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Condenados a crecer menos

El avance potencial de las economías avanzadas y emergentes se reduce

El FMI potencia en su discurso los estímulos fiscales e inversión pública

La presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, a la izquierda, charla con Christine Lagarde, directora gerente del FMI Bloomberg

Uno de los temores más confesados en público y en privado estos días en Washington es que quizá el mundo no pueda ya esperar un final de crisis al uso, y que la normalidad económica sea a partir de ahora la de unos países menos dinámicos, menos ricos. ¿Y si sencillamente las economías ya no pueden volver a crecer como antes? En el enorme edificio que hay situado en el cruce de las calles 19 y la H, el cuartel general del Fondo Monetario Internacional (FMI), el nuevo fantasma del estancamiento secular para las economías avanzadas es un fenómeno antipático que los economistas definen como un periodo, no de un siglo, pero sí muy prolongado de bajo crecimiento y alto desempleo.

En la economía se mide lo que un país crece o decrece —que son esos porcentajes que suelen llenar las hojas de cálculo de los departamentos de estudios—. Pero se puede medir también lo que ese país podría avanzar si pusieran en marcha todos los recursos disponibles. Y este crecimiento potencial ha caído tanto en economías emergentes como desarrolladas por el progresivo envejecimiento de la población y una productividad más lenta.

El Fondo lanza la alerta en su informe: “Las grandes economías desarrolladas, sobre todo Japón y la zona euro, podrían afrontar un periodo de estancamiento secular”. Larry Summers, antiguo secretario del Tesoro estadounidense y frecuente visita a ese cuartel del FMI, azuzó este fantasma el pasado noviembre en una conferencia bastante célebre que pronunció en el Fondo y que todo el mundo cita estos días. El jueves lo repitió en una de las mesas redondas paralelas y apuntó a la zona euro: “Lo que está pasando en Europa no funciona, y lo que siguió en Japón fueron 15 años de deflación y crecimiento funesto”, dijo.

El miedo al parón permanente ha calado en una institución tradicionalmente alérgica a los desequilibrios de las cuentas públicas, pero que cumple 70 años de vida con una enmienda a la totalidad sobre lo que esperaba de esta recuperación y que se ha convertido año a año en una firme defensora de la inversión pública como motor del empleo, para sorpresa de los veteranos del lugar.

En las economías emergentes el pronóstico es que el crecimiento potencial sea un 1,5% más bajo que en 2011. Y en las avanzadas, el llamado output potencial ha pasado una media anual del 2,5% en el del periodo 1996-2003 a un 1,6% entre 2004 y 2011. Y es que la vieja Europa es cada vez más vieja: el pasado enero el 18% de los ciudadanos de la UE tenía más de 65 años y las proyecciones de la Comisión Europea dicen que 2060 casi un tercio de los europeos tendrá, al menos, 65 años, lo que, grosso modo, significa pasar de cuatro a dos personas en edad de trabajar por cada jubilado. Se suma el también vetusto problema de la productividad: en la zona euro avanzó una media anual del 1,1% entre 1997 y 2013, tomando como baremo la riqueza por hora trabajada, mientras que en EE UU lo hizo un 1,8%, según un informe de Jordi Gual, economista jefe de La Caixa.

Pero en la mayor economía del mundo tampoco están demasiado tranquilos con la evolución de su productividad. La que incluye todos los factores —es decir, que no depende de aumentar las horas trabajadas ni el capital físico— aumentó 0,3% en EE UU en 2013, la peor ganancia desde 2009, según las estadísticas de Empleo. El crecimiento potencial que el Fondo estima para EE UU está en el 2%.

“La política fiscal estadounidense ha sido muy dura, mientras que había estímulos monetarios, de forma que ha habido un crecimiento decente, pero sin inflación, no ha ido más allá del crecimiento potencial”, apunta Ángel Ubide, del Peterson Institute en Washington. “Otra hipótesis es que la productividad baje porque tiene que bajar, porque los progresos tecnológicos no estén generando las mejoras de eficiencias de los avances de antaño”, añade.

El Fondo reclama inversiones en infraestructuras y más reformas, aunque el acento ha estado en esta asamblea en la obra pública. “Pero las inversiones públicas no se tienen que entender solo como trenes o carreteras. España no necesita eso, por ejemplo. Si no usar los estímulos fiscales para mejorar la formación de los parados o rebajar las cotizaciones, todo lo que tenga que ver con las políticas activas de empleo también son inversión”, apunta Ubide.

De las dudas del medio plazo no se libra ni la pujante China, en la carrera por superar a EE UU como primera potencia. “El crecimiento se desacelerará en China y más que lo que creen los pesimistas”, alerta Michael Pettis, profesor de la escuela de negocios Guanghua en Pekín. En el mejor escenario, si las reformas del país se complementan, se restringe el crédito y por tanto se frenan las inversiones poco productivas, “el crecimiento será más saludable, aunque igualmente será uno o dos puntos porcentuales más bajo en próximos años”. Pero sin reformas ni restricción del crédito, del 6% ó 7% los primeros años. “Pero la deuda crecerá tan rápido que en unos años no se podrá mantener ese nivel de crecimiento y se desplomará, quizá casi a cero”, cree.

Las nuevas y viejas potencias parecen condenadas a crecer menos los próximos años. El Fondo tampoco las tiene todas consigo en el corto plazo, pese a que ya ha rebajado varias veces sus previsiones, con riesgos como el conflicto de Ucrania o el efecto miedo que pueda generar el brote de ébola en África: “El repunte proyectado puede de nuevo no materizalizarse o quedarse corto”, advierte.

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