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DEBATES CONTEMPORÁNEOS

La gran muralla del desempleo

Hasta en época de bonanza, la economía española ha tenido un problema con el paro. Dos veteranos indagan en las razones

desempleo
Sandalio Gómez (izquierda) y Antonio Gutiérrez.

La economía española comenzó el siglo dándose un gran festín. Presumía, a mediados de los 2000, de crecer por encima de Europa, de tener las cuentas públicas más limpias que una patena e incluso aspiraba a ingresar en el G7. Pues ni en esos momentos más boyantes, ni en el punto más álgido del ciclo, se pudo del todo con el desempleo. La tasa de paro siempre ha sido de las más elevadas de la UEnunca ha bajado del 8% (2007)—, un problema que es objeto de infinitos y acalorados debates. ¿Qué hace a España vulnerable? ¿Cómo ha llegado a tener tasas del 26% (ahora está en el 22,7%)? Reunidos en torno a un café que se alargará cerca de tres horas en la sede del IESE en Madrid, uno de sus profesores, Sandalio Gómez, y el ex secretario general de Comisiones Obreras y exdiputado socialista Antonio Gutiérrez discuten los porqués.

Pregunta. ¿Qué hace que el paro sea tan elevado?

Antonio Gutiérrez. El secular comportamiento del capital en España, centrado en negocios que con la menor inversión y apenas riesgo han querido obtener pingües beneficios en el plazo más corto posible. Después, el primer Gobierno de Felipe González, en lugar del cambio prometido, optó por el continuismo y con la reforma laboral de 1985 ubicó a la economía española nada más ingresar en la Unión Europea entre las que compiten vía precios y salarios, en el segmento más bajo del mercado. Introdujo 16 modalidades de contratación temporal. La temporalidad casi se triplicó en tres años.

Sandalio Gómez. En mi opinión, han contribuido al nivel de desempleo el excesivo peso que alcanzó el sector de la construcción, la poca capacitación de la mano de obra, la inmigración masiva en los años de bonanza económica y la rigidez del mercado laboral. Por otro lado, la temporalidad está muy por encima del resto de Europa. Todas las reformas, a partir de la de 1985, han pretendido mejorar la flexibilidad y reducir la temporalidad. Sin mucho éxito, la verdad.

Pregunta. Se dice que el mercado laboral es demasiado rígido. ¿Están de acuerdo?

Gutiérrez. Pretextos. No son las instituciones laborales las que frenan la creación de empleo, sino una estructura productiva que lo crea a borbotones al rebufo de las economías centrales en periodos expansivos y lo destruye a mansalva en las recesiones. Llevamos más de 50 reformas desreguladoras del trabajo y ya debería haberse asumido que precarizar el empleo es tirarnos piedras contra nuestro propio tejado. Detrás del empleo precario, hay proyectos empresariales precarios.

Gómez. La industria y la construcción llevan dos años creando empleo, pero la rigidez en las condiciones de trabajo y el coste de indemnización echan para atrás y el empresario se decide por contratos temporales. Además, tras una crisis de caballo de siete años, se empieza a contratar con prudencia. Ponte en la piel del empresario y verás cómo antes de hacer un contrato indefinido lo piensas diez veces. La economía crece ahora más del 3%. Desde enero de 2014 se han creado 500.000 puestos al año. Se puede discutir cómo es ese empleo, pero se crea.

Gutiérrez. Con ese argumento pretenden las patronales justificar estas reformas laborales. Por dificultades objetivas las empresas siempre han estado autorizadas a pagar 20 días por año trabajado, y si tiene menos de 25 trabajadores buena parte de las indemnizaciones las paga el Fondo de Garantía Salarial. Solo el despido improcedente tenía 45 días de indemnización (33 ahora) si era fijo el trabajador. Y estos hace 25 años que son apenas el 10% de la contratación anual. Lo que tenemos son 200.000 parados más de larga duración.

Pregunta. ¿La legislación laboral puede reconducir el modelo productivo?

Gutiérrez. Paradójicamente podría decirse que las reformas laborales han frenado el cambio, puesto que han facilitado al empresariado la recomposición del beneficio a costa de devaluar el coste del trabajo, lo que les ha desincentivado para ganar competitividad innovando. Al estallar esta crisis, el PIB de Alemania cayó más que el español pero no se destruyó tanto empleo como aquí. Si sus salarios son el 40% más altos, sus derechos laborales más amplios y su protección social más generosa, la explicación de tan diferente comportamiento de nuestros respectivos mercados laborales no puede venir de nuestra legislación laboral. Reside en las muy diferentes estructuras productivas; ellos, con una gran base industrial (casi el 30% de su PIB), pudieron redistribuir la carga de trabajo cuando cayó la demanda, aun con reducciones salariales coyunturales. En España, en cuanto explotó la burbuja inmobiliaria se hundió el empleo.

Gómez. El marco laboral puede ayudar de manera efectiva al cambio de modelo hacia una mayor flexibilidad, si se apoya en un pacto social y contribuye a incorporar a los que tienen mayores dificultades, los jóvenes y las mujeres. Existen hoy facilidades legales muy importantes para la contratación juvenil, el contrato en prácticas y el de formación y aprendizaje, que están bonificados y no conllevan indemnización. Me pregunto por qué las empresas no los utilizan más. Es una de mis peleas. Los sindicatos dicen que son contratos precarios y los empresarios los usan muy poco. Pero creo que podrían renovar las plantillas dando oportunidades a los jóvenes. Un dato que me deja helado es que el 80% de los parados no sigue cursos de formación. En Europa, los desempleados tienen responsabilidad de formarse y el Gobierno de darles formación. Si no buscan trabajo, les quitan la prestación.

Gutiérrez. Ese es uno de los argumentos más hirientes: culpabilizar al parado de su condición. Se usan los contratos en prácticas y para la formación en muchos casos para utilizar jóvenes ya formados como mano de obra barata y sin continuidad en la empresa.

Gómez. Todo el esfuerzo que se haga para que los parados se formen y encuentren trabajo rápido es básico. Pero hay un porcentaje, que no sé cuál es, que no hace todo lo que debería para salir del paro.

Gutiérrez. Por un supuesto 1% de parados que rehuyen la formación no puede fabricarse una teoría general sobre la abulia de los parados españoles. Lo que sí está constatado es que en plena crisis se han dejado sin atender un 40% de las solicitudes de los parados que han demandado cursos de formación.

Pregunta. ¿Qué se debería hacer?

Gómez. La empresa que no tenga problemas graves debe dar un paso adelante y comprometerse a tener un porcentaje de la plantilla con contratos para jóvenes para reducir el desempleo juvenil. Ese compromiso debería tener algún tipo de ventaja a la hora de participar en contratos públicos o una reducción en el impuesto de sociedades y acordarlo con el Gobierno y los sindicatos. Eso es responsabilidad social corporativa de la buena. Lo cierto es que en demasiadas ocasiones las empresas recurren a las becas —yo las quitaría— en lugar de los contratos porque la legislación laboral produce quebraderos de cabeza.

Gutiérrez. El empleo juvenil se produce en una economía que crea empleo en general. Las subvenciones y deducciones fiscales, lejos de contribuir a la creación de empleo, han servido para financiar la renovación de las plantillas a menor coste para la empresa.

Pregunta. ¿Serviría de algo reducir la indemnización por despido y bajar las cotizaciones sociales?

Gómez. En España, las cotizaciones sociales están por encima de la media europea y el despido también (la media europea es de 20 días). Las comparaciones no son fáciles, pero es verdad que en algunos países, como en Dinamarca, la indemnización por despido es cero. Si fuéramos capaces de bajar la indemnización del coste del despido improcedente de 33 a 20 días, se notaría y mucho en el empleo indefinido.

Gutiérrez. El coste medio del despido en Europa en los noventa ya era de 33,2 días en los procedentes (aquí pactamos un contrato con 33 días para los improcedentes en 1997 basándonos en ese dato) y en España, según el INEM, estaba en 19,05 días en 2008. En Dinamarca lo que no existe es el despido improcedente, y cuando se producen despidos por causas objetivas se dispone de prestaciones por desempleo equivalentes casi a la totalidad del salario que se deja de percibir y hasta que se encuentra otro empleo; todo ello acompañado de auténticas políticas activas de empleo con las que efectivamente se logra que los parados no lleguen a serlo de larga duración.

Pregunta. España ha sufrido una devaluación salarial del 20%. ¿Qué efectos ha tenido?

Gómez. Se dice que se está precarizando el empleo con salarios de miseria. Por un lado existe un salario mínimo interprofesional, mientras los convenios colectivos, en los que entran el 90% de los trabajadores, establecen unos salarios que se deben respetar. ¿Qué ha pasado en realidad? Que son los funcionarios — se les redujo el sueldo en un 5% en 2010 y en 2012 se les quitó parte de la paga extra—, los parados y los jubilados los que más han pagado el pato. Excepto las empresas en crisis, el resto ha crecido con la inflación e irá mejorando sus salarios poco a poco.

Gutiérrez. El recorte del 5% a los funcionarios no explica la devaluación general de los salarios en algo más de un 20%, como puede confirmarse incluso por la encuesta de salarios. La reforma laboral otorgó enormes facilidades a los patronos para modificar salarios unilateralmente.

Gómez. La devaluación de los salarios no llega a ese porcentaje y el cambio de condiciones para empresas en dificultad sigue teniendo protección judicial.

Pregunta. Algunos presentan el contrato único como solución para fomentar la estabilidad.

Gutiérrez. Se presenta como un contrato fijo con indemnización creciente en función de la antigüedad, pero siempre fue así. La novedosa trampa está en que el patrón ya no deberá alegar causa de despido; en realidad se instauraría un despido libre y único para todos.

Gómez. No es necesario crear un nuevo contrato, solo reducir la indemnización por despido improcedente, que es lo que pretende el mal llamado contrato único.

Gutiérrez: “Las reformas han frenado el cambio”

Gómez: “Si redujéramos el coste del despido se notaría”

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