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La inflación en México crece a su mayor ritmo en casi ocho años

El índice general de precios sube un 5,82% interanual en abril tras la liberalización de la gasolina y la depreciación del peso, que encarece las importaciones

Un vendedor de frutas y verduras en un mercado de la Ciudad de México.
Un vendedor de frutas y verduras en un mercado de la Ciudad de México. CUARTOSCURO

La inflación no da tregua en México. El índice general de precios escaló en abril un 5,82%, ligeramente por encima de las expectativas de las principales casas de análisis, y marco un nuevo máximo en casi ocho años, según las cifras dadas a conocer este martes por la oficina de estadística mexicana. El índice subyacente –que no tiene en cuenta ni el precio de los alimentos ni de los productos energéticos, los más volátiles– subió, por su parte, un 4,72% en el cuarto mes del año respecto al mismo periodo de 2016. Es la mayor alza mensual de precios desde mayo de 2009, justo después de la crisis financiera global y en pleno encarecimiento de las materias primas.

Detrás de esta espiral inflacionista emergen dos factores: el encarecimiento de los carburantes tras la reciente liberalización del mercado, que encarece el transporte de gran parte de los productos que forman parte de la cesta de la compra de los mexicanos, y la depreciación del peso frente al dólar, que encarece las importaciones. Y todo pese a que en abril los precios de la electricidad cayeron por la entrada en vigor del esquema de tarifas eléctricas de temporada cálida en varias ciudades de México. Para detener esta espiral inflacionista, el Banco de México ha decretado en los últimos meses varios incrementos consecutivos en los tipos de interés y los mercados financieros dan por descontado que el precio del dinero cerrará el año en el entorno del 7%, cinco décimas por encima de la tasa actual.

Por grupos de productos, tal y como ha venido sucediendo en meses anteriores, el rubro de energéticos fue el que más escaló –15,88%–, seguido por el de alimentos, bebidas y tabaco –6,77%– y el de tarifas autorizadas por el Gobierno –6,29%–. En el lado contrario, la vivienda fue lo que menos aumentó: un 2,55%.

Los productos o elementos del índice que más incidencia tuvieron sobre el alza de la inflación –teniendo en cuenta su peso ponderado en el índice– fueron el jitomate (25,6% de subida en abril frente a marzo), el pollo (3,13%), las loncherías, fondas, torterías y taquerías (0,76%) y el aguacate (18,54%), todos ellos básicos en la dieta mexicana. Por el contrario, la electricidad (-13,36% gracias al nuevo esquema tarifario de temporada) y el gas de uso doméstico (-2,95%) amortiguaron el incremento de precios.

Las ciudades en las que más duro pegó la inflación en abril fueron San Andrés Tuxla (Veracruz), donde el índice general de precios creció a una tasa nueve décimas mayor que en la media del país; y San Luis Potosí (capital del Estado homónimo) y Cortázar (Guanajuato), ambas con un incremento superior en un 0,77% a la media nacional.

"Es una sorpresa negativa", subraya Eduardo González, coordinador de análisis macroeconómico de Citibanamex, en una nota para los clientes del banco. "La diferencia con nuestro pronóstico mensual deriva principalmente de un incremento mayor al que anticipamos en precios de bienes agropecuarios", añaden. Tras este incremento, la entidad mexicana ha revisado al alza su previsión de inflación para el cierre del año hasta el 6%, frente al 5,5% anterior. "Los datos sugieren que la economía está enfrentando mayores presiones inflacionarias", concluye.

En México, el alza de precios –aun siendo muy inferior al registrado en décadas anteriores, como a finales de los ochenta, cuando el índice general llegó a crecer a tasas anuales de triple dígito– se ha convertido en una suerte de impuesto de los pobres. Las capas más modestas de la población mexicana han sido las más golpeadas por el mazo inflacionista por tres motivos: la no revisión salarial en el caso de los trabajadores informales; el mayor aumento de precios de los productos que constituyen la canasta básica de consumo –y que consumen la mayor parte de los ingresos de los sectores más humildes– y el escaso acceso a herramientas de ahorro financiero.