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COLUMNA

¡Volveremos!

Se estima que durante esta década han emigrado unos 700.000 jóvenes, la mayoría entre 25 y 34 años

Fue en el aeropuerto de Barajas pero podía haber sido en cualquier otro español. Terminadas las Navidades, muchos jóvenes que han tenido que emigrar para conseguir trabajo o para lograr uno más o menos relacionado con aquello que estudiaron, vuelven a los países que los han acogido, y son despedidos por los suyos. Son conscientes de que se trata del grupo de emigrantes más afortunados, pues han podido volver por unos días al estar en mejor situación que los que tuvieron que quedarse, o por las condiciones de su empleo o por no disponer de ahorros para ello.

Es difícil cuantificar el número de emigrados durante esta década de crisis. Lo cuentan las periodistas Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos, en el excelente libro Volveremos (Libros del K.O.), una memoria oral de los que se fueron, recientemente publicado. Las autoras sostienen que las estadísticas oficiales no reflejan la realidad del fenómeno de esta emigración económica. Uno de los estudios alternativos más solventes es el que realizó en 2013 la socióloga Amparo González-Ferrer (La nueva emigración española. Lo que sabemos y lo que no, Fundación Alternativas): en 2012, el Instituto Nacional de Estadística (INE) estimaba que desde 2008 habían emigrado 225.000 españoles; González-Ferrer calculó que la cifra real se acercaba a los 700.000. Los datos oficiales están basados en las bajas padronales, que se producen sólo si los emigrados se dan de alta en los consulados de España, lo que muchas veces no ocurre.

Una de las conversaciones que se escuchaba en el aeropuerto Adolfo Suárez tenía que ver con las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis en sede parlamentaria, poco antes de la Navidad. Dastis había superado a Fátima Báñez, ministra de Empleo, que hace unos años hizo una analogía hiriente entre la emigración forzada y la "movilidad exterior". Dastis dijo, ante el estupor de muchos diputados, que "irse fuera a vivir, a trabajar, enriquece, abre la mente y fortalece habilidades sociales (...) Actualmente, quienes se van fuera muestran una iniciativa, una inquietud, una amplitud de miras, adaptabilidad y apertura de nuevos horizontes".

Esta vez contestó al ministro la Marea Granate (por el color del pasaporte), un colectivo que se define como transnacional y apartidista, formado por ciudadanos españoles: al acto de irse lo llama iniciativa cuando es necesidad; no es inquietud sino desesperación; y no es amplitud de miras porque la decisión de partir no se toma para abrir la mente a nuevos horizontes sino que se ven forzados a hacerlo para dejar de suponer una carga para sus familias, para contribuir a mantenerse y, sobre todo, para aspirar a una vida digna. La Marea Granate termina con esta lección: "Decía usted que 'irse a vivir y a trabajar fuera enriquece, abre la mente y fortalece habilidades sociales´. Por supuesto, el matiz está en que esa no es la causa de nuestro viaje sino la consecuencia".

González-Ferrer sostiene que quienes han emigrado, principalmente personas cualificadas de entre 25 y 34 años, lo han hecho porque podían. La gente que se ha ido estaba menos dispuesta a soportar el descontento en España; el perfil era el de alguien insatisfecho con el sistema político, más crítico con el PP y con el PSOE, con una percepción más elevada de la corrupción. Y llega a una conclusión: quien ha emigrado una primera vez es más probable que lo haga una segunda.

Qué penita.