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“Se hace duro vivir sin una sucursal en el pueblo”

Ser un valle turístico o albergar bodegas o industria no garantiza tener un banco, lo que perjudica a vecinos y empresarios

cierre de bancos
Sucursal cerrada en Sant Pere de Vilamajor (Barcelona).

La montaña del Pedraforca, a unas dos horas de Barcelona, es un atractivo turístico para las poblaciones que hay en el territorio. Pero más vale llevar dinero suelto. En toda la zona no hay ni oficina bancaria ni cajero automático donde poder sacar unos euros para comer o tomar algo después de la escalada. Esta circunstancia, que confunde a los alpinistas barceloneses tan acostumbrados a tropezarse con un banco u otro en cada esquina de la ciudad, perjudica a los comercios de los pueblos, aseguran los vecinos.

La mayor parte de los bares y restaurantes de la zona no aceptan tarjeta de crédito, así que los turistas tienen que desplazarse para sacar dinero. “El cajero más cercano está en Guardiola de Berguedà, a más de 20 minutos en coche desde aquí: la gente que va allá ya no vuelve para comer en nuestros restaurantes”, lamenta Jasmina Prat, primera teniente de alcalde de Saldes, la población que está al pie de la montaña.

En este pueblo de 300 habitantes había una sucursal de Caixa Penedès que después pasó a ser del Sabadell. La reestructuración de las cajas propició el cierre de esta oficina y, hace unos meses, la del cajero automático. “El banco argumenta que no le sale a cuenta”, añade Prat, “y nos ofrece que mantengamos nosotros el cajero, algo imposible para un ayuntamiento tan pequeño”.

La solución más común es el “me lo apuntas”. Así lo aseguran en la peluquería de Castellgalí, una población de 2.000 habitantes al lado de otra montaña, la de Montserrat. “Es un desastre, la gente ya no compra aquí y se han cerrado muchos locales”, sentencia Maria Calcina, propietaria de un colmado.

La exclusión financiera también supone un problema para la gente mayor. Es el caso de Sant Pere de Vilamajor, un pueblo de 4.000 habitantes en el Montseny donde también se ha cerrado recientemente la oficina. “Las personas mayores lo pasan mal, porque quieren un trato personalizado”, explica Raquel Salcedo, concejal en el consistorio. Y pide “como mínimo” un cajero automático.

Largos desplazamientos

Al otro lado de la península, en Galicia, los problemas son similares. El Ayuntamiento de Monterrei, enclavado en el fértil valle del río Támega, es uno de los 23 municipios de la provincia de Ourense que no dispone de una sola sucursal bancaria. La crisis ha barrido más de 140 de las 360 oficinas que en 2009 se dispersaban por los 92 ayuntamientos de la geografía orensana. Las entidades bancarias han echado la llave en los núcleos más envejecidos, abocando a los habitantes a desplazarse varios kilómetros para sus gestiones. En el caso de de Monterrei, la oficina más cercana está a más de seis kilómetros, en la capital de la comarca, Verín, que tiene 14.000 habitantes y ocho sucursales. A Monterrei solo llega la oficina móvil de Abanca (la fusión de las antiguas cajas gallegas) para paliar la desertización bancaria del medio rural.

Para cubrir esa demanda, Abanca dispone de una unidad móvil que cada jueves, a partir de las 16.30, se planta ante la sucursal abandonada en el centro del municipio. Abanca reconoce que la sucursal itinerante es un “instrumento muy útil” que le permite completar hasta el 98% de la demanda de la población gallega.

Monterrei es un municipio de considerable riqueza agrícola, ganadera y monumental. Con 2.700 habitantes, presume de su pujante industria vitivinícola, amparada por una Denominación de Origen que en 2016 certificó más de 1,6 millones de litros elaborados por 24 bodegas. El sector facturó ese año más de 11,2 millones de euros. “No tiene justificación que nos hayan quitado la oficina” protestan algunos vecinos. El secretario municipal, Paulino Fernández, sostiene que la sucursal era rentable. “Lo evidencian las enormes colas que hay ahora a diario en la mayoría de las oficinas de Verín”, especialmente los primeros días de mes. Esta opinión la corroboran los comerciantes.

El sector empresarial apela a la riqueza que generan los viñedos y el turismo cultural para reclamar una oficina permanente. El valle, próximo a Portugal y con importante patrimonio histórico, ofrece una ruta de enoturismo que incluye visitas a las bodegas, catas, vinoterapia y actividades gastronómicas y de aventura. “No podemos buscar el turismo si no ofrecemos servicios básicos como una simple entidad bancaria”, sostienen los empresarios.

El mayor pueblo sin banco

En el centro de España hay más casos. Probablemente Palazuelos de Eresma sea uno de los pueblos más grandes de toda España que no tenga oficina bancaria. Famoso por ser meta en la Vuelta Ciclista y por contar con la destilería del whisky DYC y la ginebra Larios, esta localidad segoviana tiene casi 6.000 habitantes, colegio con 600 niños y es la cuarta población de la provincia. Llegó a tener tres bancos. Hoy solo queda el cajero de Bankia. Jesús Nieto, su alcalde, explica que los bancos cerraron “porque estamos a siete kilómetros de la capital. Poco a poco, nos hemos acostumbrado a hacer las gestiones bancarias allí”. De hecho, el cajero de Bankia remite a una oficina de Segovia a los clientes que tienen problemas con la máquina.

Sin embargo, Nieto reconoce que los mayores han sido los más perjudicados por el cierre de la antigua oficina de Caja Segovia. Esta entidad sostenía el hogar del jubilado, además de un equipo de fútbol sala de primera división y realizaba aportaciones a las fiestas. “Cerraron la sucursal y nos entregaron las llaves del local del jubilado para que lo mantuviera el ayuntamiento. Fue una pena; decían que Caja Segovia iba mal, pero peor estaba Caja Madrid”, lamenta Nieto.

Ni siquiera la destilería de DYC, que da trabajo a unos 200 empleados y mantiene algo de industria auxiliar, ha justificado el mantenimiento de las oficinas. “Todo lo hacemos por Internet. Aquí vemos muchos números, pero nada de dinero”, resume Nieto. Otros pueblos más alejados de Segovia, como Lastras de Cuéllar, que está a 45 kilómetros y tiene 400 habitantes, sufren más la falta de oficinas. Santi, el dueño de uno de los pocos bares del pueblo, lo explica bien: “Aquí la mayoría tienen 70 años o más; dependemos del autobús de Bankia, que viene dos horas los lunes. Si lo pierdes, no es fácil ir a los pueblos con banco. Y en invierno es peor. Se hace duro vivir sin oficina, pero...".

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