El FMI peca de optimista con los países tutelados

El Fondo realiza un examen sobre sus propias actuaciones y encuentra sesgos en favor de los países más desarrollados

La directora del FMI, Christine Lagarde. Reuters

El Fondo Monetario Internacional (FMI), además de pasar revista a la economía de los países y lazar un torrente de informes repletos de advertencias y recomendaciones sobre lo que cada país debería hacer, también hace una autoevaluación cada tres años para detectar los fallos en todo su sistema de vigilancia. Y, en el último, que se hizo público anoche, el organismo asume la necesidad de medidas para combatir las "percepciones de falta de imparcialidad". Un informe independiente que forma parte de este examen detecta algunos problemas de objetividad –destaca un sesgo positivo para las economías avanzadas, por ejemplo, y para los países bajo programas de ayuda del Fondo- y recoge los testimonios de directores y jefes de misión que ven otros problemas de equidad en el desarrollo de los trabajos.

Las dudas sobre la imparcialidad se han convertido en una relevante inquietud para un FMI que esta semana afronta su asamblea general anual con una recuperación que no se consolida, conflictos geopolíticos que no dejan de alterar el guión que este organismo había escrito para esta salida de la crisis y, como guinda, su máxima representante, Christine Lagarde, imputada por "negligencia" en un caso de corrupción en Francia, cuando era ministra de Economía.

El Fondo también está preocupado por la influencia que sus diagnósticos y recomendaciones acaban teniendo en los países, por eso en esta evaluación plantea la necesidad de mejorar los análisis y la comunicación, además de borrar las dudas sobre su imparcialidad. Algunas diferencias de los exámenes anuales -los informes del Artículo IV- entre los países se explican por que unos resultan sistémicos, por ejemplo, o se encuentran bajo un programa de rescate o atraviesan unas circunstancias concretas. Otras, sin embargo, no están justificadas y significan "evidencias de faltas de imparcialidad", según el estudio externo firmado por Mike Gallaghan.

Por ejemplo, el FMI tiende a ser optimista con las previsiones económicas de los países bajo programas de la institución, y que por tanto están sometidos a sus recetas económicas, según recoge el documento. Además, los informes del Artículo IV también se ven afectados por el hecho de que criticar algunos aspectos de estos países implica cuestionar las propias recetas del Fondo. Asimismo, hay un sesgo positivo hacia los países más avanzados.

También se percibe un "trato diferente" al problema la desigualdad y el crecimiento inclusivo en función de si afecta a un país desarrollado, donde tiene poca atención, o una economía emergente. Por otra parte, algunos jefes de la misión del FMI que va a los países a estudiar la situación también apuntaron que los equipos más experimentados se emplean en las mayores economías, lo que también tiene una influencia en los resultados. En una economía emergente, por ejemplo, hubo tres jefes de misión en 12 meses. Además, hay presiones: los entrevistados reconocieron que las autoridades de las habían intentado descafeinar algunos de los comentarios.

Desde la última evaluación de 2001, el Fondo asegura haber mejorado de forma notable sus sistemas de vigilancia, cuestionados por el propio organismo tras una Gran Recesión y una tormenta financiera que no fue capaz de advertir. No obstante, en su nuevo análisis global ve nuevos focos que mejorar, como todos los riesgos de contagio entre países. Además, los inspectores deben ser capaces de conocer mejor cómo interactúan las distintas políticas económicos y sus efectos, algo que "no hacen con demasiada profundidad excepto con las áreas tradicionales fiscales y monetarias", admite el Fondo.

Además, el Fondo cree que la vigilancia macrofinanciera debería convertirse en una parte integral de los exámenes del Artículo IV, mejorar las herramientas de análisis y también las capacidades de su personal para poder llevar a cabo estas tareas, entre otras medidas. El objetivo es que ninguna otra gran crisis como la que no acaba del todo sea imprevista por la institución.

"Una comprensión más profunda de las perspectivas de cada país y más centrada en el cliente, junto con una comunicación franca, debería ayudar a asegurar la imparcialidad y una comunicación mejor de las políticas", concluye Lagarde en su declaración sobre la evaluación. En este sentido, el Fondo ha decidido crear un mecanismo de comunicación para que las autoridades puedan trasladar sus inquietudes sobre la equidad y reforzar la transparencia de los criterios.

No obstante, más allá de la credibilidad, de la comunicación y de la calidad de los informes, un factor determinante para que las ideas del Fondo tengan ascendencia en los gobiernos y los parlamentos nacionales es el que estos le deban dinero a la institución. Como dice Paul Krugman en otro de los análisis que forman parte de este examen trienal del FMI, cuando una economía tiene una deuda pública baja y una situación fiscal que parece sostenible, aunque esté perdiendo competitividad e incurriendo en desequilibrios peligrosos, "la influencia del Fondo es muy limitada". "Los países con problemas necesitan el dinero del FMI o, al menos, su aprobación, así que pueden someterse a una condicionalidad".

Sin embargo, explica el Nobel, "los países que viven un boom y logran el amor de los mercados de bonos, pueden quitarse de encima los consejos de fuera". Krugman pone como ejemplo las crisis de México en 1994, el sudeste asiático en 1997 y España en 2008. "En cada caso había economistas de fuera alertando de que las entradas de capital eran insostenibles y peligrosas", dice. Y en cada caso, añade, "las autoridades argumentaban que se trataba de inversores privados que veían grandes oportunidades en el país no estaba preocupados por la crisis".