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EDITORIAL

Agitación frente a estabilidad

Que se preste atención de forma súbita a un fenómeno empresarial o corporativo no significa que sea nuevo. El activismo o agitación empresarial (la irrupción de accionistas que presionan a los directivos para mejorar aceleradamente la cuenta de resultados a corto plazo) es bien conocido desde los años 60; de hecho, algunas de las grandes fortunas mundiales se han construido de ese modo, es decir, entrando en los consejos a modo comando, extraer el máximo de beneficios en el menor tiempo posible y huyendo con las ganancias después. Más que de dejar constancia de una novedad, se trata en este caso de calibrar los efectos que puede tener en el gobierno de una empresa la entrada de agitadores en sus consejos en busca de ganancias aceleradas.

Como ya se demostró en la crisis financiera de 2007 (aunque probablemente la demostración se haya olvidado desde entonces), sacralizar el objetivo de beneficio trimestral no es el mejor incentivo para una empresa. Los beneficios rápidos y a corto plazo obturan la visión global y las decisiones sobre la estrategia de una empresa. Existen, grosso modo, dos enfoques sobre cuál es el objetivo de una compañía: o es primordialmente una máquina de ganar dinero de forma inmediata, de forma que esa es su justificación decisiva (aunque no única) o se trata de una construcción orgánica a medio y largo plazo en la que juegan también como objetivos de igual importancia que los beneficios el servicio a los clientes, el mantenimiento de un empleo de calidad y la vocación de perdurar en el tiempo. El activismo separa, decanta ambas concepciones que, en los catecismos de las escuelas empresariales aparecen unidos.

La agitación corporativa no supone un perfeccionamiento estratégico ni ofrece estabilidad para desarrollar programas a largo plazo

La decantación se produce porque no se concibe una empresa de la misma manera si se empieza por la prioridad ganancia (que es el objetivo de toda sociedad) que si la primera consideración es cómo alcanzar un grado aceptable y sistemático de beneficios. En el primer caso, el impulso de la cuenta de resultados lleva, con frecuencia, a la reducción de gastos indiscriminada (no es fácil ajustar el presupuesto de gastos, como bien saben todas las empresas y, por cierto, el Gobierno español), decisiones financieras cómodas pero discutibles más allá del plazo de un año (como un aumento de la deuda), la descapitalización de recursos humanos o, en el límite, a la pérdida de la calidad del servicio. Sorprende la escasa atención (inversión) que conceden las grandes empresas españolas al cuidado de sus clientes. En el segundo caso, la construcción de los beneficios de una compañía se inicia precisamente desde la calidad de los bienes y servicios que produce y remonta la cadena del balance hasta llegar a la cuenta de resultados.

La agitación corporativa, tal como se describe en los casos conocidos de fondos de inversión y accionistas con prisas para obtener beneficios, mejora a corto plazo la posición accionarial de las empresas como efecto colateral; aumenta el dinamismo corporativo pero no mejora las estructuras de gobierno a medio plazo. Por lo tanto, no constituye un perfeccionamiento estratégico de una empresa ni proporciona la estabilidad requerida para desarrollar programas a largo plazo. El argumento de que la dirección de las corporaciones (sobre todo de las grandes) necesita de frecuentes revitalizaciones, de estímulos exteriores, es correcto, pero se agota en sí mismo; la renovación no puede proceder de incursiones societarias que buscan aumentar significativamente el aumento de ganancias trimestrales o anuales, porque equivale a aceptar una elevada probabilidad de que el diferencial (mejora) de beneficio se consiga a costa de deteriorar otras variables de la cuenta de resultados; y que el aumento de beneficio desaparezca cuando cesa de exprimirse el balance.