Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Keynesianismo bastardo

La política de Bruselas, que representa Olli Rehn, en nada se parece a la de Keynes

Del mismo modo que el presidente ruso Vladimir Putin opina que “el que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza pero el que no lo eche de menos no tiene corazón” (Limónov, Enmanuel Carrère, editorial Anagrama), el vicepresidente económico de la Comisión Europea, el finlandés Olli Rehn, ha declarado en la City que “no estoy seguro de si el propio Keynes sería hoy keynesiano. Yo, de hecho, sí lo soy”. Rehn ha rememorado, medio siglo después, a Milton Friedman, que escribió en la revista Time en la década de los sesenta del siglo pasado: “Por una parte ahora somos todos keynesianos; por otra, ya nadie es keynesiano”.

La de Rehn es una declaración cínica. Nada en su práctica política hasta ahora permite descubrir síntoma alguno de keynesianismo. El genial economista de Cambridge buscaba la solución al desempleo masivo incrementando la demanda agregada total por varios caminos: por la vía monetaria reduciendo los tipos de interés, mediante exenciones fiscales o inyectando dinero público en el aparato productivo, básicamente mediante obras públicas. Se trataba de aplicar medidas contracíclicas, gestionando los déficit públicos para impulsar las economías desfallecidas. La política de Bruselas, que representa Rehn, ha sido hasta ahora al menos, la de una austeridad sin fisuras, buscando el equilibrio fiscal de los países sin flexibilidad alguna y conduciendo de modo inexorable a la zona a la recesión que ahora padece. ¿Alguien recuerda alguna reflexión central de Rehn sobre el desempleo? De alguna manera se podría decir que en el actual stablishment bruselense está prohibido el keynesianismo y se le ha considerado —como decía Orwell en 1984— una especie de “crimental”, un crimen del pensamiento económico, un crimen esencial que contenía en sí todos los demás.

El debate hoy en economía no es, como en otros momentos de la historia, entre neoliberales y keynesianos, entre partidarios del libre mercado o de la intervención pública como métodos para arreglar las peores disfunciones de la coyuntura. Desde el comienzo de la Gran Recesión toda la política económica ha sido la de una gran intervención administrativa, en unos casos para intentar solucionar sobre la marcha las dificultades que iban surgiendo (hipotecarias, bancarias, de las materias primas, de la economía real, del endeudamiento público o privado,…) y en otros para aprovechar esos problemas (generados por las prácticas de los neoliberales durante tres décadas) y volver a una distribución de la renta y de la riqueza más regresiva, anterior a la existencia y desarrollo del Estado del Bienestar. En este último caso, la política aplicada no ha tenido nada que ver con la economía sino con el poder. En una u otra opción se ha utilizado masivamente el dinero público.

Durante este periodo, los neoliberales han permanecido agazapados en sus poderosos think tanks o en sus cátedras universitarias (donde no les alcanzan las consecuencias de la reforma laboral que tanto han aplaudido), esperando otra oportunidad. Joan Robinson, la principal discípula de Keynes —de la que este año se cumplen 30 desde su desaparición—, distinguía entre “un keynesianismo de izquierdas por antonomasia” (ella se consideraba su principal representante) y un “keynesianismo bastardo” (que degenera de su origen o naturaleza, según la primera acepción del diccionario de la Academia). Olli Rehn es, como mucho, un buen ejemplo de este segundo keynesianismo.

Galbraith, que no vio la Gran Recesión pero que estudió mucho las relaciones de poder en el mundo de la economía, dio una explicación de porqué los conservadores no aplaudieron nunca a Keynes pese a haber salvado al capitalismo y a estar extremadamente confortable con el sistema económico que de modo tan brillante había explorado en su Teoría general: “La mayor parte de sus esfuerzos, como los de Roosevelt, eran conservadores; quería ayudar a asegurar la supervivencia del sistema. Pero este conservadurismo (…) no es atractivo para el conservador realmente comprometido (…). Es mejor aceptar el desempleo, las plantas inutilizadas y la desesperación masiva provocada por la Gran Depresión, con todo el daño que puede hacer a la reputación del sistema capitalista resultante, que retractarse del verdadero principio (…) Cuando el capitalismo finalmente sucumba, lo hará por los estrepitosos brindis de los que estén celebrando su victoria final sobre personas como Keynes” (citado por Nihotas Wapshott, en Keynes versus Hayek, editorial Deusto).