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La pugna de los herederos desequilibra a Freixenet

El deterioro de los resultados del mayor productor de cava abre la puerta a un cambio accionarial por los enfrentamientos entre las familias propietarias

Josep Ferrer, presidente de honor de Freixenet, y Josep Lluis Bonet, presidente de la empresa

Freixenet no navega en los últimos meses por su mejor momento. El pasado 5 de septiembre, en plena vendimia, tras una tensa jornada de continuas reuniones, Pedro Ferrer, consejero delegado, desencallaba el nuevo convenio colectivo. Le aseguraba a la plantilla una mejora salarial acumulada del 3% durante 2015 y 2016. Evitaba así una huelga convocada para el día siguiente, justo cuando la uva estaba por recoger. No ha sido el único de sus tragos amargos. Casi dos meses después, la junta general del mayor fabricante de cava aprobaba sus últimos resultados anuales: las ventas caían un 5,6% y se situaban en 501 millones de euros. El beneficio, en la misma inercia de años anteriores, se reducía: 2,2 millones, un 71% menos.

La memoria de las cuentas consolidadas de Freixenet justifican la contracción del negocio por “la crisis global y financiera”. Pero no parece que a todos los miembros de las familias propietarias les parezca suficiente explicación. Los equilibrios familiares que hasta ahora regían en el gigante del cava se han roto. La gestión de la familia Ferrer está siendo muy cuestionada.

Un fundador, tres ramas herederas

Fundación. Francesc Sala Ferrés fundó en 1861 la Casa Sala. Después de la boda de su nieta Dolors Sala Vivé con Pere Ferrer Bosch (originario de La Freixeneda, finca del siglo XIII situada en el Alto Penedès) empieza el negocio del cava, en 1914.

Segunda generación. Josep Ferrer, cuarto hijo de Dolors Sala, tomó el mando de la empresa en 1957. Actualmente es todavía su presidente de honor. La propiedad de la empresa quedó dividida entre este y sus tres hermanas.

Actuales propietarios. Tres ramas familiares se reparten las acciones. Los Ferrer-Noguer, herederos de Josep Ferrer, tienen 42% de la propiedad y el cargo de consejero delegado. Los Bonet-Ferrer tienen la presidencia y el 29% de la propiedad. Y los Hevia-Ferrer controlan la dirección financiera y otra porción del 29%.

Freixenet está actualmente en manos de tres ramas de una familia: los Ferrer, con el consejero delegado a la cabeza (Pedro Ferrer), hijo del presidente de honor, Josep Ferrer, tienen el 42% de las acciones. Los Bonet (abanderados por José Luis Bonet, presidente del grupo) tienen otro 29%. Y los Hevia Ferrer (liderados por Enrique Hevia, director financiero), otro 29%. Pero las dos ramas familiares minoritarias están dispuestas a vender si no se producen cambios significativos en la gestión. Juntas suman un 58% del capital. Así que, si alguien externo comprara sus porciones, se haría con el control de la compañía.

Las propuestas definitivas de todas las partes se pondrán sobre la mesa el próximo día 30, durante el consejo de administración de la compañía. El problema es una cuestión de números. Los más críticos con la situación actual son los Hevia, que han logrado atraer a sus posiciones a los Bonet.

Lamentan que la facturación no evolucione, que el resultado neto se haya reducido a la mínima expresión y que la deuda haya crecido con los años, hasta los 150 millones de euros. Están quejosos con que la estrategia de los últimos años se haya basado en bajar precios para acometer nuevos mercados sin poner en valor la calidad del producto que elaboran. Y quieren una alternativa.

O cambio de hoja de ruta o cambio de gestor, hacia un profesional externo a la familia, dicen los críticos. Y si no, una tercera vía, la más drástica: deshacer el grupo familiar tal y como se entiende desde hace tres generaciones y vender las acciones.

Fuentes empresariales aseguran que uno de los candidatos a desembarcar en Freixenet sería Henkell & Co. Desde el gigante vitivinícola alemán, que factura 700 millones de euros y ya produce en España con Cavas Hill, se niegan a comentar “rumores de mercado”. Si quisiera hacerse con el 58% de Freixenet tendría que desembolsar algo más de 300 millones de euros, lo que vale ese paquete más la prima de control.

Si llegara la venta, hay una posibilidad de que Freixenet siga en manos de los Ferrer: Para evitar ventas descontroladas de paquetes accionariales, las tres ramas familiares del productor catalán de cava tiene sindicadas las acciones. Por lo tanto, los Ferrer tienen derecho a igualar la oferta, y quedarse ellos todas las acciones. Para ello requieren de músculo financiero para realizar la operación.

Las últimas diferencias entre los Ferrer, los Bonet y los Hevia ponen de manifiesto que la estabilidad accionarial la aportaba sin duda Dolores Ferrer, una entrañable figura en las cavas, conocida como tía Lola. Hasta su muerte en 2013, su participación en el consejo no se limitaba a la secretaría del consejo de administración. Su 21% del capital le daba a ella el control de la compañía y el poder al primogénito de la familia, Josep Ferrer, que había heredado el 35% del capital. Fallecida sin hijos, el reparto de su parte de la empresa ha roto ese equilibrios y aunque los Ferrer controlan más capital están en desventaja ante la alianza Bonet-Hevia.

La cuarta familia en discordia es la que forman los casi dos millares de trabajadores, tal y como reivindica el comité de empresa. Sergi Lozano, su presidente, explica que la plantilla se avendrá a cualquier nuevo accionista, pero siempre y cuando no sea un fondo de inversión y se respete a los empleados.