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Europa entra en su quinto año de crecimiento pero la recuperación no despega

Bruselas advierte de que la limpieza en el sector bancario no ha acabado y que el paro sigue en niveles elevados

El comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici
El comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici EFE

Los riesgos internos se moderan, más aún después de la victoria de Emmanuel Macron en Francia y de la constatación de que el Brexit, de momento, no altera el horizonte económico europeo. Los riesgos geopolíticos externos siguen siendo lo más preocupante, pero ni se han materializado en Estados Unidos ni parece que China vaya a provocar quebraderos de cabeza. La eurozona ha entrado en su quinto año de crecimiento, aunque el apellido más adecuado para la recuperación sigue siendo mediocre, según las previsiones de primavera de la Comisión Europea. No hay signos de acelerón: los vientos de cola se compensan con las debilidades y vulnerabilidades propias de la salida de la mayor crisis en décadas. Tras un 2016 complicado, el PIB del euro sigue rondando una velocidad de crucero cercana al 2%: la eurozona crecerá el 1,7% este año y el 1,8% el próximo, con todos sus países, incluyendo Grecia, en territorio positivo.

Varios países pequeños registran ya tasas de crecimiento del 4% (Irlanda, Malta, Luxemburgo). Entre los grandes, España es el más destacado, con un avance del PIB del 2,8% este año, tal como avanza hoy EL PAÍS. Pero Europa es fiel a sus fundamentos: la eurozona baila al son de Alemania, que crecerá el 1,6% y el 1,9%, para lo bueno (con un mercado de trabajo que roza el cielo del pleno empleo) y para lo malo (con un superávit comercial que supera con creces el 8% del PIB y que desequilibra a toda Europa). Sufre con Francia, que aun así acelera levemente con un crecimiento del 1,4% este año y del 1,7% en 2017. Y reza para que la crisis del euro no vuelva por el flanco de Italia, que lleva 15 años estancada y no consigue sacar la cabeza: el PIB transalpino crecerá alrededor del 1% en los dos próximos años, lastrado por una montaña de créditos tóxicos que demandan una solución que nunca termina de llegar.

Las previsiones trazan el mapa de los miedos de Europa. Muchos de ellos no han cristalizado en los últimos meses complicados por el Brexit, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y el tirón de los populismos. Pero Bruselas desconfía. Lejos de cantar victoria, lo más destacado del documento que presentan hoy el vicepresidente Valdis Dombrovskis y el comisario Pierre Moscovici son los lamentos de su economista jefe, el italiano Marco Buti: "La recuperación sigue siendo incompleta". La inversión sigue muy lejos de recuperarse, la situación de los bancos en varios países (Italia, Portugal) no permite acompañar la reactivación, y el mercado laboral mejora pero "la tasa de paro sigue siendo elevada y las horas por trabajador son se han recuperado", avisa.

Bruselas, en fin, advierte de que el legado de la Gran Crisis es tozudo y se resiste a aflojar. La recuperación no es todavía lo suficientemente autosostenida como para que el BCE levante el pie del acelerador de la política monetaria. El Eurogrupo se negó a aprobar un estímulo de apenas el 0,5% del PIB para el conjunto de la eurozona, con lo que Draghi está solo ante el peligro; así ha sido durante toda la Gran Recesión. La limpieza del sector bancario no se ha completado, en lo que quizá supone el principal riesgo económico.

El resto de preocupaciones son políticas: puede que la burbuja populista esté pinchando después de las elecciones holandesas y francesas, pero los argumentos que han dado alas a los ultras siguen ahí. Una parte de los europeos recela del cambio tecnológico y de la globalización, que deja tanto ganadores como perdedores. Para acabar con eso, Bruselas apuesta por un cóctel: estímulos fiscales, reformas y políticas monetarias expansivas. Los estímulos fiscales no aparecen, las reformas han perdido pujanza.

Queda Draghi, que ayer sufrió un vapuleo en el Parlamento holandés, criticado en los países acreedores por sus tipos de interés negativos y su política de compra de activos. Al cabo, ese era y es el problema: el Norte de Europa quiere unas políticas económicas y el Sur necesita otras; esas divergencias, lejos de recortarse, se amplían. A pesar de las propuestas de Emmanuel Macron, que han encontrado en Berlín el sempiterno nein. Macron, por cierto, tiene trabajo: el déficit francés superará el 3% del PIB en 2019, lo que dejaría a París como el único país del euro en el brazo correctivo del Pacto de Estabilidad.

Guindos saca pecho con las previsiones

En su cuarto año de expansión, las previsiones de Bruselas y de España empiezan a parecerse. La Comisión pronostica que la economía española crecerá el 2,8% este año, una décima más que el Gobierno. El déficit se irá al 3,2% del PIB, apenas una décima por encima de lo previsto. “Son buenas noticias”, aseguró el comisario Pierre Moscovici, que permitirían bajar del sacrosanto 3% de déficit el año que viene.

El ministro español, Luis de Guindos, se congratuló de la revisión al alza de las previsiones de Bruselas. “El crecimiento es más intenso, y también más equilibrado”, destacó. La creación de empleo permitirá reducir el paro por debajo del 16% en 2018, su nivel más bajo desde 2009.