Jóvenes y cualificados: la grave situación de la generación europea mejor formada

Los veinteañeros no tienen las vidas ni la independencia que lleva aparejado el empleo estable

Bolonia / Málaga / Salónica 2 JUL 2013 - 21:21 CET

Manifestantes en la Puerta del Sol de Madrid. / Pablo Blázquez Domínguez

“Toda tu vida”, dice Argyro Paraskeva, “te han dicho que eres un afortunado. El futuro te espera: es brillante y es tuyo. ¡Tienes un título! Tendrás un buen trabajo y una vida magnífica. Y luego, de repente, descubres que no es verdad”.

O no tan de repente. Paraskeva salió de la Universidad de Salónica hace cinco años con una licenciatura en biología molecular. Aparte de algunas clases particulares privadas, de escribir trabajos pagados (“No estoy orgullosa, pero un trabajo de 50 páginas vale 150 euros.”) y de un corto periodo desafortunado en un laboratorio médico, no ha trabajado desde entonces.

Mientras se toma un té frío en un soleado café en la segunda ciudad de Grecia, Paraskeva asegura que ha escrito “literalmente cientos de cartas”. Cada pocos meses, una nueva tanda: colegios, laboratorios, hospitales, clínicas, empresas. Las entrega en mano, en toda la región. Ha tenido tres entrevistas. “Iré a cualquier parte, de verdad, a cualquier parte”, afirma. “Ya no me puedo dar el lujo de creer que puedo elegir. Si alguien quiere una profesora, iré. Si quieren una secretaria, iré. Y si quieren una ayudante de laboratorio, iré”.

Y también lo haría una innumerable cantidad de otros jóvenes europeos. Según unos datos publicados el lunes, más de 5,5 millones de menores de 25 años están sin trabajo, y su número aumenta inexorablemente cada mes. Se les ha llamado la “generación perdida”, una legión de jóvenes, a menudo muy cualificados, que entran en un mercado laboral que ofrece muy pocas esperanzas de conseguir un trabajo, y ya no digamos un trabajo para el que se han formado.

Gráfico del desempleo juvenil en Europa. / EUROSTAT

En el gráfico superior se desglosan los datos del desempleo juvenil en Europa. Los líderes europeos casi siempre tienen una nueva iniciativa. La semana pasada, prometieron gastar 6.000 millones de euros en dos años para financiar la creación de empleo, la formación y el aprendizaje para jóvenes en un intento de hacer frente a un azote que ha alcanzado unas proporciones históricas. Esta semana, Angela Merkel va a convocar una cumbre sobre el empleo para abordar el problema. Sin embargo, las cifras siguen aumentando. En Grecia, el 59,2% de los menores de 25 años están desempleados. En España, el desempleo juvenil es del 56,5%; en Italia, ronda el 40%.

Algunos analistas señalan que la cifras exageran el problema: los jóvenes que se dedican a tiempo completo a la educación o a la formación (una gran proporción, es obvio) no se consideran “económicamente activos” y por eso en algunos países se contabilizan como desempleados. Eso, dicen, da lugar a una tasa de desempleo juvenil exagerada.

Pero otros indican que entre los “europeos económicamente inactivos” se incluyen actualmente millones de jóvenes (14 millones, según el presidente francés, François Hollande) que no están ni trabajando, ni estudiando, ni formándose, pero que, aunque técnicamente no son desempleados, no tienen, sin embargo, empleo, y prácticamente han dejado de buscar trabajo, al menos en su propio país. Unos millones más tienen contratos temporales y unos sueldos bajos. En muchos aspectos, la situación es alarmante.

En palabras de Enrico Giovannini, el ministro de Trabajo italiano, esto es un desastre aún más chocante porque está afectando a la generación mejor formada: en España, cerca del 40% de los veinteañeros y de los jóvenes que tienen poco más de 30 años tienen títulos; en Grecia son el 30%; en Italia, más del 20%.

La crisis es todavía más grave debido a sus repercusiones: son a menudo jóvenes sin pensiones, sin contribuciones a la seguridad social, con unos contactos cada vez menores y unas oportunidades limitadas para ser independientes. El alto desempleo juvenil no solo significa problemas sociales y productividad malgastada; significa que los índices de natalidad disminuyen y la tensión intergeneracional entre los padres y sus hijos treintañeros que siguen viviendo en casa. “Una destrucción generalizada”, asegura un catedrático de la Universidad de Bolonia, “de capital humano”.

En los tres primeros meses del año pasado, Paraskeva ganó 300 euros. Luego no ganó nada durante cuatro meses, luego 250 euros y después nada otra vez. Se gasta “30 euros por semana, como máximo, principalmente dinero de mis padres”. No tiene derecho a prestaciones por desempleo porque lo poco que ha trabajado lo ha hecho sobre todo en el mercado negro. Por eso, a sus 29 años, sigue viviendo en casa con sus padres. Su madre tiene artritis reumatoide, su padre está con diálisis, pero ambos, afortunadamente, siguen conservando sus trabajos de profesores. Y su seguro sanitario.

Paraskeva, al ser una buscadora de empleo registrada, consigue algunos descuentos y algunas entradas gratuitas en los festivales cinematográficos de Salónica. Asiste a clases para desempleados: arte, ficción de fantasía, francés. Ve a los amigos (aunque la mayoría de sus compañeros de clase se han ido al extranjero; pero ella también, el año que viene, podría realizar un doctorado con una ayuda en EE UU). Recoge las recetas de sus padres y lee mucho.

“Tienes que encontrar una rutina”, dice. “Necesitas una rutina. Y conocer a otras personas como tú, eso es realmente importante. Tienes que entender que no es culpa tuya, no has hecho nada malo, que todo el mundo está en el mismo barco”. Pero, sin embargo, algunas mañanas “te despiertas y te parece que... no tiene ningún sentido levantarte de la cama”.

Esporádicamente, esta insoportable frustración hace que el enfado se manifieste en las calles: los indignados españoles, las manifestaciones cercanas a las revueltas que se han producido en Atenas en los últimos meses y el gran movimiento de protesta portugués que obligó al Gobierno a dar un embarazoso giro radical el año pasado. Este mes, miles de personas se manifestaron en Roma para exigir que se tomaran medidas para solucionar un desempleo sin precedentes.

Pero entre medias, es probable que los jóvenes simplemente se enfrenten a sus problemas con una mezcla de tristeza y resignación.

Vasilis Stolis, de 27 años, tiene un máster en ciencias políticas y – aparte de alguna que otra noche en las que tocaba el bouzouki en restaurantes hasta que se acabó el trabajo – lleva desempleado desde 2010. “A veces, no voy a mentir, me siento muy mal”, afirma. Stolis vive en un apartamento que pertenece a su abuelo. Sus padres, otros miembros de la familia y “cualquiera que tenga ingresos, básicamente”, colaboran para ayudarle con los cerca de 350 euros con los que vive. “Sinceramente, a veces es una miseria”, dice. “Pagas las facturas. Sales con una chica que te gusta, y solo le puedes invitar a una bebida. No puedes ir al cine, ni tampoco te puedes ir de vacaciones”.

Vasilis Stolis aún vive en la casa de sus padres. / Jon Henley

Si la mayoría de estos jóvenes en los Estados más afectados – Grecia, España, Italia y Portugal – está saliendo adelante, debe ser, al menos en parte, gracias a algunos vínculos familiares increíblemente resistentes y estrechos. Muchos siguen viviendo en casa de sus padres o viven – como Vasilis – en lugares que son propiedad de un familiar, y con la ayuda del dinero que les dan sus padres.

"La familia", asegura Andrea Pareschi, un licenciado en ciencias políticas de 21 años de Bolonia, “se ha convertido en el principal sistema de seguridad social”. (Eso es mientras se mantienen los salarios, las pensiones y los subsidios, por supuesto; en Grecia al menos, y sin duda en el sector público, están disminuyendo bastante rápido. El padre de Stolis, que trabaja para el servicio sanitario, ha visto como recortaban su sueldo de 2.500 euros a 1.500 euros al mes.)

Una forma de aplazar el problema es prolongar los estudios. “Mientras estés estudiando, tienes algo que hacer”, dice Sylvia Melchiorre, de 26 años, que se licenció por la Universidad de Bolonia, la universidad más antigua de Italia, que pasó 12 meses como au-pair en París, y que ha vuelto para estudiar dos años más de idiomas y literatura.

Daniele Bitetti and Sylvia Melchiorre están buscando trabajo. / Jon Henley

Su novio, Daniele Bitetti, también de 26 años, enviará una solicitud para realizar un doctorado en geografía humana a menos que encuentre trabajo dentro de poco. La pareja, de Puglia, paga 300 euros de alquiler más gastos por su apartamento con la ayuda de sus padres que les envían a cada uno de ellos 600 euros al mes.

“Estudiar al menos hace que sientas que estás haciendo algo”, señala Melchiorre. “Estudias tres años, luego un par más, y luego, Dios mío, ¿y después qué? Un máster, un doctorado...y nunca encuentras un trabajo al acabar”.

Otros simplemente están haciendo las maletas y se están marchando: en esta crisis los jóvenes europeos están emigrando en un número sin precedentes. Más de 120.000 médicos recién licenciados, ingenieros, profesionales de la IT y científicos – la mitad de ellos con dos títulos – se han marchado de Grecia desde 2010, descubrió un estudio de la Universidad de Salónica el año pasado.

“Es una pérdida terrible para el país”, señala Sofia Papadimitriou, que ha presentado una solicitud para estudiar bioinformática en Holanda el año que viene. “Forma a todos estos cerebros y se van. El Gobierno dice que el futuro será diferente; volverán. No estoy tan segura”.

En las décadas anteriores – después de la II Guerra Mundial, en la décadas de 1960 y de 1970 – los emigrantes italianos eran principalmente trabajadores sin cualificación que huían de una vida de pobreza. El año pasado, la emigración desde Italia se incrementó un 30%. La mitad de los que se marcharon tenían entre 20 y 40 años, y con respecto a la década anterior, el doble emigrantes tenía un título.

En España, la ministra de Trabajo calcula que más de 300.000 personas de menos de 30 años se han marchado del país desde la crisis de 2008. Cerca de un 68% más se lo está planteando seriamente, según un estudio de la Comisión Europea.

Entre ellos se encuentra Lucía Parejo-Bravo, de 22 años, que dejará la Universidad de Málaga el mes que viene con un titulo de empresariales y con la firme intención de encontrar un trabajo en Alemania, donde estudió durante un año. “La mayoría de mis amigos se han ido: a EE UU, Reino Unido, Sudamérica, Asia, Escandinavia y Canadá”, asegura. “Quedarse aquí significa luchar – quiero decir luchar de verdad – para encontrar un trabajo. Si milagrosamente consigues uno, es por 600 euros al mes. O menos, si te hacen trabajar como autónomo. Se salen con la suya porque muchos de nosotros estamos desesperados por encontrar un trabajo. En Alemania no será fácil, pero al menos será justo”.

No todos se muestran tan optimistas como Parejo-Bravo. El problema concreto de España es que de los 1,8 millones de españoles menores de 30 años que están buscando trabajo, más de la mitad tienen una escasa cualificación ya que, víctimas de la explosión de la burbuja inmobiliaria, abandonaron el colegio para ganar 2.000 euros al mes o más en la construcción o en empresas suministradoras de materiales de construcción.

Lucia Parejo-Bravo quiere mudarse de España a Alemania. / Jon Henley

Hoy en día, estos trabajos han desaparecido y no volverán hasta dentro de muchos años. Pero mientras tanto, dice David Triguero, de 27 años, en la abarrotada Playa de las Acacias de Málaga con unos amigos, “nos compramos coches bonitos. Me compré un piso. Algunos se casaron; tienen hijos. Mis prestaciones se acabaron en febrero. No veo futuro. Nada”.

A Víctor Portillo Sánchez las cosas no le parecen tan desalentadoras, pero no ve futuro en España. A sus 31 años y a punto de terminar su doctorado (el dinero aportado por la UE se le ha acabado), no alberga ninguna esperanza de quedarse en un país “que está cerrando los centros de investigación que abrió hace solo cinco años”.

Portillo también se las arregla “con la ayuda de mis padres y con mis ahorros. Pero no parece que sea bueno gastarse los ahorros con 31 años”. No ha encontrado ningún trabajo de profesor a tiempo parcial, ni tampoco de camarero.

Por eso, después de defender su tesis este verano, se marchará. “A donde sea”, dice. “Si me hubieses dicho hace tres años que podría presentar una solicitud para un trabajo en Suecia, me habría reído. O en Newcastle. Fui allí una vez, a una conferencia”.

¿Están contentos de marcharse? Tres, cuatro, quizás cinco años en el extranjero, afirma Portillo, está bien. Incluso muy bien, pero parece más bien un exilio. “No veo que vaya a haber un trabajo para mí en España dentro de cinco años”, señala. “Ni tampoco dentro de 10. Y eso me fastidia. Mi padre no está bien de salud”.

Eso no es una aventura, asegura Portillo: “Lo siento, no es como un año sabático. Si lo hubiese decidido yo, pues de acuerdo. Si me hubiese enamorado, o algo así. Pero me veo obligado a marcharme, a ganarme el pan. Y puede que no vuelva nunca. Eso me preocupa”.

Estos jóvenes tienen muchas cosas de las que preocuparse. Ahora, es verdad, es verano: en Salónica, en Bolonia y en Málaga los días son largos, el sol brilla y la playa ejerce su atracción. “Somos jóvenes, ¿sabes?” dice Melchiorre en Bolonia. “Tenemos que vivir al día. Tenemos amigos. Bares. Podría ser peor”.

Un edificio abandonado en Madrid. / Arturo Rodríguez

Pero llega septiembre, y una vez que han pasado unos años, señala Vera Martinelli”, “en realidad no te sientes tan bien. Lo sé. Lo he vivido. Tengo 33 años. Septiembre es la época de los nuevos inicios y de los nuevos comienzos. Excepto que para mí no lo será”.

Martinelli vive con su marido en un piso que pertenece a su abuelo, un antiguo profesor. Tiene un título en idiomas y literatura, estudió en La Sorbona y en Oxford, realizó un posgrado, se formó como profesora y trabajó tres años con niños con enfermedades crónicas. Su prestación por desempleo se acabó en 2011. El matrimonio vive del salario de su marido (que le han reducido recientemente) de 900 euros al mes, y de la ayuda esporádica – “facturas, seguro del coche, esa clase de cosas” – de la familia. Quiere hacer “algo útil, eso es todo. Lo ideal sería para una ONG. Pero, en realidad, en este momento, para cualquiera. Solo quiero tener algo que hacer todos los días”.

Lo peor, afirma, es “cuando la gente te pregunta a qué te dedicas y no tienes respuesta. Parece que todo se ha vuelto sombrío. Ya no soy una adolescente: estoy casada. Crecí con el feminismo; no puedo decir soy ‘una esposa’. Y no soy una adulta porque no tengo un trabajo. No sé lo que soy”.

Lo que todos ellos saben es que el mundo en el que viven ha cambiado por completo. Y entienden que no podrán acceder a la clase de vidas trabajadoras de las que han disfrutado sus padres y de las que siguen disfrutando: unas vidas estables, con trabajos a tiempo completo y una pensión.

“Podían elegir entre muchos trabajos”, indica Melchiorre. “Podían tomarse tiempo para decidir. Sabían que tendrían trabajo durante 40 años. Ahora saben que se jubilarán en seis o siete años. Ahora, no tengo trabajo, ni tengo dinero. Quizás no tenga nada de eso dentro de 10 años. Quizás nunca pueda jubilarme”.

Diferentes jóvenes desempleados. / Jon Henley

Para algunos, esto parece bastante emocionante. “Cada generación tiene sus desafíos”, dice Stefano Onofri, un joven optimista de 21 años que va a empezar un máster en dirección de empresas internacionales. “Esta es la nuestra. Este es el mundo en el que vivimos. Es lo que tenemos ahora. Las oportunidades no desaparecen, solo cambian”.

Su amigo Alessandro Calzolari, de 23 años, que se encuentra a medio camino de acabar un máster en física teórica, ve claro que “todos tendremos que ser emprendedores, con nosotros mismos. Tendremos que estar vendiéndonos constantemente. Es bastante emocionante. Asusta, pero es emocionante”.

Unos pocos ya han empezado. Riccardo Vastola, de 28 años, estudió marketing y comunicaciones, pero creó una empresa de música en 2009 que organiza conciertos de rock independiente, eventos y noches de discoteca en Bolonia y sus alrededores. Oficialmente, es una asociación en este momento, pero el próximo año se convertirá, con un poco de suerte, en una empresa.

“Sentía que tenía que hacer esto”, asegura. “Tenía que hacer algo con lo que disfrutase y que me permitiese trabajar con otras personas, crear como una pequeña familia en mi trabajo. Eso era importante para mí. No estoy seguro de que pudiese hacer un trabajo ‘clásico’ en alguna empresa grande”.

Riccardo Vastola ha montado un negocio de música en Bolonia. / Jon Henley

En Salónica, esa misma motivación empujó a Stolis a crear alterhess.gr, un sitio alternativo de noticias, con cuatro amigos.

No está ganando dinero. “Pero es realmente importante para mí”, indica Stolis. “Estamos trabajando juntos. Eso te da esperanzas para el futuro. Creo que cada vez más jóvenes como nosotros estarán así, haciendo sus propios proyectos. La gente lo tiene ahora. Ese título no era la llave para el prestigio y la seguridad que todo el mundo decía que era. Y no todo el mundo puede ser médico o abogado o ingeniero”.

Konstantis Sevris, un licenciado en ciencias políticas de 25 años de Salónica, tuvo una idea lucrativa: un albergue para jóvenes, donde se alquilan bicicletas, en una ciudad con 100.000 estudiantes que no tienen una. “Lo he intentado”, dice. “La Oficina de Turismo me dijo que no existía ninguna ley en Grecia para los albergues para jóvenes. Puedes tener hoteles o habitaciones para alquilar. Hay muchas locuras así en esta Grecia”.

Pero no todo el mundo está preparado para un mundo nuevo. “En Italia al menos, no se enseña esa mentalidad”, afirma Calzolari. “No crean una cultura en la que sea posible. En EE UU, se crean empresas de reciente creación justo después de la universidad. Aquí no”.

La mayoría dijo que, en líneas generales, estaba contento con la calidad de la enseñanza universitaria. Y rechazan la idea de un sistema estrictamente utilitario que adapte los cursos y el número de estudiantes a los puestos de trabajo disponibles. “La labor de la universidad también tiene que consistir en desarrollar nuestras mentes”, señala Caterina Moruzzi, una estudiante de un máster de filosofía en Bolonia de 22 años. “La gente debería poder dedicarse a lo que le interesa. De lo contrario, ¿qué sería la sociedad?”

Pero mucho creen que las universidades tienen que hacer algo más a fin de preparar a los estudiantes para una nueva realidad. “Nos enseñan cómo pensar, pero no cómo hacer”, indica Pareschi. “Aquí, se va a la universidad a aprender, pero no te enseñan a trabajar”, dice Calzolari: “Hay muy poca conexión con el mundo del trabajo y hay pocas prácticas”.

Y a casi todos les preocupan las consecuencias a más largo plazo del entorno de trabajo que ven que se está creando para ellos: todos los sistemas sociales europeos, señalan, están construidos en torno a trabajos estables, a tiempo completo y a largo plazo.

“Por eso estamos ahí fuera, construyendo nuestra propia marca, para que nos contraten”, afirma Portillo en Málaga. “Salvo que no hay nada preparado para eso. Digamos que voy a EE UU, pago un fondo de pensiones privado durante 10 años y luego vuelvo, con 41 años. El sistema de pensiones español no me va a dejar no formar parte de él. Va a decirme que tengo que trabajar 30 años, en España, para recibir una pensión. ¿Cómo funciona eso?”

En Bolonia, Martinelli piensa más o menos lo mismo: “Sé que nunca conseguiré un trabajo como el que tenía mi madre, que enseñó inglés toda su vida”, dice. “Podría ser fantástico, con muchos trabajos. Pero solo si cuando me ponga enferma estaré cubierta, si cuando no tenga trabajo estaré bien y si cuando tenga 75 años, pueda jubilarme”.

Nadie, asegura Martinelli, parece estar pensando en eso. Al igual que nadie está pensando en las consecuencias, a más largo plazo, de que ella y sus amigas desempleadas de treinta y tantos años no tengan hijos. Sylvia conoce una pareja que va a presentar una solicitud para un doctorado simplemente porque “son tres años de ingresos asegurados. Podrían empezar a formar una familia. ¿Hasta qué punto es mala una situación así’”.

© The Guardian

Y ADEMÁS...

Para poder comentar debes estar registrado en Eskup y haber iniciado sesión

Darse de alta ¿Por qué darse de alta?

Otras noticias

IMPRESCINDIBLES

El Estado solo recupera el 4% de las ayudas a la banca

Amanda Mars Madrid

La mitad del capital público inyectado ya se da definitivamente por perdido

El BBVA reducirá un 40% los costes de Catalunya Banc

El banco comprador gastará 450 millones en la reestructuración

La caja que se tragó el ladrillo

Lluís Pellicer Barcelona

Caixa Catalunya invirtió más de 4.500 millones en una gran promotora

Lo más visto en...

» Top 50

Webs de PRISA

cerrar ventana