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Una recuperación a medio gas

La economía de EE UU crece a buen ritmo, pero la salida de la crisis ha traído un país más desigual

El presidente de EE UU, Barack Obama (derecha), y la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen. AP

Cuando se cumplen cinco años del final de la gran recesión en Estados Unidos, la primera economía del mundo se expande, el paro baja, el déficit se ha encogido a más de la mitad y el boom del petróleo y el gas natural nutre los sueños de la independencia energética y de una caída de los precios que abonaría una nueva era de prosperidad.

Los datos más recientes —crecimiento del producto interior bruto del 4% en el segundo trimestre de 2014, nueve millones de empleos perdidos durante la gran recesión finalmente recuperados— invitan a la celebración. Pero nada volverá a ser igual.

Cuando la marea de la recesión se ha retirado definitivamente, ha quedado al descubierto un país más desigual, con el ascensor social atascado y unas clases medias que no han dejado de perder poder adquisitivo. El pesimismo, tan ajeno al ADN de EE UU, se ha instalado en este país.

La recuperación estadounidense, más sólida que la europea, no permite proclamar "misión cumplida" ni organizar desfiles de la victoria. Nadie celebra nada. La popularidad del presidente Barack Obama bordea los niveles más bajos de su presidencia, y su partido, el demócrata, se prepara para perder las elecciones legislativas del próximo noviembre. Los réditos políticos por la salida de la crisis —atribuible en parte a las políticas de estímulo fiscal de la Administración de Obama— están por llegar. Es una recuperación a medio gas. El regreso al optimismo de décadas anteriores se antoja una quimera.

"Las cosas van en la dirección correcta, pero no lo suficientemente rápido", dice Dean Baker, director del Center for Economic and Policy Research, un laboratorio de ideas progresista en Washington. "Muchos lo pasan mal. Millones de personas que querrían un empleo siguen sin trabajar. Los salarios están estancados. No sé si hay que llamarlo o no recesión, pero los beneficios del crecimiento económico no son compartidos. A mí me resulta difícil creer que estos son buenos tiempos", añade.

El precio de la parálisis

Si algo distingue a EE UU de otros países industrializados, es la parálisis del sistema, que dificulta las decisiones en política económica o en cualquier otro ámbito. Desde que en 2011 los republicanos se convirtieron en el partido mayoritario en la Cámara de Representantes, casi nada se ha movido en Washington. El Partido Demócrata del presidente Barack Obama controla el Senado. Ninguna ley de calado se ha aprobado. El pilotaje de la recuperación ha recaído en la Reserva Federal y la política monetaria.

El bloqueo en Washington, que en 2013 provocó el cierre durante unos días de la Administración federal y en verano de 2011 colocó a EE UU al borde de la suspensión de pagos, se explica en parte por la polarización ideológica y el giro a la derecha del Partido Republicano.

Los efectos en la economía no están claros. Doug Handler, economista jefe para EE UU de IHS Global Insight, cree que la parálisis en Washington "ha sido muy buena para el déficit del presupuesto federal". Al no llegar a un acuerdo sobre el llamado abismo fiscal en el fin de año de 2012 —otra de las crisis fiscales que han jalonado la presidencia de Obama—, los impuestos subieron para las personas con más ingresos y entraron en vigor una serie de recortes automáticos que quizá frenaron la recuperación, pero contribuyeron a recortar un déficit entonces desbocado y ahora bajo control.

Al mismo tiempo, las pugnas en el Congreso han creado incertidumbre y desconfianza. El pulso sobre el límite de endeudamiento hace tres años llevó una degradación de la nota de la deuda de EE UU por Standard & Poor's. El veto republicano ha impedido la renovación de las degradadas infraestructuras del país, un lastre, según la Casa Blanca, para el crecimiento. Los discursos sobre el posible declive de la primera potencia mundial se alimentan de argumentos sobre la ineficiencia del sistema en contraste con la capacidad de reacción de sistemas autoritarios como el chino. 

Es la era del "estancamiento secular", por usar la expresión de Larry Summers, exsecretario del Tesoro y exconsejero económico de Obama, o del "gran estancamiento", por citar el título de un libro del economista liberal (en el sentido europeo) Tyler Cowen, de la Universidad George Mason, cerca de Washington.

Pese a la multiplicación de signos alentadores, los estadounidenses viven en un estado de "ansiedad" por su futuro económico, según un sondeo de The Wall Street Journal y la cadena NBC. Se crea empleo, pero este es precario: la economía crece, pero los salarios o se estancan o disminuyen. El 60% de empleos perdidos durante la recesión era de salarios medios; el 73% de los que hace un año se habían recuperado eran de salarios bajos, según explica Cowen en su último libro, Average is over (se acabó la medianía).

EE UU, el país eléctrico donde nadie se detiene ni para de moverse, es ahora un país menos móvil. La movilidad entre las clases sociales es menor, como dijo Obama en un discurso el año pasado: "Las estadísticas no sólo muestran que nuestros niveles de desigualdad de ingresos se acercan a los de países como Jamaica y Argentina, sino que ahora es más difícil para un niño nacido aquí en América mejorar su rango en la vida que para los niños de la mayoría de países ricos, países como Canadá, Alemania o Francia". Otra secuela de la gran recesión es un país con menos movilidad geográfica. En 1950, un 20% de los estadounidenses cambiaban de residencia cada año; entre 2012 y 2013 fueron menos del 12%. El columnista conservador David Brooks vinculó en un artículo esta tendencia, entre otros factores, a la pérdida de confianza en sí mismos y a la aversión al riesgo de los sectores golpeados por la recesión, el grupo que Brooks llama "el nuevo precariado", mal pagado y mal formado. Y, ¿qué es EE UU sin riesgo y confianza en las posibilidades ilimitadas de uno mismo y su país?

La economía definirá en gran parte el legado de Obama, que abandonará la Casa Blanca en enero de 2017. Hay dos maneras de mirar los datos que cada semana arrojan organismos oficiales y empresas privadas.

La primera se fija en la realidad de un país que en 2008 se asomó al abismo de otra gran depresión y lleva media década creciendo y reduciendo el paro. Comparado con la Europa de la austeridad y los rescates, los Estados Unidos de Obama son una historia de éxito económico. Sus políticas han funcionado.

Además del estímulo, la reforma sanitaria, que permite acceder a un seguro médico a millones de personas sin cobertura médica, puede transformar un sector que representa cerca de un 18% de la economía. Y el desarrollo de la técnica del fracking o fracturación hidráulica ha desatado una revolución energética que genera decenas de miles de empleos: más de dos millones, según Gregory Zuckerman, autor del libro The frackers, sobre los pioneros de la revolución. El fracking abarata la energía, lo que puede ser una ayuda para la industria autóctona, y reduce la dependencia de regiones inestables o países hostiles.

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Fuente: Bloomberg

Nadie cuestiona que Obama dejará la economía mejor de lo que la encontró, pero hay otra mirada posible: la que se fija en el potencial de la economía de Estados Unidos y toma nota de los desperfectos que ha dejado no sólo la crisis reciente sino tres décadas de desigualdades crecientes.

"Esta recuperación no está mal. Pero es mucho más lenta que recuperaciones anteriores", dice Cowen. "Piense en los años ochenta. Entonces las tasas de crecimiento eran de entre el 4% y el 6 %, con un retorno rápido al pleno empleo. Y ahora estamos tan contentos con expectativas tan bajas. Diría que la noticia es cómo han cambiado nuestras expectativas".

El 4% de crecimiento del PIB entre abril y junio de 2014 puede llevar a engaño. Baker aconseja hacer el promedio con la caída del 2,1% entre enero y marzo. La Oficina Presupuestaria del Congreso calcula que la economía norteamericana se encuentra 770.000 millones de dólares por debajo de lo que sería capaz de producir.

El periodista Neil Irwin, de The New York Times, ha desglosado las causas de esta debilidad. Una es la vivienda, origen de la crisis financiera que precipitó la gran recesión: "En Estados Unidos se construyen menos casas de lo que se esperaría por el crecimiento demográfico", escribe Irwin. Los recortes en los tres niveles de Gobierno —federal, estatal y local— son otro freno, así como el consumo de bienes duraderos y de equipamiento industrial.

"Las cosas van bien, pero no tanto como podría esperarse de una economía que tiene mucho margen de crecimiento. El producto interior bruto actual se halla por debajo del producto interior bruto potencial", constata Doug Handler, economista jefe para EE UU de la empresa de análisis IHS Global Insight. "No sé si hay algo que celebrar, pero sin duda estamos en mejor forma que hace dos o tres años, y que hace seis. Finalmente, somos capaces de crecer a un ritmo bastante razonable sin problemas como el déficit del presupuesto federal o sin aumentos de impuestos que ejerzan una influencia negativa".

Hace cinco años el déficit presupuestario representaba el 9,8% del PIB. Según las proyecciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso, en 2014 el déficit será del 2,8%. Los tortuosos debates en Washington sobre el despilfarro de la Administración de Obama y un apocalipsis fiscal inminente han desparecido. Los temores resultaron exagerados.

La tasa de paro, que alcanzó el 10% en octubre de 2009, se sitúa ahora en el 6,2%. EE UU lleva medio año sumando más de 200.000 empleos cada mes. La última vez que esto ocurrió fue en 1997, durante los dorados noventa, los años del presidente Bill Clinton, la última década de auténtica prosperidad.

"Durante el último año, hemos añadido más empleos que en cualquier año desde 2006", dijo hace unos días Obama en una rueda de prensa en la Casa Blanca. "Al final, nuestras empresas han creado 9,9 millones de empleos nuevos en los últimos 53 meses. Es la racha más larga de creación de empleo en el sector privado de nuestra historia".

El problema es que en los últimos años se ha reducido el número de personas en edad de trabajar que trabajan o buscan empleo. En abril de 2007, cuando la burbuja inmobiliaria estaba a punto de estallar, rozaba el 67%. Ahora es del 62,9%.

No está claro que todos los que han dejado de buscar trabajo lo hayan hecho por las malas perspectivas económicas. El envejecimiento de la población y el inicio de la jubilación de los miembros de la generación del baby boom tienen un papel.

Pero a estos se suman los más de tres millones de parados de larga duración, que llevan más de 26 semanas sin trabajo y representan un tercio de todos los desempleados, y las personas que trabajan a tiempo parcial involuntariamente, porque sus empresas han recortado las horas laborables o porque no encuentran un empleo a tiempo completo. En julio eran 7,5 millones.

"Las condiciones del mercado laboral han mejorado y la tasa de desempleo ha seguido bajando", dijo, en su último comunicado, el Comité del Mercado Abierto de la Reserva Federal (FOMC, en sus iniciales inglesas), que decide la política monetaria en EE UU. "No obstante, un abanico de indicadores del mercado laboral señala que sigue habiendo una infrautilización de los recursos laborales".

La ambivalencia sobre la economía estadounidense se traslada al debate interno en la Reserva Federal. De un lado, quienes abogan por mantener los tipos de interés "durante un periodo considerable" cerca de cero, donde han estado desde 2008. Así consta en el comunicado. Del otro quienes, como Charles Plosser, presidente de la Reserva Federal de Filadelfia y miembro del FOMC, sostienen, como escribió en un voto discrepante, que la citada valoración "no refleja el progreso económico considerable realizado hacia los objetivos del comité".

En EE UU, la gran recesión movilizó a los responsables de la política monetaria y fiscal. La Reserva Federal abarató el precio del dinero hasta los niveles más bajos de la historia y puso en marcha un programa de compra masiva de bonos para impulsar la economía. En paralelo, el Congreso aprobó en 2009, poco después de la llegada de Obama a la Casa Blanca, un plan de estímulo de 787.000 millones de dólares que, junto al rescate bancario de 700.000 millones de dólares firmado por el anterior presidente, el republicano George W. Bush, contribuyó a frenar la caída libre.

"Nuestro estímulo terminó en 2010: demasiado pronto", lamenta Baker, del Center for Economic and Policy Research. "Se esperaba que la economía regresara, pero desconozco el motivo para pensarlo: teníamos una economía guiada por las burbujas inmobiliarias y, sin burbujas, no había ningún mecanismo para crear demanda de la nada".

"Hay que recordar dónde estábamos en 2009", dice Handler, de IHS Global Insight. "Era la peor contracción de la economía desde la gran depresión. Y el estímulo proporcionó a las empresas y consumidores la confianza de que el Estado intervendría para arreglar las cosas si era necesario evitar la caída libre".

El legado de Obama, prosigue Handler, será "haber sacado la economía de la recesión y haber gestionado el estímulo y el crecimiento posterior". "Quedará en el olvido", contrarresta Tyler Cowen. "Creo que quedará como el recuerdo de Bush más Obama, puesto que ambos hicieron, en síntesis, lo mismo. Era lo que parecía necesario para rescatar la economía americana, por lo que no será un legado negativo, pero no se les recordará como presidentes que arreglaron el problema de fondo".

Según el sondeo de The Wall Street Journal y NBC, un 64% de estadounidenses sienten todavía los efectos de la recesión. Cuatro de cada diez tiene a alguien en casa que en los últimos cinco años se quedó en paro. Un 76% de adultos cree que la generación de sus hijos no vivirá mejor que la suya, una quiebra en la confianza en el progreso continuo, uno de los pilares de la historia de EE UU.

Obama no se ha atrevido a celebrar, como hizo el republicano Ronald Reagan en un anuncio electoral en 1984, un nuevo "amanecer en América". La recuperación esta vez no va acompañada de un optimismo sobre EE UU y su lugar en el mundo, sino de una sensación de declive. La recesión queda lejos; el malaise —el malestar que definió la presidencia del demócrata Jimmy Carter, en los años setenta— sigue allí.