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La prueba de fuego para Turquía

La economía turca flaquea ante la explosiva situación de la región y la inestabilidad política

La prueba de fuego para Turquía

“Este año se presenta flojo”. La frase está en boca de touroperadores, hosteleros y guías en Turquía, un país que los últimos tres lustros ha triplicado el número de visitantes, convirtiendo el turismo en uno de los sectores clave de su economía, sin llegar a caer en la excesiva dependencia que sufren países vecinos. Pero ni las joyas arquitectónicas ni las aguas turquesas ni los paquetes de todo incluido han sido suficientes este verano para mantener el crecimiento del sector. En mayo, el número de visitantes extranjeros se redujo un 2,5% respecto al año anterior y, en junio, la tasa de ocupación hotelera no llegó al 70%, siete puntos menos que en 2014, pese a la rebaja en el precio por habitación. La brusca reducción del turismo ruso y europeo es la razón por la que se estima que los ingresos del sector quedarán este año por debajo de los 30.000 millones de dólares, es decir, el nivel de hace tres años.

No es sólo el sector turístico. Pese a su inmenso potencial y tras una década en la que Turquía se había convertido en uno de los más prometedores mercados emergentes, ciertas deficiencias estructurales han comenzado a asomar por las costuras, agravadas por la crisis europea, el hundimiento del mercado ruso a causa de las sanciones, los conflictos diplomáticos con los países del entorno y, especialmente, la explosiva situación al sur de sus fronteras.

Menor crecimiento

El crecimiento durante el primer trimestre se quedó en el 2,3% del PIB y se estima que no llegará al 2,5% en todo el año, muy lejos del objetivo del 4% fijado por el Gobierno. El Banco Mundial ha reducido unas décimas las previsiones de crecimiento para Turquía en 2016 y 2017, situándola en el 3,5 %, una cifra insuficiente, según los expertos, para asumir la ingente mano de obra que cada año se suma al mercado laboral de este país con una población muy joven. Así, los economistas han incluido a Turquía —junto a Brasil, Sudáfrica, Indonesia e India— en los Cinco Frágiles, países caracterizados por un importante déficit por cuenta corriente, una producción industrial en retroceso, creciente desempleo, un PIB debilitado y una divisa que se deprecia rápidamente.

Por si fuera poco, Turquía lleva cerca de dos meses dirigida por un Gobierno en funciones tras la pérdida de la mayoría absoluta del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista moderado) en las elecciones del 7 de junio, lo que impide atajar los problemas más acuciantes. “Turquía no es Bélgica, que puede funcionar durante meses sin Gobierno. Muchas empresas dependen del Estado, que es aún el mayor actor económico, bien sea por contratos, regulaciones e incentivos de inversión. Además hay un alto grado de clientelismo por lo que todo cambia dependiendo del partido que esté en el poder”, explica a EL PAÍS el director de la asesoría Descartes Capital, Ozan Sakar. “Incluso hay un aspecto psicológico pues muchos turcos observan lo que ocurre en la política antes de decidirse a hacer una inversión por pequeña que sea, un coche, una casa…”, añade.

Las principales asociaciones de empresarios —tanto laicas como islamistas— y numerosas voces del mundo de los negocios presionan desde hace semanas por que los dos grandes partidos de Turquía, el AKP y el socialdemócrata CHP, dejen atrás sus rencillas y forjen una Gran Coalición a la alemana, lo que ayudaría a reducir la polarización política, calmaría a los mercados y podría permitir enderezar la economía. Pero de momento no se ha logrado un pacto y varias formaciones, incluida el AKP, han dado la orden a sus bases de iniciar los preparativos para una nueva campaña electoral. “Repetir las elecciones es un escenario negativo, porque otros comicios significarán que nos enfrentaremos a la incertidumbre durante prácticamente todo 2015”, reconocía recientemente el ministro de Finanzas, Mehmet Simsek. 2015 pues, parece un año perdido y la razón, dando la vuelta a la célebre frase de Bill Clinton, “es la política, estúpido”.

Una población joven, las riquezas naturales y su ubicación son los puntos fuertes de Turquía

La volatilidad de la lira, sujeta a todo tipo de vaivenes cada vez que se produce un acontecimiento político o un atentado en la tensa frontera sur del país, esta siendo uno de los principales dolores de cabeza para las empresas. La divisa turca ha llegado a perder, en seis meses, un 18% frente a un debilitado euro, y en un año lleva acumulada una depreciación superior al 30% respecto al dólar.

Huida de capitales

Como en el resto de los Cinco Frágiles, la crisis de la moneda está relacionada con la huida de capitales especulativos ante los constantes cantos de sirena de la Reserva Federal estadounidenses de que en los próximos meses subirá los tipos de interés, pero también tiene que ver con las continuas interferencias del exprimer ministro y ahora presidente, Recep Tayyip Erdogan, que ha obligado al Banco Central a mantener las tasas de interés por debajo de lo recomendable, a fin de continuar la ilusión del consumo fácil antes de las elecciones. “El Banco Central tiene que aumentar los intereses, porque nuestra divisa actualmente no es sostenible. Quizás antes la lira estaba sobrevalorada, pero ahora está demasiado devaluada lo cual es un peligro para Turquía porque tanto las deudas del Estado como las de muchas empresas son en dólares”, afirma Sakar.

La prueba de fuego para Turquía

La devaluación de la lira no ha conllevado un incremento de la competitividad de los productos turcos en el exterior, sino todo lo contrario: según datos de la Asamblea de Exportadores de Turquía en los seis primeros meses del año las exportaciones se redujeron un 8,1%. Las razón se halla, por un lado, en que buena parte de los principales destinos de las exportaciones turcas —UE, Rusia, Irak— están sumidos en sus propias crisis y, por el otro, en que el aumento del dólar ha llevado una inflación de los costes de producción.

Cabe recordar que la industria turca no es de un gran valor añadido y se calcula que por cada 100 dólares de exportación se necesitan importar 80 en materias primas. Además, gran parte de las exportaciones se cobran en euros, lo que añade problemas dado el debilitamiento de la moneda común europea frente a la estadounidense. El ministro de Economía, Nihat Zeybekçi, ha advertido de que la apreciación del billete verde podría significar hasta 20.000 millones de dólares menos en exportaciones turcas durante este año.

Por si fuera poco, la principal industria exportadora de Turquía, la automoción, lleva un año caliente de huelgas que exigen mejoras laborales y salariales y que se han extendido por casi todas las factorías del país durante semanas, provocando pérdidas valoradas en cientos de millones de euros.

Problemas vecinales

El conflicto sirio y la guerra contra el Estado Islámico, que amenazan con expandirse al interior de Turquía, han sido otro duro golpe a la economía local, especialmente a lo largo de su frontera sur, que justamente ahora se recuperaba de las tres décadas de conflicto con los kurdos. Por ejemplo, en Hatay, fronteriza con Siria, este año muchos agricultores han dejado pudrirse las naranjas en los árboles. La razón es que los precios se han desplomado por el cierre de las rutas comerciales: esta provincia era una de las que mayor flota de camiones tenía y cada día cientos de ellos partían cargados de cítricos y otros productos de exportación hacia los países del Golfo Pérsico atravesando Siria e Irak.

“En una semana llegaban hasta Arabia Saudí o Kuwait. Ahora hace falta embarcar los camiones hasta Egipto y cruzar el canal de Suez, con lo que el tiempo de viaje se triplica”, se queja la asesora financiera Naime Turunç. El problema es que las relaciones entre el Gobierno islamista moderado de Turquía y el del General Sisi en Egipto están bajo mínimos, lo que ha provocado la suspensión de varias de estas rutas marítimas.

Otro problema ligado al conflicto en Siria e Irak es el elevado número de refugiados. El Gobierno turco ha abierto la puerta a más de dos millones de personas que huían de la guerra, lo que le ha supuesto un gasto presupuestario adicional de 6.000 millones de dólares y elevada tensión social, ya que en las provincias con mayor presencia de sirios los precios –especialmente los alquileres- se han disparado, mientras los salarios han caído y el desempleo se ha incrementado.

La depreciación de la lira no ha traído mayor competitividad

“Determinados trabajos en el mercado más opaco y que antes asumía un sector de la población turca han sido asumidos por los sirios, dispuestos a trabajar por la mitad. Con lo cual está empezando a subir el paro en sectores en que no tenía que hacerlo”, considera Vicente Balbín, representante del Banco Sabadell en Estambul: “Y esto es un problema porque la economía turca, para despegar, necesitaría una mayor disponibilidad de fondos por parte de la población para gastar o para ahorrar, pero si se regula el salario a la baja, mal vamos”.

Del exterior, la única noticia positiva recibida en los últimos meses ha sido el acuerdo nuclear iraní, lo que permitirá levantar las sanciones sobre el régimen de los ayatolás, posibilitando así a las empresas turcas vender en el país vecino. Según Merrill Lynch, el comercio exterior de Irán podría aumentar de 80.000 millones de dólares a 200.000 en el próximo lustro. Asimismo, se espera un fuerte descenso en los precios de la energía —al ponerse de nuevo en el mercado el petróleo y el gas iraníes— lo que, según cálculos del economista Emre Deliveli, supondría para Turquía la bajada de medio punto de su déficit por cuenta corriente (5,7 % del PIB en 2014) y otro tanto en su inflación.

Precisamente el sector energético —hay varios proyectos de tuberías hacia la UE en marcha— está siendo el único capaz de sostener la Inversión Extranjera Directa (FDI), pues en los cuatro primeros meses del año aportó casi un cuarto de los 4.030 millones de dólares recibidos, un 22,6% menos que en el mismo periodo de 2014.

Recelo inversor

“Antes de 2011, la imagen sobre las posibilidades de inversión en Turquía era de color de rosa, pero después de ciertas cosas, como la represión de los manifestantes durante la revuelta de Gezi, los inversores me preguntan si está habiendo una putinización de Turquía”, explica Sakar, quien ha asesorado a varias empresas extranjeras en procesos de privatización turcos: “La inversión depende mucho de las percepciones y, últimamente, se percibe una cierta erosión del sistema legal, que se ha hecho más arbitrario”.

En cambio, Cevdet Akçay, economista jefe del banco Yapi Kredi, es más optimista respecto a las posibilidades económicas de Turquía, especialmente a medio-largo plazo, dadas las oportunidades que presenta el país: una población eminentemente joven, muy trabajadora, con un relativo buen nivel de educación y cada vez más conectada con el mundo exterior; riquezas naturales y, especialmente, su situación geográfica, que es “a la vez su fortuna y su desgracia”. “Turquía está en una posición central, y eso le dará importancia en las próximas dos o tres décadas”, cree el analista: “Los inversores que llevan décadas fijándose en Turquía saben apreciar la normalización que hemos vivido en los últimos tiempos. El problema es que, en los últimos años la gestión de imagen de Turquía ha sido pésima. Y todo por cuestiones políticas”.

 

Las zonas grises

Pedir un recibo de compra en ciertos negocios de Turquía puede tener como resultado recibir miradas de extrañeza o desdén, como si el cliente hubiese demandado un tinto de verano al imán de una mezquita. Y es que en el país euroasiático una porción nada desdeñable de la economía transcurre por los márgenes del sistema, en áreas grises que dificultan mucho la recaudación de impuestos.
Algunos cálculos sitúan la economía sumergida del país entre el 30 y el 40 % de su PIB, algo menos que hace una década cuando se estimaba en la mitad (el uso del dinero de plástico, en una sociedad muy dada a endeudarse, ha hecho aflorar parte de estos flujos). Sea como fuere, sigue siendo un reto para el Gobiernos turcos.
Porque esta situación crea fuertes desequilibrios en el sistema impositivo, desviando buena parte de su peso a los impuestos indirectos como el IVA (su tipo estándar es del 18 %) y tasas especiales sobre el alcohol, el tabaco y los carburantes, en un país con problemas estructurales de inflación de precios. Otro de los efectos, es que los impuestos directos salariales se ceban especialmente en los sectores laborales con convenio, sólo una veintena debido a las numerosas trabas que pone el Gobierno a la sindicalización y las luchas laborales. Por ejemplo, en el sector metalúrgico, la presión fiscal para sueldos netos en torno a 1.000 euros, es del 42 % (incluyendo impuestos y contribuciones a la seguridad social), lo que deja poco margen de maniobra a las empresas y los sindicatos para pactar mejoras salariales.
Así, en muchos sectores se hace común que el empresario pague parte de las mensualidades de sus trabajadores en negro, por no hablar de los autónomos y las empresas, parte de cuyos beneficios no se declaran. De ahí que el Gobierno turco haya emprendido una reforma del código impositivo vigente, que data de 1961, con el objetivo de simplificarlo, adaptarlo a los nuevos tiempos y reducir la economía informal. “El concepto de contribuyente se ha enfatizado en la nueva ley y se aplicará discriminación positiva a los contribuyentes que sepan adaptarse mejor”, ha explicado el ministro de Finanzas, Mehmet Simsek. Los detalles del nuevo código se conocerán en los próximos meses.
Este elevado nivel de economía sumergida ha tenido, con todo, sus cosas positivas. “Las crisis económicas en Turquía son en forma de Y, es decir, hay una fuerte caída seguida de una recuperación rápida, porque entre tanto se reabsorbe mano de obra a través de la economía sumergida”, argumenta el representante del Banco Sabadell en Estambul, Vicente Balbín. A esas recuperaciones exprés , como las experimentada en 2002 y 2010, contribuyen también los ahorros fuera del sistema financiero y la banca paralela que existe entra algunas empresas turcas, cifras que no recogen las estadísticas pero que los analistas estiman en bastante elevadas. “Hay un gran volumen de población que guarda bajo el colchón algunos cientos de dólares o de euros (el ahorro en divisas es una constante en Turquía), que no es mucho dinero pero que multiplicado por millones de personas, es una cantidad nada desdeñable”, sostiene Balbín: “Son mecanismos de equilibrio que están fuera del sistema, pero que ayudan al sistema en caso de crisis”.
Por ello y dado que en los últimos tres lustros, el ahorro en Turquía se ha reducido a niveles preocupantes (del 20 al 13 % del PIB), el Gobierno está llevando a cabo importantes campañas para hacer aflorar fondos ocultos, especialmente en oro, una forma muy típica de ahorro ya que es tradición hacer regalos en este metal precioso en las grandes ocasiones. Según los representantes del sector, en los últimos cinco años, 45 toneladas de oro, con un valor superior a los 1.500 millones de dólares, han sido ingresadas en bancos.