El sector del crudo relee a Darwin

Las grandes petroleras intentar ser ágiles para adaptar su modelo de negocio al mercado

Cuando Warren Buffett redobló a principios de enero su apuesta por la firma estadounidense de refinería Phillips 66, muchos observaron atónitos el movimiento, que llegaba menos de un año después de que el magnate se deshiciese de una importante participación en Exxon Mobil. ¿Salir del capital de la mayor petrolera de Estados Unidos para desembarcar en otra empresa del sector con el barril de crudo por debajo de los 30 dólares? “Una locura”, era el mensaje que dejaban entrever algunos analistas. Pero lo que Buffett hizo fue una jugada más que pensada: salió de una petrolera centrada en tareas de exploración y extracción, cuyos beneficios sufre con precios del crudo bajo mínimos, y entrar en otra focalizada en la última fase del proceso, la refinería, que se beneficia del barril barato por cuanto implica una mayor demanda de gasolina y gasóil.

Sin quererlo, el magnate puede haber marcado el camino a seguir para la mayor parte de los gigantes petroleros mundiales, que han visto las orejas al lobo con el desplome del precio del crudo –que ha bajado casi un 70% en el último año y medio– y la perspectiva de mayor presión sobre los combustibles fósiles para atajar el cambio climático. La evolución en Bolsa de estos grupos no deja lugar a dudas: el mercado desconfía de su capacidad de supervivencia en las condiciones actuales.

Para estos dinosaurios empresariales, como los apodan muchos analistas, la única forma de sobrevivir en este entorno adverso es copiar el modelo de sus hermanos pequeños, compañías más ágiles en las que las decisiones se toman de manera menos burocrática, focalizadas en el refino y, sobre todo, con una estructura de costes mucho menos mastodóntica.

En los últimos meses, todos los grandes petroleros a ambos lados del Atlántico, sin excepciones, han anunciado drásticos planes de reducción de plantilla; las operaciones corporativas, tan cotidianas en tiempos de bonanza, se limitan ahora a la conclusión de las que ya están en marcha; el dividendo está congelado o ha sido sustancialmente reducido en compañías que hace no tanto brillaban por su remuneración al accionista y su inversión anual en exploración cae a doble dígito.

Es una suerte de retirada táctica o hibernación con una serie de objetivos claros: reducir su tamaño para ser más flexibles, centrarse en las ramas de actividad más rentables, como el refino, y esperar agazapadas a que, entre otros factores, las pequeñas petroleras centradas en el fracking caigan o se debiliten fruto de los precios históricamente bajos en el mercado y sus activos puedan ser adquiridos a precios de derribo. Se trata, por tanto, de explotar su tamaño, un hándicap en muchos aspectos pero que le confiere una capacidad de resistencia de la que carecen los actores más pequeños del sector.

La bonanza volverá

“Los precios serán bajos para un periodo largo, no para siempre”, resumía recientemente el primer ejecutivo de BP, Bob Dudley. Tanto si la reconversión se zanja o no con éxito, en que el ejecutivo de la petrolera británica esté en lo cierto descansan buena parte de las esperanzas de una industria esencial pero que parece haber vivido ya sus mejores días.

Los directivos de las petroleras, que se reunirán esta semana en Houston (Texas, EE UU) en el marco de la IHS CERAWeek —el Davos del petróleo—, miran de reojo el intento de pacto de los productores tradicionales para limitar la oferta y reequilibrar los precios. Sería una buena noticia para sus cuentas de resultados, pero es pan para hoy y hambre para mañana. Para lo que la industria no tiene una estrategia alternativa es para el, quizá, mayor desafío que sacudirá sus cimientos a largo plazo: la necesidad, plasmada en la pasada Cumbre del Clima de París, de reducir la quema de combustibles fósiles para hacer frente contra el cambio climático.

La Agencia Internacional de la Energía (EIA, en sus siglas en inglés), dependiente del club de los ricos, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE); y uno de los organismos más respetados por todos los agentes clave en el sector, afirma sin ambages que para que el aumento de la temperatura del planeta a final de siglo se quede “muy por debajo de los dos grados”, como reza el acuerdo firmado en la capital francesa, la proporción de los combustibles fósiles sobre el mix global de energía debería caer en 2040 hasta el 60% frente al 80% actual. Malas noticias para unas cuentas de resultados ya maltrechas; peores aún si se tiene cuenta y que gigantes de la talla de ExxonMobil, Chevron, BP, Royal Dutch-Shell o Total no tienen (o no han desvelado aún) un plan B para hacer frente a tan mayúsculo reto.