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EDITORIAL

Los daños del desorden petrolero

No se aprecia una acción que reoriente los precios hacia un equilibrio

Los expertos en energía tienden a considerar el hundimiento del precio del petróleo como un episodio coyuntural; el precio volverá a subir y permitirá recuperar el equilibrio de las inversiones previo a la crisis en cuanto se consiga un acuerdo razonable dentro y fuera de la OPEP (mejor en todo caso que el simulacro perpetrado esta semana pasada) y el clima vuelva a normalizarse después de que alteraciones en fenómenos como El Niño hayan provocado un invierno que más parece una primavera en el norte de África. Después de sucesivos retrocesos ante predicciones optimistas que los hechos se han encargado de desmentir, el consenso actual, expresado con más miedo que otra cosa, es que el suelo del precio queda establecido ahora entre los 30 y los 35 dólares por barril. El último parámetro al que se agarran los conocedores para encarrilar un pronóstico (arriesgado) en 2016 es la variación de los inventarios de petróleo en Estados Unidos durante los próximos meses; si se mantienen o bajan, los 35 dólares de suelo están garantizados.

Pero sean o no defendibles los pronósticos de los expertos, lo cierto es que mientras se reaniman los precios hay mercados, países y actividades intensamente castigados por el hundimiento de los ingresos, mientras que su lógica contrapartida según los manuales, es decir, la transferencia de renta a los consumidores y sus consiguientes efectos sobre el crecimiento, hasta ahora no ha funcionado. O, por lo menos, no de forma apreciable. Obsérvese que en 2015, con un precio del crudo más barato que nunca, el crecimiento europeo ha sido un escuálido 1,5% y que este año apenas se llegará al 1,4%. Lo cual vendría a confirmar que el estancamiento de las economías occidentales (en especial las europeas) obedece a causas más profundas que no se solucionan con una mejora de los costes de importación.

En este punto es, precisamente, donde radica el peligro de la crisis del crudo. Es probable que el precio del crudo se recupere y quizá vuelva al nivel de los 60 dólares a finales de año (aunque no hay demasiados argumentos para sostener la predicción) y que los productores lleguen a un acuerdo que recupere el orden perdido en la gestión de la producción. El problema es que el precio no responde a los fundamentales (el exceso de oferta no es suficiente para justificar una caída rápida y persistente de los precios, puesto que es un excedente casi estructural), sino a un temor irracional a la menor demanda (habrá que examinar con cuidado la evolución del consumo petrolero en China a pesar de su desaceleración) y al desorden en la OPEP que perciben los mercados.

Incluso puede ser una sobreactuación suponer que se aproxima una brusca desaceleración de la economía mundial que reduzca un poco más el consumo energético; o quizá sea un simple amago sin continuidad las declaraciones institucionales para reducir la contaminación. Pero, con todo, los precios hundidos están causando graves problemas a los países (la caída de ingresos en Venezuela, por ejemplo, está causando el pánico), al empleo (todos los días se cierra una instalación de fracking), a las petroleras (tendrán que considerar la venta de activos si la situación se prolonga) y a los bancos, que tienen que provisionar por préstamos fallidos en inversiones petroleras. Y todo ello sin que luzca en el bolsillo de los consumidores la transferencia de las rentas perdidas por los productores. La confusión se ha adueñado del mercado petrolero y no se aprecia ahora una acción clara y decisiva que reoriente los precios hasta el entorno de los 75 dólares o, si se prefiere la expresión, hacia un equilibrio que permita recuperarse a los países que disponen solo del recurso del crudo.

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