San Valentín crediticio: ¿cuánto nos endeudamos por amor?

Amor y dinero deben combinarse con precaución. Hipotecas y avales, las decisiones más influenciables

San Valentín, patrón de los enamorados, da nombre a una celebración que rinde culto a este afecto humano. Los buenos sentimientos son una buena excusa para señalar un día en el calendario, pero más allá del amor romántico o de su vertiente cortés, junto con sus manifestaciones físicas o químicas, hay que analizar también el efecto de los sentimientos en las decisiones de endeudamiento.

El amor puede ser duradero o fugaz, pero las deudas tienen la mala costumbre de mantenerse en el tiempo. A los que pretenden aislar sus decisiones de sus sentimientos, una mala noticia les espera: no hay amor al que no afecte el dinero, ni dinero que tenga valor suficiente sin amor.

La casuística de sentimientos que influyen en la solicitud de dinero prestado a un banco es casi infinita, pero algunas situaciones son casi típicas: los recién enamorados que deciden comprarse una casa o el amor paternal que influye en los padres para avalar a sus hijos.

La hipoteca de los enamorados

Solicitar un préstamo hipotecario para comprarse una primera vivienda supone endeudarse a décadas vista. A todos nos gusta pensar que el amor es eterno, pero esta dicha queda reservada a muy pocos. El resto de mortales curan sus corazones rotos muchas más veces de lo que desearían.

Estar enamorado del otro titular hipotecario es una buena razón para financiar la compra de un hogar común; pero no es la única razón ni, en muchos casos, la principal. Para que la pasión no nuble la razón, hay varios factores a tener en cuenta.

El tiempo e intensidad de la relación. En otras palabras, intentemos valorar si ha llegado el momento de dar un paso más que influye de forma definitiva en nuestras vidas: pedir una hipoteca en común. Tal vez sea imposible que dos enamorados calibren exactamente el grado de su amor, pero salvo enajenación mental pasajera, sí se pueden hacer una idea. Si en enamoramiento es reciente y “domina todo nuestro ser”, no hipotecarse aún; esperar es ganar.

La estabilidad de los ingresos de la pareja. No es buena idea pedir una hipoteca si no tenemos un trabajo fijo o unos ingresos estables en el tiempo. Nadie mejor que nosotros para predecir nuestro futuro laboral; si trabajamos en un sector en crecimiento y tenemos una formación adecuada que incrementamos día a día, tenemos buenas perspectivas de generar dinero para pagar las cuotas mensuales. Si dudamos de nuestro empleo o del de nuestra pareja, aún no ha llegado el tiempo de comprar con financiación: el alquiler es la primera opción para amparar un hogar.

Las garantías económicas que apoyan nuestro amor. En otras palabras, nuestra capacidad de ahorrar, aportar otras garantías inmobiliarias o avalistas. No es bueno enamorarse de un tacaño, pero tampoco endeudarse junto a un pródigo. Mención especial para los ascendientes de la pareja a los que se les pide el acto de fe de avalar: además de valorar las implicaciones de esta firma, que ampliaremos a continuación, tengamos en cuenta una complicación habitual en estos casos; es frecuente que no avalen los padres de ambos solicitantes, sino solo los de una parte —la familia más próspera—.

Si hay avalistas, que sean los padres de ambos

Es un error de perturbadoras consecuencias: si los hipotecados se pelean y su madurez es deficiente, surgen problemas para pagar la hipoteca. Cuando estos problemas aparecen, que solo haya avalistas de una de las partes empeora el trance: la expareja cuya familia no ha garantizado la deuda tiene incentivos para desentenderse de los pagos; a fin de cuentas, piensa, si no pagamos el banco irá contra el patrimonio de la familia de mi ex. Así que, si hay avalistas, que sean los padres de ambos.

Avalar no es querer

Los padres que no avalan el préstamo de sus hijos no son peores progenitores ni los quieren menos. En absoluto. De hecho, no hay mejor sentimiento hacia la progenie que tratar de proteger el patrimonio familiar de desgracias futuras. Si no avalamos y nuestro hijo impaga la hipoteca, podremos ayudarle a pagar las cuotas nosotros y, de no poder, le aseguraremos un hogar al que volver.

Pensemos que avalar significa arriesgar todo el patrimonio presente y futuro, salvo que limitemos la responsabilidad. En caso de rupturas económicamente traumáticas, el impago de las cuotas hipotecarias supondrá la ejecución de la hipoteca, pero el banco puede también ir contra el patrimonio de los avalistas si el valor del bien ejecutado no resarce sus deudas. El banco se queda una vivienda habitual por el 70% de su tasación, que puede no cubrir la deuda pendiente, los intereses de demora y las costas judiciales.

No avalemos por amor, avalemos solo si tenemos claro que podríamos pagar las cuotas de nuestros vástagos si tuvieran problemas. De no ser así, en la notaría nada se nos ha perdido. Amor y dinero son dos mundos que hay que combinar con precaución.

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