Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete

La vida gemela de los Nadal

Alberto y Álvaro coincidieron en el mismo útero, estudiaron la misma carrera, fueron los números 1 y 2 en la misma oposición y, desde el martes, forman parte del mismo Gobierno

Son como un torrente. Enlazan temas sin parar. Pasan de cuestiones filosóficas a teoremas económicos sin solución de continuidad. Saltan de Séneca a Adam Smith o de Napoleón al último Nobel. Da igual quién hable de los dos. Uno es zurdo y otro diestro. Uno se ha dejado barba; el otro, no. De pequeños sacaban las mismas notas y tenían las mismas debilidades: las matemáticas y la historia. No coleccionaban cromos ni se partían las rodillas jugando al fútbol en el recreo. Tampoco colocaban pósteres en su habitación, que era la misma; la empapelaban con los temas que tenían que aprender. Cuando tuvieron que elegir carrera, se decidieron por Económicas y, como su padre les apretaba para que hicieran una ingeniería, escogieron ICADE, o sea dos carreras a la vez (Económicas y Derecho) para contentarle. Acabaron cum laude y, de forma casi inmediata, sacaron la oposición a técnicos comerciales y economistas del Estado con los números uno y dos. Mientras tanto, se hicieron liberales y entraron en política. O al revés. Desde pequeños querían trabajar en economía o en el Banco de España y, según algunos compañeros de carrera, ser ministros.

Son los gemelos Nadal y llevan camino de conseguirlo. De momento, han alcanzado el rango de viceministros. Álvaro, que es el zurdo y nació unos minutos antes, es director de la Oficina Económica del Presidente, y Alberto, que se dejó barba para que no les confundieran, acaba de asumir la secretaría de Estado de Energía tras haber sido los últimos dos años vicesecretario general de la CEOE. Tienen mucho poder y les gusta ejercerlo allá por donde circulan. Apenas tienen fisuras en sus convicciones. Alberto, que rechazó ser consejero de Red Eléctrica por el cargo de hermano, tratará de enderezar la errática política energética, y Álvaro estará satisfecho de tener a su gemelo más cerca del Estado Mayor de La Moncloa.

En conversación, por separado, hablan sin tapujos; pero son reacios a hacerse una foto juntos. El tono de voz les confunde y a veces emplean las mismas frases. “Es lo que tiene haberse conocido antes de nacer”, bromea Alberto. Una excompañera cuenta que se quedó perpleja cuando en un restaurante oyó hablar a Alberto a sus espaldas y que se contestaba. Al darse la vuelta se lo explicó al ver a los hermanos comiendo mano a mano.

Álvaro es el rasputín económico del presidente, la persona que le lleva la agenda y le prepara para las reuniones internacionales. Es, como apunta, quien tiene que hacer de lubricante entre los ministerios económicos para que todo funcione bien. Tiene fama de implacable y se le atribuye ser el último responsable de convencer a Rajoy y de su posición frente al rescate. Ha recibido críticas en Bruselas y Berlín, donde se le acusaba de mostrarse difuso con el euro. “Las decisiones son colegiadas, el presidente recibe mis imputs y decide entre varias opciones, que han sido duras por necesidad”, se defiende este hombre que con 16 años practicó (junto a su hermano, claro) esgrima. “Ser zurdo ayuda en este deporte, algún día volveré a practicarlo”, advierte, quizá por aquello de que el engaño es muy útil en política.

Álvaro es el director de la Oficina Económica del presidente y Alberto, el nuevo secretario de Estado de Energía

Los Nadal Belda nacieron en 1970 y se criaron en el Parque de las Avenidas, un barrio madrileño cercano a la plaza de toros de Las Ventas, dentro de una familia de clase media acomodada con ascendencia catalana, aragonesa y andaluza. Son hijos únicos de un ingeniero aeronáutico y un ama de casa que les llevaron a estudiar al vecino Colegio Menesiano. Pronto destacaron en unas clases masificadas de 48 chavales. Se pegaron una paliza a estudiar como clásicos empollones y lo reconocen. Con siete años, su madre les apuntó a una academia de inglés a la que los llevaba a diario en un Seat 127. “Nunca se lo agradeceremos lo suficiente”, dice Álvaro. “Aprendimos idiomas a codo, tras el inglés nos apuntaron a alemán y luego a francés”, añade Alberto. Ahora hablan con fluidez las tres lenguas.

La pasión por la historia y las matemáticas les decantó por la economía, que, según Alberto, “es la ciencia social más matematizada”. “Una idea económica bien planteada tiene la elegancia de un conocimiento de ingeniería”, señala Álvaro. Su progenitor, fallecido hace dos años, se quedó dos veces en paro, primero en los setenta en Dragados y Construcciones, y luego en los noventa, en el Ministerio de Defensa. “Eso nos marcó y nos obligó a hacer mayor esfuerzo: empezamos a preparar las oposiciones antes de acabar la carrera”, recuerda Alberto. Los veranos aprovechaban para ir a universidades europeas y enriquecer su equipaje. Eran los años de Gobierno de Felipe González. Pero ellos ya tenían muy claro que lo suyo era la derecha. Con 18 años se afiliaron a Nuevas Generaciones. “Que conste que hemos leído de todo, desde El Capital hasta Mein Kampf”, explica Alberto. “Quisimos conocer todas las corrientes porque tenemos curiosidad y no podemos rechazar todo; eso nos hace abiertos, liberales. Preferimos el debate de ideas por lo que son, no por quién las dice”, coinciden.

Durante la carrera les conocían como “los mellizos”. Y tomaron, al alimón, la decisión de vivir de la economía y entrar en la Administración. En realidad, a los dos hermanos (adictos a la serie Sí, ministro) les encantaba la política. Por esa razón, decidieron opositar a economistas del Estado, que sacaron con 24 años. Álvaro el primero de la promoción, Alberto el segundo, aunque, como cuando eran párvulos, con notas parecidas y muy por encima del tercero. En el tribunal que les examinó estaban Miguel Sebastián, José Manuel González Páramo, Carlos Ocaña y Gerardo Novales, y de secretario, Jaime García-Legaz, actual secretario de Estado de Comercio. Luego vino la mili, que hicieron juntos (tres meses de campamento en Alicante y seis de alféreces en Madrid) y donde se encontraron con una España muy distinta de la que habían visto en las aulas.

Con 25 años y el título bajo el brazo entraron en el Ministerio de Economía, donde mandaba Pedro Solbes. A partir de entonces comenzarían a separar sus vidas pasando por distintos puestos de Economía, Hacienda y Comercio. Con el PP escalaron peldaños. Se los rifaban. Álvaro, que aprendió organización industrial en Harvard con una beca Fulbright, recuerda que le hizo una fallida opa Baudilio Tomé (antecesor suyo en La Moncloa) y que el vicepresidente Rodrigo Rato, en un Consejo de Ministros, le pasó un papel a Cristóbal Montoro, titular de Hacienda: “Me han dicho que quieres llevarte a Álvaro, no me viene bien”. Pasaron de meros funcionarios a tocar la política de verdad. Pero mantienen el espíritu funcionarial: “No se puede despreciar a los funcionarios, hay mucha gente que tiene conciencia de jugar con la camiseta de la selección, son los que sujetan el Estado”.

Solo coincidieron cuatro meses. Fue en 2000, con Alberto asesor de Economía y Álvaro de Internacional. Duró hasta que este conoció a una funcionaria de la Embajada española en Finlandia, Teresa Lizaranzu, en una reunión del Ecofin en Helsinki. No tardaron en casarse —tienen dos hijos— y trasladarse a Israel, él como consejero comercial y ella al consulado. Lizaranzu, que en la pasada legislatura estaba en la Embajada de Berlín, es hoy directora general del Libro.

Alberto conoció a su mujer mientras la preparaba para opositar a técnico comercial y se casó en 2004. También tienen dos hijos. Ese año se fueron a Washington. En 2009 volvió y fichó por la CEOE. Juan Rosell, al llegar, le nombró vicesecretario y no daba un paso sin saber sus opiniones. Se ganó la confianza del aparato y el respeto de los sindicatos, que valoran su carácter dialogante.

También en 2004 Álvaro comenzó a trabajar con la Administración socialista; pero pronto le reclamó Miguel Arias Cañete para el equipo de Economía del PP y de la Ejecutiva del partido. Estuvo con Elvira Rodríguez, con quien formaba pareja de mus y que recuerda que había oído hablar de “dos gemelos que eran unos cerebros”. En 2008 salió diputado por Albacete tras aceptar la oferta de María Dolores de Cospedal (“le agradezco que confiara en mí”). “Crees que en el Parlamento entras en un ambiente de ácido sulfúrico”, apunta. Ahora reconoce que tiene mono del Congreso, adonde iba en bicicleta.

Se ven con frecuencia. “Hemos construido mucho juntos, pero no siempre pensamos lo mismo”, afirma Alberto. En algo difieren: Álvaro es un melómano experto en música de cine; Alberto monta a caballo.