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COLUMNA

Ojalá fuese la herencia

 

¿Provienen los males de la economía española de la herencia dejada por el PSOE al PP? Ojalá, porque entonces, más tarde o más temprano, muerto el perro, muerta la rabia. Pero no es así.

¿Cometió el anterior Gobierno un “engaño muy grave” con las cuentas públicas de 2011, como, subiendo el tono en la subasta de adjetivos, aseveró el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, durante el debate presupuestario? Un engaño que estaría destinado a tapar un “déficit oculto”, según sus voces amigas. Pero no es así.

Porque en ningún momento el anterior Gobierno brindó a nadie —tampoco a la UE— ningún dato de ejecución presupuestaria falso, sino solo previsiones sobre el déficit que se mostraron inexactas, por optimistas. No es muy genial que el Gobierno de España dispare a los pies de la credibilidad estadística de España, construida por los sucesivos Ejecutivos, todos ellos en este aspecto fiables.

¿Por qué erraron las previsiones Zapatero / Salgado para 2011? Fuera psicoanálisis, solo cifras. Ocurrió que la recuperación internacional de los primeros meses se truncó a partir de Fukushima, Libia y el estertor del impago griego. La ralentización afectó a España sobre todo en el último trimestre, al crecer su PIB solo en un 0,3%, contra un 0,9%, 0,8% y 0,8% de los tres primeros.

La erosión del rival lleva a un falso diagnóstico y por ello a malas recetas

El bimestre final, que registró el turno de Gobiernos, fue fatal. Los ingresos líquidos (sobre todo recaudación de impuestos) cayeron en picado, desde los 10.419 millones en septiembre y los 19.165 en octubre a solo 4.068 en noviembre y 6.830 en diciembre. El superávit de caja de septiembre y octubre se trocó en abultado déficit de 11.815 millones en noviembre y de 8.401 en diciembre. Ya sucedió el bimestre final de 2010 en Cataluña, que va con el ciclo adelantado, y CiU lo atribuyó a la herencia del tripartito; hasta que se le repitió en 2011. Y, salvo mejora general, puede repetirse.

De modo que tiene alguna explicación que los Gobiernos cesantes confiasen casi hasta el final en un buen resultado. Y de hecho casi lo obtuvieron en la Administración central, al desviarse solo tres décimas. En las autonomías, la responsabilidad fue muy compartida, ¿cuántas veces habrá que repetirlo?

Veamos ahora la cualidad de la desviación. ¿Vino por el exceso de gasto, por afición a dilapidar? No. “El gasto público [total] se contrajo un 2,3% en 2011”, sentencia el boletín de abril del Banco de España, página 55. Ergo, empezó la austeridad. Insuficiente para el objetivo, pero empezó. Lo determinante fue la caída de ingresos, por culpa de la menor actividad: “De la desviación presupuestaria observada en 2011, en torno a un 90% del total, se debió a la extrema debilidad de los ingresos públicos, que se redujeron en algo más de un punto con respecto a 2010”.

Ojalá que a Montoro le lluevan todos los ingresos que prevé. Pero si le saliesen mal, por favor, que nadie le devuelva la misma moneda acusándole de “engaño muy grave” y culpando a su —ya será evaluable, tras un año— “herencia”. Sería disparar contra todos. Si no se modera el catastrofismo contra los Gobiernos, la catástrofe será de todos ellos, o sea, de España. Y entonces solo quedará un recurso: contratar de jefe a Mario Monti.

Denigrar la herencia recibida reporta ventajillas politiqueras: mella al adversario al imputarle los sacrificios necesarios; le coloca a la defensiva, como imputado; ayuda al nuevo gobernante a ganar tiempo; sirve en bandeja un lenitivo a los incumplimientos de sus promesas y compromisos electorales...

Pero acarrea una doble desventaja para hacer política económica seria. Al arrinconar a la oposición, cercena el mínimo consenso social necesario para hacer reformas duras, requerido hasta por las mayorías más absolutas. Y al constituir un diagnóstico pobre o falso, propicia —para distanciarse del gobernante anterior o desacreditarle— recetas inadecuadas. De las que los mercados desconfían, tanto más cuantas más dentelladas se propinen los políticos.

Así, en el Presupuesto no se toca la retribución de los funcionarios, pero sí la de los pensionistas, aunque por la puerta de atrás: IRPF y medicamentos; se mantienen trenes inútiles y se cancelan otros productivos; aumenta la dotación al deporte y se rebajan las de becas e I+D...

El error de machacar la herencia puede conducir al de destruir el inventario.