OPINIÓN

La importancia de la industria

Uno de los problemas más urgentes a los que debe hacer frente el sur de Europa es el de la desindustrialización de sus economías, algo que no ha sucedido en los países nórdicos. La participación media de la industria en el PIB de Francia, Italia y España (por tomar tres países representativos del sur para compararlos con otros tres representativos del norte) ha caído, desde el inicio de la unión monetaria hasta 2011, en casi cinco puntos si se toman los datos a precios corrientes y algo menos si se toman los precios de 2005. En el mismo periodo, la participación de la industria en el valor añadido de Alemania, Holanda y Finlandia ha permanecido prácticamente invariable. Es cierto que esta evolución esconde diferencias internas en cada grupo de países: en los del sur fue España la que más sufrió la desindustrialización, seguida de Francia e Italia. En los del norte fue en Finlandia donde más se redujo el porcentaje de su industria, y en Alemania, donde menos. Pero en promedio el fenómeno está muy claro: los países del norte consiguieron mantener el peso de su industria mientras que los del sur vieron cómo descendía su participación en la actividad general.

Este resultado guarda una estrecha relación con lo sucedido en los intercambios de mercancías y servicios. Al inicio de la unión monetaria, las balanzas por cuenta corriente del norte y del sur estaban equilibradas, pero en 2011 (en realidad, en el promedio de los tres últimos años comparado con el promedio de los tres primeros) la situación era muy diferente: los países del norte registraron un excedente de más del 6% de su PIB mientras que los del sur tuvieron que hacer frente a un déficit superior al 3% de su PIB: hay razones para pensar que la caída del peso de la industria en el sur está relacionada con el deterioro de sus cuentas con el resto del mundo.

Lo primero es mantener los avances obtenidos en la productividad a lo largo de los últimos trimestres

En los desequilibrios exteriores intervienen también muchos otros factores, de entre los que merece la pena destacar la presión de la demanda interna sobre los recursos productivos. El crecimiento de este agregado a lo largo del periodo considerado fue más intenso en el sur que en el norte: un 3,8% anual en valor frente a un 2,1%. Los salarios también crecieron más en el sur, si bien a partir de 2008 la tendencia se invirtió. También lo hizo el consumo y, por sorprendente que pueda parecer, especialmente si se tiene en cuenta la evolución de los intercambios con el exterior, la inversión en bienes de equipo en volumen creció más en el sur que en el norte. Este punto es interesante porque cuando se considera el stock de capital por empleado, los datos indican que este no varía mucho de un país a otro y, además, al final del periodo nos encontramos con que el capital por empleado era más importante en España que en Alemania. Es algo que merece la pena tener en cuenta: a primera vista es probable que la rigidez de las relaciones laborales en España haya propiciado un uso intensivo del capital frente al trabajo, lo que, por otra parte, guarda alguna relación con el elevado consumo de energía por unidad de producto en la industria de nuestro país.

La participación del sector público en la demanda interna también subió más en el sur que en el norte. En los países meridionales creció a una tasa del 4,6% anual frente a un incremento del 2,9% en los septentrionales. Y ello a pesar de que, contrariamente a una idea bastante extendida, en 1999 el peso de los gastos del Estado sobre el PIB era ya ligeramente superior en los países del sur de Europa. Desde entonces, la diferencia se ha agrandado hasta alcanzar un 52,2% en el sur (media de los tres últimos años) frente a un 48,8% en el norte. Conviene, sin embargo, tener en cuenta que los dos países con menor peso del sector público en el PIB eran España y Alemania, respectivamente, y tampoco hay que olvidar que la crisis ha incrementado el peso de los gastos públicos por doquier.

Estos factores permiten comprender mejor la diferente evolución de los países de la zona del euro a lo largo de los últimos años, pero, como elemento diferenciador, los movimientos de población son aún más importantes. En el norte, desde el inicio de la unión monetaria, el número de habitantes apenas varió, mientras que en el sur se registró un aumento de la población de casi 15 millones de personas. En España e Italia, fundamentalmente por la inmigración; en Francia, por el crecimiento vegetativo de su población. Esta evolución explica un dato interesante: la tasa de aumento del consumo por habitante en volumen desde el inicio de la unión monetaria ha sido la misma en el norte que en el sur (un 0,6% anual). La globalización y el incremento de la población son dos factores esenciales a la hora de explicar la evolución económica de los últimos años.

La herencia de la burbuja no ha sido una herencia industrial en el sur. Fortalecer la industria debería ser un objetivo prioritario del Gobierno, aunque no sea una tarea fácil. En realidad, un diseño de política económica que se oriente hacia donde parece hacerlo espontáneamente la economía, es decir, hacia la exportación, requiere necesariamente una atención especial a la producción industrial. Lo primero es mantener los avances obtenidos en la productividad a lo largo de los últimos trimestres. Pero por sí solo esto no basta, pues en un mundo en completa mutación las únicas garantías de futuro son la formación y la investigación, terrenos en los que hay mucho por hacer. También, naturalmente, es preciso eliminar las incontables trabas que obstaculizan la creación y el desarrollo de las empresas.

La tentación de no hacer nada suele estar con nosotros y, desde luego, tal vez sea una opción mejor que la de intervenir en la vida económica con programas sin sentido cuyo caudal de buena voluntad a menudo solo es comparable al destrozo que producen, como ha sucedido, por ejemplo, en el caso de las placas fotovoltaicas. El Estado debe garantizar el marco general, facilitar la tarea de los emprendedores, regular la actividad de manera razonable, incitar en los casos en que sea necesario no sin antes haberlo pensado detenidamente; en definitiva, tomar decisiones que no sacrifiquen sistemáticamente la racionalidad económica a las conveniencias políticas y los intereses del futuro a los del presente. No creo que sea soñar con lo imposible. La evolución de las exportaciones y la mejora de la competitividad de nuestra industria bien pueden alimentar un gramo de esperanza.

 

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