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Irán se impacienta con el deshielo

Pese a los gestos de algunas empresas, la mayoría espera a que Europa y EE UU tomen más medidas antes de arriesgarse a invertir

Proyecto de construcción de un complejo hotelero de la cadena Meliá en la localidad costera de Salman Shahr (Irán).

Irán está abierto para los negocios. No pasa un día sin que sus portavoces anuncien grandes planes para el desarrollo de las infraestructuras y la prensa local se haga eco de la visita de alguna delegación internacional. El reciente viaje del presidente Hasán Rohaní a Roma y París sirvió para anunciar acuerdos valorados en 27.000 millones de euros, incluida de la compra de 140 aviones Airbus. Sin embargo, el ambiente en Teherán es de cierta impaciencia. Aunque los empresarios extranjeros se muestran interesados y ya se han firmado algunos proyectos, ni las inversiones están llegando al ritmo esperado, ni hay colas para hacerse con los contratos. La reincorporación al mercado internacional se está probando más lenta de lo que se esperaba.

“Incluso antes del levantamiento de las sanciones recibíamos continuas delegaciones extranjeras, pero el ritmo se ha reducido desde que Estados Unidos exige visado a quienes hayan visitado Irán”, confía una fuente en una de las grandes empresas estatales.

El asunto de los visados, que ha molestado sobremanera a los iraníes, resulta un problema menor al lado de la lentitud de los cambios en el sistema bancario. Fatemeh Moeghimi, vicepresidenta de la Cámara de Comercio de Teherán, se quejaba recientemente de que los bancos europeos no cooperan con los iraníes para abrir cartas de crédito y reconectar con el sistema de pagos SWIFT “porque están pendientes del visto bueno de Estados Unidos”.

La desconexión del sistema bancario impide los movimientos de capital a gran escala

“Todos los grandes bancos europeos tienen intereses en EE UU y operan en dólares. Estoy convencida de que quieren facilitar esas operaciones, pero también cumplir con la normativa de las sanciones”, explica Cecilia Pastor, responsable de Derecho Mercantil y Comercio en la oficina de Baker & McKenzie en Madrid. “Por lo que nos han comentado, lo están estudiando. Necesitan poner en práctica medidas para evitar transacciones que no estén permitidas. Van a resolverlo, pero lleva tiempo”.

El mencionado bufete de abogados, uno de los mayores del mundo, ha organizado esta semana un seminario sobre el comercio con Irán en Madrid y Barcelona, que también va a realizarse en otras ciudades europeas. “Desde el Día de la Implementación [el pasado 16 de enero] se han levantado muchas sanciones y estamos recibiendo consultas de empresas españolas y de otros países”, señala Chiara Klaui, abogada especialista en comercio internacional en la UE.

Resulta evidente el potencial de un mercado de 80 millones de consumidores, que se abre al exterior después de cuatro décadas de aislamiento, con las cuartas reservas de petróleo del mundo y en el que las necesidades de infraestructuras se valoran en decenas de miles de millones. Solo en la industria petrolera se habla de 200.000 millones de dólares (unos 180.000 millones de euros) en los próximos cinco años. Pero además están los ferrocarriles, los aeropuertos, las carreteras, la minería, la automoción y el turismo, por citar las más relevantes.

“La situación ha cambiado radicalmente con el levantamiento de las sanciones y parece que existe mayor seguridad jurídica para hacer negocios allí”, señala Iñaki Escrig, de la empresa de material ferroviario CAF. Su presidente, Andrés Arizkorreta, estuvo en la delegación de empresarios que acompañó a Teherán a los ministros de Industria, Fomento y Turismo el pasado septiembre. “Estamos valorando la situación y acercándonos a la realidad de Irán”, añade cauteloso.

Otras compañías sin embargo ya han dado el primer paso. Esta semana llegó a una refinería de Cepsa el primer cargamento de petróleo iraní desde el embargo europeo de 2012. Unos días antes, el grupo español Meliá anunciaba su entrada en Irán para gestionar el Gran Melia Ghoo, a orillas del mar Caspio, el primer hotel de cinco estrellas en manos de una cadena extranjera desde la revolución de 1979.

Cepsa ha empezado a refinar petróleo iraní, y Meliá abrirá junto al Caspio el primer hotel propiedad de una firma extranjera desde 1979

“Las empresas e industrias españolas tienen grandes posibilidades en Irán, pero no son tan proactivas como el resto de las europeas, no asumen riesgos”, lamenta sin embargo Hashem Teidmourzadeh, un empresario iraní que ha mediado en el acuerdo con Siemens para desarrollar la infraestructura ferroviaria de su país. “A no ser que obtengan un contrato, no quieren exponerse”, asegura. “Es una oportunidad, pero aun así hay riesgos vinculados al hecho de que se trata de un país en desarrollo”, admite Klaui, la abogada de McKenzie.

El principal es, para la mayoría de los consultados, el marco legal y jurídico, pero tras él subyace la eterna lucha política en la cúpula del poder iraní. Los analistas confían en que los resultados de las recientes elecciones legislativas permitan al presidente Hasán Rohaní llevar a cabo la reforma regulatoria que facilite la necesitada inversión extranjera. Pero no va a ser fácil. Los ultraconservadores que temen la apertura ya han frenado la celebración de la conferencia internacional en la que iba a presentarse el nuevo modelo de contrato petrolero en Londres el pasado febrero y también han atacado los acuerdos que Rohaní firmó con empresas italianas y francesas durante la visita a Roma y París.

La gravedad de los problemas económicos que afronta la República Islámica influyó sin duda en que la máxima autoridad del país, el ayatolá Ali Jamenei, diera su bendición al acuerdo nuclear que abrió la puerta al levantamiento de sanciones. Sin embargo, su insistencia desde entonces en la importancia de desarrollar una “economía de resistencia” indica que no quiere poner en peligro los ideales revolucionarios del régimen, ni aceptar un acercamiento a Washington.

Del otro lado también persisten las trabas. Ni Estados Unidos ni la UE han levantado las sanciones que impusieron a Irán por actividades terroristas o violaciones de derechos humanos. Más allá de las varias listas de artículos vetados, el Departamento de Tesoro norteamericano sigue prohibiendo las transacciones en dólares o a través de bancos estadounidenses a Irán, lo que complica la entrada en el mercado iraní de aquellas empresas de otros países con intereses en EE UU.