EDITORIAL

Expectativas nubladas

De la evolución de la situación económica y política depende que España siga siendo un destino atractivo para las inversiones

Las condiciones en las que se asienta la actividad de las empresas se han deteriorado con el inicio del año. Lo ha hecho el entorno económico global y la intensa inestabilidad financiera. Pero también la renovada incertidumbre política en España, como consecuencia de la deriva independentista en Cataluña y la interinidad abierta en la formación de Gobierno en España.

Es el debilitamiento de las economías emergentes el factor que en mayor medida condiciona los planes de cualquier empresa con un mínimo grado de apertura internacional. De ellos, China y Brasil ocupan un lugar destacado. La primera es la segunda economía más importante del mundo y un actor esencial en el comercio y las finanzas globales. Su crecimiento se reduce gradualmente en los dos últimos años al tiempo que irradia episodios de inestabilidad financiera inquietantes, asociados al comportamiento de sus mercados de acciones, a los constantes flujos de salida de capitales y a la consecuente depreciación del tipo de cambio de su moneda.

Brasil, por su parte, es representativa del impacto que ya está teniendo la caída generalizada en los precios de las materias primas, especialmente de los hidrocarburos, y la menor demanda china. Inicia su segundo año de intensa contracción del crecimiento con una no menos preocupante ampliación de sus desequilibrios —la inflación, el déficit y la deuda pública— y una situación política inestable. Es en esta economía donde algunas de las más importantes empresas españolas tienen una parte significativa de su inversión directa en el extranjero y una gran proporción de sus ingresos y beneficios.

La desaceleración de las economías emergentes apenas se compensará con el crecimiento de las avanzadas. Solo la estadounidense crecerá cerca del 3%, con la eurozona haciéndolo en torno al 1,7%. A ello se añade un comienzo de año en los mercados financieros —de acciones, pero también de bonos privados— marcado por la inestabilidad. Nunca antes se perdió tanta riqueza financiera en las Bolsas en un mes de enero. Y la estabilidad financiera global es una de las condiciones necesarias para garantizar el crecimiento económico y el del maltrecho comercio internacional.

A la lógica inquietud de los empresarios españoles por estos episodios se añade la incertidumbre generada por los abiertos en el panorama político doméstico. El mantenimiento de la deriva independentista en Cataluña y las dificultades para conseguir un Gobierno estable en el conjunto del país son factores poco usuales, difíciles de concretar en la formación de expectativas en que las decisiones empresariales se fundamentan. Con independencia de otros aspectos no menos relevantes, la incertidumbre en el primer caso afecta al 20% del PIB español y a otro tanto de la correspondiente deuda pública. En mayor medida este aspecto es inquietante si se verifican las dificultades para disponer de un Gobierno español que pueda abordarlo, gestionándolo adecuadamente. La prolongación de esos problemas abiertos no solo inhibirá decisiones de inversión de empresarios españoles, sino también de aquellos extranjeros que hasta ahora consideraban la dimensión del mercado español como atractiva, o la estabilidad de su gestión política.