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OPINIÓN

La sociedad de la excepción

Las élites quieren gobernar directamente no sólo la economía sino la política

El presidente francés, Emmanuel Macron, este domingo, durante su toma de posesión.
El presidente francés, Emmanuel Macron, este domingo, durante su toma de posesión. EFE

No ha sido ningún intelectual melenchonista de extrema izquierda sino uno de los máximos aliados del nuevo presidente de la república francesa (Francois Bayrou, líder del Movimiento Democrático) el que lo ha dicho: Macron es “el intento de grandes intereses, financieros y otros, que no se contentan ya sólo con tener el poder económico”. Alain Minc, asesor de políticos franceses y consejero de Macron, lo ha rematado: este último es un producto de las élites, pero los que lo votan no son las élites.

La cosa tiene miga y replantea (después de la presencia del multimillonario Trump en la Casa Blanca) si se está produciendo poco a poco, una sustitución de los gestores y expertos de la política y de la economía por millonarios, financieros y empresarios. Una suplantación de los mediadores. Si así fuese, los que se habrían radicalizado serían esas élites que ahora pretenden gobernar directamente no sólo la economía sido también la política. Hemos pasado de la declaración de Hollande para ganar el Elíseo de “mi enemigo son las finanzas” a ceder su asiento a un representante de la Banca Rothschild. Otro modelo de democracia. Lo que Esteban Hernández ha denominado la sociedad de la excepción (Clave Intelectual).

Una nueva cúspide fabrica la esencia del discurso político e ideológico dominante bajo del manto de la sociedad abierta y de la globalización. Está cambiando la naturaleza del poder. En su intervención en el homenaje al economista Santiago Roldán, a los 20 años de su muerte, su hijo, el joven diputado y portavoz económico de Ciudadanos en el Congreso de los Diputados, Toni Roldán, reconoció que en sus estudios de Economía ha aprendido muchas matemáticas y mucha econometría, y poca historia económica y pocas relaciones del poder económico y del poder político. Estas relaciones eran obsesivas para el colectivo de economistas que durante muchos años firmó con el seudónimo de Arturo López Muñoz (Santiago Roldán, Juan Muñoz, José Luís García Delgado, Ángel Serrano,…) y que fueron recordados hace unos días en la madrileña Residencia de Estudiantes. Si ese colectivo que tanto influyó en la formación de numerosos ciudadanos estuviese activo hoy habría de dar un salto en sus estudios sobre la composición del capitalismo, a la luz de las actuales transformaciones. Y el libro de referencia de uno de ellos, el añorado Juan Muñoz, El poder de la banca en España, habría de ser reescrito casi por completo (no sus tesis).

Fueron premonitorios Roldán, Muñoz y Serrano cuando, poco antes de desaparecer los dos primeros, publicaron su último artículo en EL PAÍS (año 1996) titulado El monopolio del amiguismo, que terminaba así: lo que se presenta como un proceso de liberalización empresarial a favor de miles de accionistas privados (el capitalismo popular) se convierte en la práctica en una mayor concentración del poder económico, lo que implica un abuso de posición dominante y una mayor restricción de la competencia a favor de una determinada plataforma.

Es necesario regular estos cambios, según el último estudio de la Comisión Europea sobre la globalización, si se quieren limitar los efectos electorales y la influencia de lo que se denominan populismos renovados. Lo que expresan Bayrou y Minc es que Macron representa, sobre todo, a los ganadores y a los protegidos de la globalización. El problema es la credibilidad europea para poner semáforos a la globalización. Todavía están muy cercanas las palabras de Sarkozy, al principio de la Gran Recesión, apelando a refundar el capitalismo, regularlo, embridarlo,… con los resultados que todos conocemos. Poco más que retórica.