OPINIÓN

El difícil fin del ‘pan y fútbol’

La tarea principal de la economía española es privilegiar el trabajo modesto y constante

Rafael Ricoy

El reciente éxodo de deportistas (especialmente futbolistas) españoles hacia el resto del mundo es un síntoma del enorme esfuerzo que está haciendo la economía española para reasignar recursos desde las actividades suntuarias típicas de los años del boom hacia actividades más productivas.

El reciente auge en España de los deportes de élite, como el de la cocina de élite o la arquitectura de lujo, va ligada estrechamente al boom inmobiliario de los últimos 15 años y es un reflejo del modelo de crecimiento poco nutritivo en el que se ha especializado España desde su entrada en el euro. Los españoles, durante nuestro tiempo bajo el sol, no hemos dado al mundo ningún producto innovador, ni casi ningún nuevo modelo de negocio capaz de competir globalmente (con gratas excepciones, como Zara y Mango), pero sí hemos dado consistentemente al mundo sus mejores tenistas, ciclistas, futbolistas y jugadores de baloncesto o balonmano. ¿Por qué?

Los países que descubren repentinamente recursos naturales sufren generalmente un fuerte deterioro de sus industrias exportadoras. Como en la España del Siglo de Oro, la repentina riqueza suele llevar a una fuerte subida de los precios relativos de los productos no comerciables, y causa un movimiento de los recursos desde los sectores comerciables y exportables hacia los sectores no comerciables y suntuarios. Durante el Siglo de Oro, España vio la destrucción, como consecuencia de la enorme riqueza mineral descubierta en América, de gran parte de su capacidad productiva. Los españoles preferían ser soldados o curas (los altos funcionarios y deportistas de élite de entonces), actividades gloriosas, en vez de mancharse las manos haciendo dinero en los negocios, o la banca.

El ladrillo no ha durado un siglo (al contrario que las minas de plata y oro de América), sino solo una década, pero el fenómeno ha sido parecido. Las catedrales de la España del nuevo milenio han sido los huertos solares, los estadios deportivos, los conciertos y festivales gratuitos en cada ciudad y en cada pueblo, las actividades de afirmación del espíritu nacional, regional o provincial. Las actividades en las que los españoles han tenido éxito van ligadas a este consumo suntuario. El deporte, con regatas mundiales (en Valencia) y circuitos de fórmula 1 (también en Valencia) es nuestra catedral. Tras la senda de Jesús Gil, los señores del ladrillo han ocupado durante la década prodigiosa puestos de responsabilidad en muchos de los clubes más importantes de España, con consecuencias a menudo nefastas para estos.

La misma sociedad que se muestra contraria al capitalismo y exige la mano del Estado en todas las áreas de la vida no parpadea cuando se discuten los gigantes salarios de las estrellas del Madrid y del Barça. El deporte es el único sector en el que la sociedad española está cómoda, con enormes salarios y remuneraciones, y en este sentido también muestra que el capitalismo que los españoles suelen tildar de salvaje, con despidos sin causa, altas diferencias salariales y fuerte competencia, es aceptable para ellos con tal de que estén convencidos de que el dinero responde a un verdadero esfuerzo y una verdadera calidad.

Por otro lado, para los jóvenes no es sorprendente que elijan el deporte como la mejor esfera a la que dirigir su energía. El deporte es una actividad en la que la competencia (sin enchufes ni padrinos) funciona —el que trabaja y es bueno sale adelante—, desgraciadamente a diferencia de otras muchas actividades. Los deportes nos muestran lo que la competencia, la libre entrada, la transparencia en los resultados, puede conseguir frente a los enchufes y el capitalismo de amigos típico de nuestro país.

Por supuesto, los fuertes incentivos económicos también tienen consecuencias negativas donde las reglas no están claras, porque llevan al todo vale. En este sentido, los deportes también nos muestran lo peor de nuestra sociedad, una sociedad unánimemente dispuesta a poner el grito en el cielo y a tirar de supuestas conspiraciones extranjeras cada vez que alguien apunta lo obvio: la impune y muy extendida dependencia de muchos deportistas españoles de élite durante los años del boom de las sustancias prohibidas, desgraciadamente defendida por políticos, prensa y público en general. La dura persecución de Lance Armstrong en EE UU sería completamente suicida para cualquier organismo que intentara algo análogo en España y es incomprensible para los españoles.

En definitiva, los deportes han sido una seña de identidad clave (la seña de identidad, en muchos casos) en estos años. Todos hemos tenido momentos felices gracias a los éxitos deportivos (el inolvidable gol de Iniesta). En un país de lealtades fragmentadas, los deportes unen a los españoles de cada pueblo, cada ciudad, o de todo el país, como ninguna otra actividad (más que un club).

Ahora, tras el estallido de la burbuja, España se encuentra embarcada en un gigantesco proceso de reasignación de recursos. Se trata de reducir, o de eliminar en lo posible, las inversiones suntuarias (excepto el AVE, que, por alguna razón mística, sigue por encima del bien y el mal) y mover el capital físico y humano hacia actividades productivas y hacia bienes exportables.

El problema es que en muchos casos los costes de las inversiones realizadas están hundidos, y los recursos ya no se pueden recuperar. La Ciudad de la Cultura de Galicia o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia no pueden venderse o recuperarse. La inversión en las huertas solares ya se ha realizado y el reducir drásticamente el subsidio (inevitable presupuestariamente) no va a llevar a que los recursos malgastados en la incomprensible y faraónica aventura solar emprendida por el Gobierno de Rodríguez Zapatero sean ahora mejor utilizados. Los recursos gastados son irrecuperables.

De la misma manera, gran parte de la inversión realizada en actividades deportivas no tiene usos alternativos. Los grandiosos estadios y circuitos permanecerán semivacíos hasta el fin de los tiempos. Del mismo modo que los jóvenes que abandonaron sus estudios para dedicarse a la construcción tienen ahora un capital humano que no sirve en la economía del conocimiento, muchos jóvenes que han dedicado miles de horas a alcanzar un nivel de élite en muchos deportes no tienen ahora una alternativa viable para utilizar su capital humano.

Pero no cabe entristecerse si en el futuro próximo vemos menos éxitos deportivos españoles y menos grandes eventos en España, como veremos muchos menos conciertos gratuitos en las fiestas de pueblos y ciudades. La reasignación de recursos hacia actividades productivas es necesaria y urgente y es bueno que esté en marcha. Dada la extrema dependencia que hemos adquirido los españoles de los deportes como fuente de autoestima local y nacional, la adaptación a este nuevo mundo con menos éxitos deportivos y menos grandes eventos será difícil y dolorosa. Pero la tarea principal de la economía española durante estos años es privilegiar el trabajo modesto y constante, la inversión, el esfuerzo, en lugar del glamour del pan y fútbol.

Algunos, claro, intentarán no enterarse, porque cambiar es difícil. El ejemplo más evidente es la absurda y alocada carrera de los poderes públicos de Madrid para conseguir los Juegos Olímpicos de 2020. ¿Será que no se han enterado que la burbuja inmobiliaria, con su acompañante burbuja de los grandes shows, ha estallado hace ya, este agosto de 2013, seis años?

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