Alemania confirma la desaceleración de su economía

El Gobierno atribuye las menores expectativas de crecimiento a factores externos y asegura que no ve ningún motivo para modificar su política

La canciller alemana, Angela Merkel. Bloomberg

Hace ya tiempo que los expertos y organismos como el Fondo Monetario Internacional avisan de lo que ayer confirmó el Gobierno alemán: la primera economía del euro está peor de lo esperado. El ministro de Economía, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, anunció que este año el PIB crecerá un 1,2% (en lugar del 1,8% pronosticado hasta ahora); la previsión para 2015 asciende al 1,3% (frente al 2% anterior). Esos recortes en los pronósticos provocaron el castigo en los mercados a la deuda española, italiana o griega, ante la constatación de que Europa está ante un largo estancamiento; ya ni siquiera es descartable una tercera recesión. Los datos, tozudos, van de mal en peor. Pero la UE sigue sin cambiar el paso de su política económica, enzarzada en luchas intestinas sobre si es más urgente reformar, estimular o dar margen fiscal a los países con problemas.

Alemania quiere reformas antes de abrir la mano a todo lo demás. Y sigue en sus trece, poco amiga de dar volantazos en la gestión de la eurozona. Gabriel no se limitó a ofrecer un discurso técnico plagado de cifras: aprovechó la presentación del nuevo panorama económico en Berlín para lanzar un mensaje político de primera magnitud. “No hay ningún motivo para cambiar nuestra política económica y fiscal”, subrayó. Horas más tarde, su jefa en el Gobierno de gran coalición, la canciller Angela Merkel, insistió en ese discurso de ahorro y de rechazo de nuevas deudas. También el ministro Wolfgang Schäuble marcó esa línea roja ante sus colegas europeos en el Ecofin. La presión internacional —FMI, G-20, OCDE y BCE— no hace mella en Alemania: el mundo entero le pide que invierta, pero Schäuble se agarra al guion de la ortodoxia: “Vamos a invertir, pero sin histerias, sin volver a caer en el déficit público”.

La inversión es la variable macroeconómica que más ha caído en el conjunto de Europa en lo que va de crisis, casi un 20%. Pero los datos de Alemania son especialmente sonrojantes, con cifras inferiores a las de España y solo ligeramente superiores a las de Portugal, dos países sumergidos en una crisis oceánica. “Que nadie espere grandes planes inversores en Alemania”, decía ayer una alta fuente europea. Ante ese panorama en Berlín, los ministros de Economía de la UE reclamaron a la nueva Comisión que acelere sus planes de inversión, un paquete de 300.000 millones de euros para los tres próximos años del que se sabe poco y del que nadie termina de fiarse. “El riesgo es que ese plan no sea efectivo hasta 2017, y necesitamos un impacto significativo en 2015 y 2016 ante los nuevos riesgos que se ciernen sobre la recuperación”, resumió el francés Michel Sapin.

Francia, que pide flexibilidad fiscal y a quien todo el mundo señala por su incapacidad para aprobar reformas, chocó abiertamente con Alemania en las reuniones de Luxemburgo. Y ese conflicto amenaza con llegar hasta Bruselas, que presiona para que París recorte algo más su presupuesto. A pesar del riesgo de que la crisis económica se transforme en una crisis política de incierto final, está claro que Berlín se resiste a los virajes: ni siquiera el ala izquierda de la coalición que dirige Merkel está por la labor. El número dos del Gobierno y líder de los socialdemócratas echó un jarro de agua fría sobre aquellos que le reclaman desde su propio partido un giro en la política de austeridad. “Endeudar más a Alemania no va a generar más crecimiento en Italia, Francia, España o Grecia”, respondió Gabriel a los que recomiendan que el Gobierno reaccione al empeoramiento de la coyuntura.

Berlín considera que los problemas no son suyos. “Sobre todo Europa”, fue la respuesta de Gabriel a la pregunta sobre los factores que explican la desaceleración de la economía alemana. “La crisis geopolítica, fundamentalmente Ucrania, ha aumentado la incertidumbre y el lento crecimiento mundial está pesando sobre la economía”, añadió.

Frente a los desafíos externos, el Gobierno ve en casa factores para la esperanza. La demanda interna y el mercado laboral dan señales de fortaleza. Y decisiones adoptadas por la gran coalición, como la instauración de un salario mínimo, contribuirán a aumentar la renta disponible. “Los ciudadanos tendrán más dinero en su bolsillo”, se enorgulleció.

El ministro se vio obligado a hacer encaje de bolillos al ofrecer un mensaje positivo cuando las malas noticias se acumulan. El mismo día en que anunciaba una drástica revisión de sus previsiones, otros indicadores como la producción industrial o los índices de confianza mostraban signos de flaqueza. Después de que el PIB retrocediera en el segundo trimestre del año, aumentan los temores de que el país vuelva a entrar en recesión. “No vemos cercana la recesión, pero la economía alemana depende del exterior. Y ahí es donde están los riesgos”, explica Jens Ulbrich, el economista jefe del Bundesbank.

El PIB del euro se estancó en el segundo trimestre; tras el revés alemán, no hay un solo dato que haga pensar que el tercero va a ser mucho mejor. El riesgo es ya una tercera recesión: tres socavones en el PIB que en realidad son tres muescas de la misma crisis. “La recesión más grave de la posguerra requiere un amplio acuerdo político”, apuntó el ministro italiano Pier Carlo Padoan al cierre del Ecofin. Ese acuerdo, a día de hoy, brilla por su ausencia. 

De Guindos se desmarca

CLAUDI PÉREZ

Alemania no cambia el paso a pesar de que los datos económicos son cada vez peores; la eurozona sigue sin encontrar la política económica adecuada en el octavo año de la crisis. Nadie dijo eso tan claro en Luxemburgo como el ministro francés Michel Sapin. Por necesidad: Francia está en la diana, entre la espada de Bruselas y Berlín y la pared de la presión en casa si se pasa de rosca con los recortes. Sapin encontró una feroz resistencia en Alemania, que le cantó las cuarenta en el Eurogrupo, y en un bloque cada vez más amplio que le reprocha su inveterada inacción: Holanda, Austria, Finlandia, Luxemburgo y hasta Portugal quieren algo más que un toque de atención para París. España, en cambio, se desmarcó de ese grupo. “La eurozona necesita un plan creíble, coherente, un discurso claro en política económica”, dijo ante la prensa Luis de Guindos. Traducción bastarda: la política económica del euro no funciona.
Guindos hizo ayer una especie de enmienda a la totalidad del liderazgo del presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, en esta fase de la crisis. Donde Dijsselbloem pone el acento en la preocupación por la ausencia de reformas y la dosis insuficiente de recortes que presenta Francia a sus socios, Guindos recuerda que España “hizo reformas, pero también recibió flexibilidad en el cumplimiento de los objetivos, y esa receta funcionó”. “Hay que avanzar en las reformas, y a la vez dejar claro que las reglas permiten flexibilidad”, enfatizó.
España reaparece así como un aliado de Francia e Italia: sus intereses y su situación le acercan a esos dos países, pese a que la retórica del Ejecutivo esté a menudo cerca del discurso alemán. Al cabo, la desaceleración europea está castigando el amago de recuperación de España, y es posible que también Madrid necesite una nueva ronda de flexibilidad. De momento, Guindos predica y da trigo: presume de reformas, “que empiezan a dar sus frutos”, pero a la vez apunta a la necesidad de activar el plan de inversión y de usar la flexibilidad. “No hay lugar para la confrontación”, reitera el ministro. Pero el pulso está ahí. En Francia.

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