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OPINIÓN

El futuro de la innovación: dos visiones

Mejorar el bienestar exige aumentar lo que producimos con los mismos recursos

El lugar es una moderna sala de reuniones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en París, en septiembre de este año. El evento es lo más parecido a un combate de boxeo entre empollones. En una esquina del ring, Robert Gordon, de 73 años, anglosajón de rostro rosado, macroeconomista de pata negra, hijo y hermano de economistas académicos, y miembro durante décadas del comité que determina oficialmente los ciclos económicos en EE UU. En la esquina opuesta del ring, Joel Mokyr, de 67 años, el mayor experto mundial en la historia de la innovación y de las ideas y su impacto económico, judío holandés cuyos padres, milagrosos supervivientes del Holocausto, emigraron a Israel cuando Mokyr era aún un niño, y cuyo fuerte acento aún conserva.

Sus predisposiciones, y sus ideas, son exactamente las opuestas a las que cabría esperar dada su trayectoria vital. El macroeconomista anglosajón Gordon es el pesimista; el historiador del viejo mundo Mokyr, el optimista. Para darle más morbo al combate, Mokyr y Gordon son vecinos de oficina en la Universidad de Northwestern desde 1974.

El objeto del combate es la evolución futura de la productividad y de la innovación. La conferencia, convocada por la OCDE y el National Bureau of Economic Research americano, trata de iluminar un problema crucial para la política económica: ¿qué está sucediendo con la productividad? ¿Podemos hacer algo para invertir la tendencia al estancamiento que observamos? (El lector interesado puede ver vídeos y presentaciones en esta página)

El crecimiento de la productividad es la clave del crecimiento económico. Las economías no pueden crecer sostenidamente empleando más recursos (más trabajo, más energía, más capital). Esto solo puede suceder en periodos excepcionales, como en España entre 1995 y 2007, que creció rápidamente pese a la fuerte caída de la productividad, gracias a la entrada de emigrantes y al aumento de participación de la mujer en la fuerza laboral. Pero este tipo de crecimiento es insostenible. Aumentar el bienestar requiere aumentar lo que producimos con los mismos recursos. Esto es especialmente importante dado el cambio demográfico, que elimina una fuente clave del crecimiento económico del siglo pasado.

Pues bien, y en el punto de partida hay acuerdo, tras la enorme aceleración del crecimiento de la productividad que se produjo alrededor de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, la productividad ha crecido en cada década menos que la anterior. Si la medimos de la forma más sencilla, como producción por hora trabajada, y de acuerdo con un trabajo reciente de Gilbert Cette, director en la Banque de France, y sus coautores, en Japón el máximo crecimiento se alcanzó alrededor de 1970, con tasas del 7% anual; en EE UU, alrededor de 1940, con tasas de un 4% anual; en la eurozona, en los años sesenta del siglo pasado, con tasas que alcanzaron casi un 6% anual. En los tres casos se produce una desaceleración gradual y continuada (con un repunte en EE UU entre 1995 y 2005) que continúa hasta caer por debajo del 1% anual actual. Es decir, la caída no es producto de la crisis, sino una tendencia de largo plazo.

La productividad es clave. Mejorar el bienestar exige aumentar lo que producimos con los mismos recursos

Los lectores de estas páginas (y de mi libro reciente) conocen la sorprendente (y muy influyente) interpretación que Gordon hace de estos datos (y a la que aludió más brevemente en esta ocasión). Como es sabido, el crecimiento de la productividad a largo plazo depende de la innovación, de las nuevas ideas. ¿No será, dice Gordon, que se nos han acabado las mejores ideas? La interpretación parece absurda hasta que nos paramos a pensar un momento: ¿Preferiría usted vivir sin su iphone o sin agua corriente? ¿Qué es más importante, pasar del caballo al coche o del coche al…? Un minuto, ¿qué viene después del coche? No mucho, el coche de hace 50 años era comparable en velocidad y potencia al que conducimos hoy. Como dice el cofundador de PayPal Peter Theil, en los cincuenta pensábamos que hoy tendríamos coches voladores, pero nos hemos tenido que conformar con las 140 letras que caben en Twitter.

Para Gordon, lo inusual fue la explosión de innovaciones del final del siglo XIX y principios del XX: agua corriente, electricidad, coche, televisión, avión, radio, teléfono, y que explotamos y extendimos durante todo el siglo XX. Los antibióticos solo se pueden descubrir una vez, y ni siquiera descubrir la cura contra el cáncer tendría un impacto comparable.

El erudito contraataque de Joel Mokyr, convencido de que la innovación se acelerará, se basa en tres argumentos.

En primer lugar, el progreso tecnológico no solo es consecuencia de los avances científicos, sino que también es la causa de nuevos avances. “La naturaleza es demasiado compleja como para hacer ciencia a mano”. La revolución científica del siglo XVII no hubiera sucedido sin la invención de las lentes usadas en telescopio y microscopio en el siglo XVI; la pila inventada por Alessandro Volta en 1800 permitió la electrólisis requerida para aislar los nuevos elementos sugeridos por Antoine Lavoisier y John Dalton en el siglo anterior; el microscopio acromático de Joseph Lister permitió a Louis Pasteur y Robert Koch desarrollar la teoría de que las enfermedades eran causadas por gérmenes.

Pues bien: las herramientas de las que la ciencia dispone han mejorado enormemente en los últimos decenios. Desde la técnica de recombinación genética, que permitió a Stanley Cohen y Herbert Boyer en 1973 insertar material genético de una especie en otra e inventar la ingeniería genética, hasta los ordenadores, que permiten al científico simular el clima, la turbulencia o la química de nuevos materiales.

La segunda razón para el optimismo de Mokyr es la enorme caída del coste de acceso a la información. El progreso sucede cuando “las ideas tienen relaciones sexuales con otras ideas”, pero esto requiere poder acceder a las ideas de los demás. Este coste de acceso ha sido reducido por varios grandes inventos históricos: la escritura, la imprenta, la mecanografía, la reprografía. Además, es necesario codificar el conocimiento. La Ilustración produjo un enorme avance en esta dirección, gracias a la enciclopedia, el Google de su tiempo. También los clubes y sociedades científicas británicas donde los inventores intercambiaban sus ideas redujeron este coste de acceso.

De nuevo, argumenta Mokyr, las tecnologías de la información suponen una drástica reducción de estos costes de acceso, como Google nos demuestra cada día.

La última razón para el optimismo de Mokyr son las instituciones. La mejor estructura de incentivos posible para la generación de conocimiento son los mecanismos reputacionales de la “ciencia abierta” que surgió en la Europa moderna: para recibir las recompensas de la vida académica, el científico debe revelar a todos sus ideas. Los científicos usan la reputación que así consiguen para conseguir patronos, desde los Médicis hasta multimillonarios americanos a través de las grandes universidades. Este sistema ha conseguido, milagrosamente, que las mejores mentes pongan sus descubrimientos en el dominio público, en vez de esconderlos.

El discurso es brillante y persuasivo, y el cuerpo agradece el optimismo, en estos difíciles tiempos. ¿Quién tendrá razón? ¿Se seguirá reduciendo la tasa de innovaciones y, por tanto, el crecimiento de la productividad? ¿O recuperaremos la vitalidad innovadora del principio del siglo pasado, y la productividad, lo suficiente como para compensar la caída demográfica? El resultado del combate, desgraciadamente, tardará décadas en saberse.

Luis Garicano es catedrático de Economía y Estrategia en la London School of Economics y autor de El dilema de España (Península, 2014).