidado con los términos porque prolifera mucho oportunismo”, advierte Eva Ortega, de Ecomarca. Habla, sin citarlo, de esa sobredosis de adjetivos como “orgánico”, “proximidad” y “ecológico”. Etiquetas que se vierten al igual que agua en una copa rota.

“¿Es ecológico que no contamine el medio ambiente pero que acabe con las producciones tradicionales que mantenían vivo el tejido rural y local?”, se cuestiona Patricia Dopazo, de la revista Soberanía Alimentaria. Resulta difícil ignorar la etiqueta, porque vende. “El consumidor español”, refrenda la consultora Nielsen, “tiene un gusto por lo nuevo” en el lineal. Y si se le pregunta qué echa en falta, “el 30% pide más artículos elaborados a partir de ingredientes naturales”. Porque esa semántica tiene su letra pequeña. “Lo importante cuando se utiliza un adjetivo es que sea garantía de un valor que se pueda respaldar”, observa José María Bonmatí, director general de la patronal de las firmas de gran consumo (Aecoc).

Estos nuevos distribuidores saben que el campo abierto es hostil y se refugian en la cercanía

Entre tantas dudas, la distribución alternativa busca sus propios canales. Socium.cat representa esa tierra nueva. Es una plataforma creada por Oriol Rey, un antiguo bróker. La web funciona como un canal de televisión. El productor sube su perfil y explica en un vídeo su proyecto y su cesta. Cuentan con más de 2.000 artícu­los y un centenar de perfiles. Además, una de sus singularidades es la fijación del tique. El productor y los responsables de la página estudian a qué precio final se vende una referencia similar en el mercado clásico. A esa cuantía le resta un 23%. Esa es la cantidad que recibirá el productor, quien se encarga de enviar los artículos a la sede central de Socium.cat, en Barcelona.

Desde luego, gran parte de la partida se juega en el envío. Resulta difícil competir contra los costes logísticos de los grandes. La entrega en dos horas de El Corte Inglés cuesta 7,9 euros el pedido, Amazon tiene una tarifa exprés (una hora) de 5,9 euros y el reparto al día siguiente en Mercadona sale por 7,21 euros.

Estos nuevos distribuidores saben que el campo abierto es hostil y se refugian en la cercanía. El colectivo Landare agrupa a 2.900 familias socias en Pamplona. Distribuye, a través de dos locales, alimentos de proximidad (producidos a 150 kilómetros alrededor de la ciudad) que responden a una identidad agroecológica. “Nosotros proponemos una compra en valores, de cercanía y que fije la población a su entorno rural”, desgrana David Garnatxo, miembro de Landare. Un reparto distinto. El 80% del precio de venta va para el productor y el 20% restante a la asociación.