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OPINIÓN

China hacia 2020

Los dirigentes chinos han declarado que su propósito es duplicar el PIB y la renta por habitante en 2020, con respecto al año 2010, lo que exigirá una tasa de crecimiento anual medio del 7% en 2010-2020 (en el caso del PIB, un poco más, para tener en cuenta la expansión demográfica, que es lenta, de unas cuatro décimas). Esa cifra es sustancialmente inferior al 10% registrado en cada uno de los tres decenios anteriores (1980-2010) y que permitió al país convertirse en la segunda potencia económica mundial, al adelantar a Japón al final de ese periodo.

No es la primera vez que se hacen previsiones de ese tipo, pues algo similar se dijo de 2000-2010. Hay que recordar que, durante muchos años, el Gobierno anticipaba un 8% de crecimiento del PIB, pese a que acababa rondando finalmente el 10%. La diferencia es que ahora el Gobierno va en serio en tolerar una expansión relativamente baja (para los estándares chinos, claro está) y que, por tanto, es muy probable que el crecimiento se sitúe a partir de ahora en torno al 7%.

Las razones son varias. En primer lugar, el país está, por vez primera, reorientando su pauta de desarrollo desde la inversión y las exportaciones hacia el consumo interno. Los motivos son, por un lado, una inversión (que ha llegado a rondar el 45% del PIB) y una tasa de ahorro (en torno al 50%) excesivas que exponían una baja productividad del capital, a la vez que hacían presagiar problemas graves. Aumentar el consumo interno exige reducir la alta tasa de ahorro familiar y empresarial. Para conseguir ese fin, es preciso mejorar las pensiones, la sanidad y la educación, así como obligar a las empresas estatales a repartir beneficios. El segundo motivo es la creciente desconfianza respecto del entorno exterior desde el inicio de la Gran Recesión. Recuérdese que el volumen del comercio internacional, que crecía el 8% antes de la crisis, lleva años expandiéndose por debajo del 4%. Es más, los problemas son particularmente graves en los dos principales mercados de exportación de China: EE UU y la UE.

En segundo lugar, hay dudas más que razonables sobre la sostenibilidad de un crecimiento devorador de recursos y destructor del medio ambiente. China se ha convertido en una enorme aspiradora de materias primas energéticas y no energéticas (especialmente minerales y metales) no solo por su alto crecimiento, sino también por la elevada intensidad en recursos de dicho crecimiento. Además, China es una auténtica distopía medioambiental en donde están presentes, y con graves manifestaciones, prácticamente todos los males ecológicos de nuestra época: emisión de gases de invernadero, contaminación del aire y del agua, deforestación... Recientemente, el presidente Xi Jinping ha dicho que el Gobierno no sacrificará el medio ambiente en aras del crecimiento a corto plazo.

Algunos economistas añaden una posible tercera razón, la llamada trampa de la renta media, en virtud de la cual China estaría llegando a un nivel de desarrollo que le impediría competir a la vez con los países de alto nivel tecnológico y con los de bajos salarios, y que provocaría su estancamiento. Los argumentos que se suelen emplear para defender esa tesis son que China no efectúa un progreso técnico suficiente, a causa de un desarrollo muy intensivo en trabajo y que los salarios están subiendo mucho por la industrialización acelerada. Así, llegará un momento en el que los chinos se verán cogidos entre tenazas por los países ricos (como Alemania) y los nuevos exportadores (como Bangladesh).

A mi modo de ver, esa tesis no es muy convincente en el caso de China. La primera razón es que, a pesar de las apariencias, sí ha habido un notable progreso técnico y un crecimiento intensivo, basado en la productividad, si bien es cierto que ambas cosas pasan a menudo desapercibidas. Por citar solo un ejemplo, aunque es muy significativo: los gastos en investigación y desarrollo (I+D) han pasado del 1,4% del PIB en 2008 al 2% en 2012, más que la media de la UE. Por otra parte, no hay que olvidar que China tiene una enorme reserva de mano de obra en las provincias interiores, en las que viven 800 millones de personas. La industrialización y la urbanización del centro y el este del país, así como la emigración hacia las zonas costeras, son factores que limitan seriamente el crecimiento de los salarios. En otras palabras, las industrias del textil, de la confección o del juguete no se están deslocalizando masivamente hacia Indonesia o Bangladesh, como cabría pensar, sino que lo están haciendo hacia el interior del país.

La conclusión principal es que veremos un crecimiento menos explosivo en China, expansión que, sin embargo —especialmente si la recesión en los países ricos es duradera—, seguirá siendo espectacular.

Pablo Bustelo es investigador principal (Asia-Pacífico) del Real Instituto Elcano y profesor titular de Economía Aplicada en la UCM.