OPINIÓN

Relocalizar la industria española

Hay suficiente evidencia empírica para afirmar que la defensa a ultranza de una industria nacional es causa de importantes ineficiencias económicas. Quiero creer que esta es la principal razón de la tan repetida frase: “La mejor política industrial es la que no existe”. Pero hoy tenemos también evidencia de que los países que han deslocalizado su fabricación no solo pierden su capacidad manufacturera, sino que en muy pocos años pierden sus competencias para diseñar y desarrollar nuevos productos y servicios y, en consecuencia, difícilmente mantienen su modelo económico y social en el actual mercado global.

Sin duda puede afirmarse que la industria crea una gran cantidad de actividades adicionales en otras partes de la economía, especialmente en una amplia gama de servicios de alto valor añadido. Esto requiere habilidades laborales mucho más altas que las de cualquier otro sector, tanto en el tipo de conocimiento necesario como en el nivel de competencia. Además, el trabajo de este sector induce la creación de dos a cinco puestos de trabajo adicionales en otros sectores. También es verdad que la industria es el sector más demandante de actividades de I+D y de innovación, por lo que el éxito de servicios basados en el conocimiento depende de las exigencias de las actividades de producción que les son cercanas. Son estas solo unas de las razones que cuestionan la suposición, ampliamente aceptada hasta hace pocos años incluso por los principales responsables de las políticas, de que los países podrían reducir la fabricación y concentrarse en la entrega de conocimientos y servicios, sin afectar a su capacidad de creación de riqueza.

Es evidente que la industria ayudó en el pasado, y lo hace también hoy, a la consolidación de una amplia clase media, que no solo es la base de las sociedades modernas, sino que proporciona la mayor parte de la demanda nacional de productos y servicios de calidad, que impulsa y estimula la vida de la propia industria.

La conveniencia de una reindustrialización de cualquier economía desarrollada está fuera de toda duda y, afortunadamente, la inevitable globalización la facilita. Uno de sus efectos positivos es que está acelerando el crecimiento del comercio internacional de forma muy notable. Entre 2000 y 2012, mientras el PIB mundial creció un 54%, el comercio lo hizo un 75%, una tendencia que todo parece indicar que se va a mantener, porque tras el bache provocado por la crisis se ha producido ya una fuerte reactivación de los intercambios internacionales. Una industria que sea capaz de ofrecer productos de más valor capturará la cuota de este creciente mercado global que justifique su existencia. Por lo que no es actualmente necesario basar la reindustrialización en grandes aventuras, como la búsqueda de campeones nacionales, cuyo éxito solo se ha visto en muy contadas ocasiones y ha sido causa de frecuentes y estrepitosos fracasos. La reindustrialización se podrá basar en todos aquellos sectores que sean capaces de ofrecer productos competitivos, porque encontrarán suficiente demanda en el mercado global.

La política tecnológica es imprescindible en cualquier estrategia de reindustrialización

Una condición sine qua non para lograr una reindustrialización que triunfe es la innovación, que es válida para cualquiera de los muchos subsectores que componen la industria. El objetivo final de la innovación es conseguir un producto que atraiga al potencial comprador, porque le ofrece más valor que los que compiten con él. Con la innovación se consigue que cualquier tipo de conocimiento mejore las prestaciones de los productos o reduzca el coste de producción. Por cualquiera de las dos vías es posible aumentar la renta de los factores de producción, con lo que aumenta la riqueza generada y se garantiza la supervivencia de la empresa innovadora.

Pero la innovación no es suficiente para una reindustrialización sostenible. La complejidad del mundo actual no permite confiar solo en políticas concretas para mejorar cualquier aspecto, sea social o económico. Es necesario establecer estrategias compuestas por un conjunto armónico de políticas orientadas a un fin; en este caso, relocalizar la industria. No es muy difícil detectar políticas que deberían entrar en este conjunto. Son, por lo menos, la tecnológica, la de infraestructuras, la fiscal, la comercial o la de educación.

La política tecnológica es imprescindible en cualquier estrategia de reindustrialización. Con esta política debe pretenderse alcanzar una gran solvencia tecnológica de las empresas, y con especial relevancia en las pequeñas y medianas, ya que en este sector son las que suelen suministrar los bienes intermedios de alto contenido tecnológico. Pero también deben ser objetivos, por una parte, la excelencia del sistema público de I+D, orientándola a las necesidades empresariales del sector manufacturero mediante vías de colaboración público-privada. Y por otra, facilitar el acceso a las fuentes de tecnología y a los servicios tecnológicos, especialmente para las pymes.

La estrategia de reindustrialización debe asegurar la calidad y la eficiencia de las infraestructuras, especialmente en los ámbitos de la energía, el transporte y las telecomunicaciones, porque son determinantes de los costes industriales. Otras facetas que necesitan pocos comentarios son la política fiscal y la comercial, tanto nacional como internacional. Se trata en definitiva de crear un entorno que estimule la aparición de empresas innovadoras proyectadas al mercado global y capaz de incentivar la relocalización de actividades empresariales que en su día fueron expatriadas.

Para este último objetivo merece una mención especial la política de educación, porque el sector manufacturero exige mano de obra formada en todos los niveles de ocupación, y este es un factor limitante de su evolución en todo el mundo. La formación continua es el camino más adecuado para mantener e incrementar las habilidades del personal de las empresas. La formación profesional es el nivel educativo natural para los futuros empleados de cualificación media. La flexibilidad de la formación universitaria es un valor para una reindustrialización sostenible.

Finalmente, es preciso un reconocimiento social de la gran aportación de la industria al bienestar común y, especialmente, de su probada capacidad para crear valor. El atractivo que para la sociedad tenga la actividad industrial aumentará en la medida en que se perciba que la industria del siglo XXI ofrece grandes posibilidades de desarrollo personal frente a otros sectores empresariales, que sin duda no eran tan evidentes en la industria del siglo pasado. En las circunstancias actuales, la reindustrialización tiene más importancia social que económica, porque es una oportunidad para mantener el nivel de vida que caracteriza a los países avanzados.

Juan Mulet Meliá es director general de la Fundación Cotec para la Innovación Tecnológica.