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TRIBUNA

La cultura en las ciudades, ¿susto o muerte?

Ya no sirve el modelo que tiene en cuenta el crecimiento económico, la equidad social y el equilibrio ambiental pero olvida la cultura

Las ciudades asumen hoy el paradigma de la sostenibilidad (o del desarrollo sostenible) como un triángulo formado por el crecimiento económico, la equidad social y el equilibrio ambiental. Este paradigma se emplea en todas las escalas territoriales, para elaborar estrategias metropolitanas o planes de desarrollo comunitario o definir lo continental (Europa 2020) o lo global (Agenda de desarrollo Post-2015 de Naciones Unidas).

Este paradigma ya no sirve ni para entender las ciudades ni mucho menos para transformarlas. Es obligatorio, cuando un paradigma está agotado, que la ciencia proponga marcos de referencia nuevos y adecuados. El agotamiento lo han demostrado desde la teoría filósofos como Amartya Sen o Martha Nussbaum, que nos explican por qué debemos poner a las personas (su libertad, la ampliación de la capacidad de elección y las competencias humanas) en el centro de cualquier política de desarrollo y desde la praxis, pues las evaluaciones a largo plazo de los programas de desarrollo nos confirman sistemáticamente las pésimas consecuencias de ignorar gobernanza y cultura.

Los actores culturales se han ido despojando de legitimidad

En la inmensa mayoría de ciudades, se coloca a la cultura en la disyuntiva ¿susto o muerte? La cultura se instrumentaliza (susto) o simple y llanamente se ignora (muerte). El susto dura ya más de dos décadas. Se utiliza a la cultura para generar un mejor funcionamiento de los sistemas económicos y sociales. Se dice: la cultura impulsa el crecimiento económico, genera ingresos y empleo, la creatividad y la innovación cultural tienen relación con la empresarialidad y con las tecnologías; o también, la cultura cohesiona, fomenta la inclusión social, proporciona herramientas para la participación ciudadana, el diálogo intercultural y la igualdad de derechos; inclusive, desde el urbanismo y el medio ambiente se ha utilizado a la cultura para regenerar territorios o para crear conciencia sobre la responsabilidad ecológica.

Al aceptar progresivamente estas líneas de instrumentalización, y olvidar la radicalidad crítica que le es intrínseca, los actores culturales se han ido despojando de legitimidad. ¡Basta, basta! La crisis debe ser una oportunidad. Como hoy no resulta viable una enmienda a la totalidad del paradigma, creo que sería razonable que los actores culturales lucharan por algo estratégico, que la cultura fuera considerada el cuarto pilar de la sostenibilidad. Se trataría de que los actores culturales trabajaran con su material básico de trabajo (el patrimonio, el conocimiento crítico, la creatividad y la diversidad) de manera explícita y operativa en todas las políticas, programas y planes de desarrollo. Relacionándose con los otros tres pilares, la cultura necesita entidad y agencia propia.

En los planes de desarrollo de las ciudades, con especial énfasis en lo físico y urbanístico, se podrían proponer medidas muy concretas:

  • Establecer una evaluación del impacto cultural, de base muy participativa, como documento preceptivo para la aprobación de planes de desarrollo territorial. Esta evaluación debiera ofrecer de qué manera un nuevo plan refuerza las competencias culturales de los habitantes.
  • Hacer transparente el uso que se realiza del 1% cultural en las obras públicas.
  • Apoyar procesos de recuperación de la memoria, tanto en los centros urbanos como en las llamadas periferias, y velar por que estos procesos no se circunscriban a lo físico.
  • Potenciar el uso de los espacios públicos para desarrollar los programas culturales financiados o impulsados por las instituciones.
  • Comprender que el interés público no necesariamente pasa por la institucionalización sino más bien por el apoyo de proyectos ciudadanos, de abajo-arriba, que pueden (si lo desean) crecer paulatinamente.
  • Asegurar que todas las grandes instituciones culturales de una ciudad tienen estructuras de gobernanza participativas y trabajan reforzando sus respectivos ecosistemas, es decir, que se responsabilizan también de apoyar a proyectos pequeños, o territoriales, y de asegurar su conectividad general.
  • Incluir a los actores culturales en los planes de desarrollo comunitario, pues aportan, y saben potenciar, elementos como el conocimiento crítico, el riesgo, la ritualidad, la imaginación y la confianza.

El desarrollo de las ciudades debe ser holístico e integrado. Cabe luchar contra la instrumentalización de la cultura. Debemos hacer explícitos los valores intrínsecos de la cultura y trabajar para que sean operativos en políticas y programas. Los actores culturales deben relegitimarse y les compete la creación de coaliciones y plataformas que aterricen localmente estos temas, y los proyecten a medio y largo plazo.

Jordi Pascual es colaborador docente del Área de Gestión de la Ciudad y Urbanismo de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC).