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La banca española cerca a Portugal

La creciente presencia de entidades eleva el temor a que logren una posición dominante

“Hay un riesgo de españolización del sistema bancario portugués”. El aviso del consejero de Estado portugués, Francisco Louçã, fue enviado hace unas semanas al Ministro de Finanzas. La advertencia del economista llega después de que el séptimo banco del país, el Banif, fuera vendido por el Estado al Santander, y cuando el segundo del país, Novo Banco, otra vez sale a la venta. En el último año, la presencia española en el sector bancario vecino ha aumentado del 14% al 20%.

“El BCE quiere al Santander como banco europeo de referencia para la península Ibérica”, dice Louçã. “Eso provoca una situación terrible de dependencia”. Al consejero de Estado se le ha sumado el exdirector de Diário Económico António Costa: “En el fondo hay una decisión estratégica del BCE de considerar Portugal como una región española a efectos bancarios”.

Según estos analistas, la consecuencia inmediata de la españolización de la banca nacional sería el cierre del grifo al crédito empresarial, “por una mera aplicación de los riesgos de financiación, muy pocas empresas portuguesas tendrían acceso al crédito”, anuncia Costa. La banca portuguesa sigue cargada de crédito malo, principalmente empresarial. Los mayores ejemplos de esa mala práctica son el Banco Espírito Santo (quebrado y transformado en Novo Banco) y la Caixa Geral, los más grandes del país, los dos portugueses y los dos, hoy, públicos.

Críticas al Santander

Novo Banco y Caixa Geral, las nuevas tentaciones

Por segunda vez, el Banco de Portugal ha puesto en venta Novo Banco (NB), la entidad creada para agrupar los activos buenos del Banco Espírito Santo. En el primer intento, llegaron a la final un estado­unidense (el fondo Apollo) y dos chinos (el fondo Anbang y el holding Fosun), pero sus ofertas no cubrían ni la mitad de los 4.000 millones inyectados por el Estado. En la penúltima criba se eliminó la oferta del Santander por ser la más baja. Ahora, con la crisis china, el Santander es el favorito.

“Si el NB fuera vendido al Santander, a Caixabank o al Popular, la banca española dominaría la banca portuguesa”, dice el consejero de Estado Louçã. “Ese es un condicionante estratégico para la economía nacional que no puede ser aceptado. España jamás aceptaría que sus principales bancos, por ejemplo, fueran comprados por franceses”.

El Gobierno, pese a la presión de sus aliados de izquierda, mantiene la venta de NB, pero también asegura otra fuente de problemas, la Caixa Geral de Depósitos (CGD), que seguirá siendo pública. La CGD, la mayor institución financiera del país, lleva cinco años dando pérdidas. Fue rescatada en 2012 inyectando el Estado 750 millones de euros en acciones y 900 millones en instrumentos híbridos, de los que no ha devuelto nada. “Se devolverán cuando sea oportuno”, precisó su presidente, José de Matos. El próximo ejecutivo, ya nombrado por el Gobierno socialista, levantará rápidamente las alfombras para que cualquier sorpresa desagradable conste en el haber de la anterior administración. Y una recapitalización parece segura este mismo año.

“La recapitalización debe hacerla el Estado portugués, aunque no lo quiera la Comisión Europea”, exige Louçã. “Así lo hicieron otros Estados en situaciones semejantes”.

Aparte de los medios sensacionalistas, que hacen sangre, en la misma semana se sube a la ola el serio Expresso con su comentarista Nicolau Santos: “El Santander, que ya hizo desaparecer (sic) del mercado portugués pequeños bancos como BIC, Totta Açores y ahora Banif, eliminará también al tercer mayor banco nacional si adquiere Novo Banco”.

La idea ha cuajado en la calle. La Asociación de Indignados y Engañados de Papel Comercial ya no se manifiesta ante el Banco de Portugal o el Novo Banco, sino en entidades financieras españolas para advertir que si compran el Novo Banco heredarán 800 millones de euros en reclamaciones.

En un año, la cuota de mercado de los bancos españoles ha subido en seis puntos porcentuales, aunque en buena parte por demérito de la banca local. En septiembre, el británico Barclays dejó Portugal. Bankinter le pagó 100 millones por su negocio; en la pasada Navidad, el séptimo banco del país, Banif, pasaba al Santander Totta.

Banif llevaba puesta la luz roja desde 2013, pero ni el Gobierno ni el Banco de Portugal habían encontrado una solución para su venta, enfangados con el caso Espírito Santo-Novo Banco. Llegaba el 1 de enero y con él la norma europea que obliga a depositantes y accionistas (el 60,5% del Banif era del Estado) a pagar las pérdidas del banco.

Según el Ministerio de Finanzas, apenas hubo ofertas (ninguna portuguesa) y, de solvencia, solo la del Santander Totta. Se lo quedó por 150 millones, con la condición de que estuviera libre de activos tóxicos; para eso el Estado tuvo que poner más de 3.000 millones.

“La venta de Banif al Santander demostró la vulnerabilidad del Estado portugués”, dice Louçã, que, además de consejero de Estado, es el fundador del Bloco de Esquerda. “Bruselas exigió que el Santander fuera el único concurrente e impuso una recapitalización en valores inaceptables y ventajosos para el banco español, que registró en 11 días unos beneficios del 190% con la operación. Fue un escándalo”. António Vieira Monteiro, presidente del Santander Totta, difiere. “Nos hemos encontrado con situaciones inesperadas. Si las hubiésemos sabido, probablemente hubiéramos retirado la propuesta de compra”.

Ecos del pasado

Pese a la alarma portuguesa, la “invasión” vecinal es inferior a la de los años noventa del siglo XX. Entonces, los dos países y su banca gozaban de buena salud, tras probar las mieles de su ingreso en la Comunidad Europea. Dos décadas después el paisaje es diferente, la inversión de la banca española es inferior a la de entonces, pero su cuota de mercado superior, por la debilidad del sector bancario local.

La tendencia extranjera en el sector de la banca portuguesa es más a irse que a invertir. El año pasado se fue Barclays y también el BBVA, que aguanta una docena de oficinas del centenar que tuvo. El Banco Popular ha reducido oficinas, de 232 a 169, y, tras la salida del Barclays, es la mayor red extranjera. En 2012 también abandonó Portugal el brasileño Itaú. Vendió su 19% en BPI al actual CaixaBank, que ahora tiene el 44%.

El primer accionista del BPI no consigue que se cambien los estatutos que limitan el derecho de voto al 20%. Como para las decisiones fundamentales se necesitan los dos tercios, el BPI se encuentra desde hace un año en una parálisis estratégica. CaixaBank ha anunciado que, en esta situación, no recapitalizará al BPI para cubrir su alto riesgo en Angola.

“La guerra del BPI es más compleja que un simple conflicto de intereses entre accionistas”, señala Costa. “El BCE va a hacer lo que pueda para que la banca portuguesa hable castellano en su totalidad, y, por supuesto, también el BPI. Así será más fácil la supervisión”.