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Las insospechadas fortalezas de la sociedad española

España no ha salido noqueada de las durísimas pruebas a que ha estado sometida en estos seis últimos años. Ha mostrado una capacidad de resiliencia inesperada

Concentración en septiembre de 2011 por la Gran Vía de Madrid EL PAÍS

¿España en el agujero? Los jueces excavan en el aparente pozo sin fondo de la corrupción política mientras los partidos anteponen su provecho particular a la estabilidad institucional y al interés general. La precariedad e incertidumbre laboral caracterizan el estado ordinario de muchos jóvenes llamados a emigrar al tiempo que la mitad de los catalanes y vascos se colocan mentalmente con un pie fuera del viejo solar común. ¿Cabe contraponer a esta situación la batería de fortalezas: inteligencia exportadora creciente, red de seguridad familiar, espíritu de adaptación y sacrificio, disposición al asociacionismo y la reinvención de alternativas políticas... demostrada por la sociedad durante la doble crisis económica y política o eso sería situarse al otro lado del espejo, en el espacio del voluntarismo y la ficción?

Por descorazonador que resulte contemplar el escaparate de la actualidad y por maltrecha y resentida que se encuentre buena parte de la sociedad, España no ha salido noqueada de las durísimas pruebas a que ha estado sometida en estos seis últimos años. Hubo momentos en los que pareció tambalearse medio grogui a expensas de las sacudidas de la crisis, pero en esta larga travesía del desierto ha mostrado una capacidad de resiliencia insospechada. "Tenemos una sociedad civil mucho más potente y articulada de lo que cabía pensar", sostienen los economistas Rafael Myro, José Luis García Delgado y Juan José Dolado; los politólogos Fernando Vallespín y Carol Galais, el antropólogo Carles Feixa, el sociólogo Pau Mari Klose y el psicólogo social Enric Pol. En sus análisis, asoma continuamente la idea de que la sociedad española está por encima de sus políticos: que es más capaz, más dinámica y creativa, más habilitada para la superación y el cambio.

¿Tiene razón Luis de Guindos cuando declara que el esfuerzo realizado por nuestro país para recuperar su economía se estudiará en los libros de Historia? Tal aseveración del ministro de Economía obvia que la desigualdad se ha disparado en nuestro país, que la pobreza ha vuelto a aflorar en nuestras calles y que muchos salarios de los contratos de nuevo cuño no dan para vivir. Es una afirmación que no deslinda los territorios sociales en los que el "esfuerzo" para superar la crisis se ha pagado con la moneda de los sacrificios descarnados y de las trayectorias vitales truncadas, con las ilusiones rotas; con sufrimiento, en suma. "Se ha vivido de la pensión del abuelo y del subsidio del padre. El ajuste se ha hecho con la pérdida de empleo, la reducción de los salarios, el aumento de los trabajos a tiempo parcial y sin mejorar la formación laboral. Las ganancias del capital no filtran a la clase trabajadora y las generaciones más preparadas se han ido fuera a procurarse el ascensor social que no encuentran aquí", constata Juan José Dolado.

"En término relativos respecto al PIB, España es la tercera economía europea en intensidad inversora en el exterior y la segunda en intensidad receptora. Tenemos un tejido productivo más sólido y competitivo de lo que habitualmente se cree. Gracias a él, entre 2006 y 2013, la inversión exterior directa en España hizo aumentar el empleo el 5,25% y los salarios reales un 1,89%, además de facilitar el 30% de las exportaciones españolas. Ya hay 600 empresas que exportan por encima de los 50 millones de euros. Pero la garantía de que el crecimiento se asiente solo puede venir por un cambio del modelo productivo que consiga una alza de la productividad, la base de la mejora del nivel de vida de la población, el sostenimiento de la competitividad en precios de los productos y la continuidad en la internacionalización de las empresas", subraya Rafael Myro, autor del estudio "Claves del éxito de las exportaciones españolas".

Los analistas establecen una relación directa entre el cambio social producido en estos años y el cambio político en marcha. "La crisis económica e institucional no se ha topado con una sociedad pasiva, inane, sin capacidad de respuesta; más bien ha actuado de revulsivo, estimulando readaptaciones y modificando comportamientos. Al dejar al descubierto las debilidades del modelo productivo, al destapar la corrupción y al poner de manifiesto el defectuoso funcionamiento de las instituciones, la crisis ha tensado la capacidad de respuesta social y el resultado es un intenso proceso adaptativo y de renovación", sostiene José Luis García Delgado. También Fernando Vallespín pone el acento en el dinamismo-activismo que ha llevado a aguzar el espíritu crítico ante las ineficiencias y carencias y a convocar a una nueva moral pública más estricta y exigente, menos permisiva. "Hay un cambio de pautas en la manera de enfocar el mundo de lo social. La gente se agrupa, se asocia, comporte problemas, proyectos y soluciones. Se ve en la resistencia, creatividad y capacidad de adaptación del mundo del teatro, en la proliferación de los medios de comunicación digitales, en muchas áreas. Esta es una sociedad que se mueve", indica.

España es hoy una sociedad más desconfiada, menos articulada y feliz que al inicio de la crisis, pero ahora parece dispuesta a regenerar su sistema, a involucrarse en la marcha de la política, a vigilar el funcionamiento de sus instituciones. Trocar el estallido de indignación de 2011 en acción positiva, saber encauzar hacia la participación política las emociones negativas de rechazo al estado de cosas ha sido un valor que ha enterrado el eslogan "No nos representan". A derecha e izquierda, la sociedad se ha organizado desde abajo procurándose alternativas profilácticas llamadas a devolver la honestidad y la virtud a la vida pública. Gracias a ese caudal de ilusión social, cristalizado en nuevas alternativas, el sistema ha empezado a revitalizarse y renovarse y, contra lo ocurre en la casi totalidad de los países europeos, lo está haciendo sin recurrir a la xenofobia.

La sociedad española está por encima de sus políticos: es más capaz, más dinámica y creativa, más habilitada para la superación y el cambio

"Los partidos políticos no se han sentido tentados de culpar a la población inmigrante de los problemas del país. No han aumentado la xenofobia ni las actitudes negativas hacia la inmigración", constata Pau Mari Klose. Tampoco la violencia y la criminalidad han aumentado durante la crisis, incluso la población reclusa ha descendido. ¿Cómo es posible que una sociedad tan castigada por el paro no haya conocido erupciones de violencia social en un período crítico, en el que además se han recortado las ayudas sociales? No es solo porque el consabido colchón de la familia española ha evitado que muchos hogares cayeran en la precariedad extrema, ni por el amplio suelo de economía sumergida estructural. "Un muro de contención ha sido el voluntariado que ha crecido mucho en estos años de crisis y ha hecho bueno el dicho de que la gente da lo mejor de sí en la dificultad. Muchas organizaciones de ayuda a los más necesitados se han mantenido pese a la retirada de las subvenciones gracias a que los voluntarios pagaban de su bolsillo gastos como el de teléfono. En Vallecas, hemos visto a reclusos en régimen de semilibertad repartiendo comida a extranjeros que malviven entre nosotros", señala María Navas, periodista de la Plataforma del voluntariado de España.

España parece dispuesta a regenerar su sistema, a involucrarse en la política, a vigilar el funcionamiento de sus instituciones

Además de la gran válvula de escape de la emigración –no hay estadísticas fiables pero se sabe que se han ido 10.000 médicos-, muchos jóvenes tratan de convertir sus aficiones personales en autoempleo, casi siempre en el campo de la precariedad, la palabra clave de los tiempos que corren. Dice Enric Pol que la "capacidad de recuperación, de reinvención, de resiliencia, del ser humano y de la sociedad misma lleva inexorablemente a probar nuevos modelos de vida y organización". En la crisis o fuera de ella y sea cual sea el rumbo que el país vaya a adoptar en su actual proceso de cambio, parece claro que la sociedad española tiene la piel más dura y flexible, es más capaz y virtuosa que lo que el morboso pesimismo histórico predica.

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