ANÁLISIS

En 2012, como en 2011

La parte transcurrida de 2012 transpira un inquietante parecido con los primeros meses de 2011. Entonces, dos acontecimientos marcaron el comienzo del año: el surgimiento de la llamada primavera árabe y el maremoto de Japón. El primero coincidió con una fuerte subida del precio del petróleo, asociado sobre todo a la interrupción de la producción en Libia. Los efectos del segundo tardaron algo más en hacerse perceptibles: se produjo una desaceleración industrial en EE UU al interrumpirse el suministro normal de componentes (sobre todo para automóviles) que llegaban desde Japón. Esa desaceleración se transmitió posteriormente a los otros grandes bloques económicos y se hizo sentir en Europa y en China a partir del mes de abril.

El año 2012 se ha iniciado también con una fuerte subida del precio del petróleo que, con 128,4 dólares por barril de brent, ya ha superado el nivel más alto que alcanzó el año pasado (aunque esta vez hayan sido las tensiones de Occidente con Irán o los enfrentamientos en Siria los causantes de la escalada de precios). En ambos casos, primavera árabe e Irán, la prima añadida al precio del petróleo se puede evaluar entre 30 y 35 dólares (esa evaluación la hace Scott Barber de Thomson Reuters comparando la evolución del precio del petróleo con la de los metales industriales que no están sometidos a las incertidumbres geopolíticas de Oriente Medio y norte de África; al eliminar el factor geopolítico, se supone que queda aislado el impacto puro de la demanda de petróleo, el que correspondería al nivel actual de actividad económica).

También los mercados financieros han seguido una pauta similar en ambos inicios de año: las Bolsas subiendo y los mercados de deuda pública milagrosamente tranquilos. Y eso a pesar de que el año pasado se iniciaba con la resaca del rescate de Irlanda y este 2012 lo hacía con la perspectiva de una declaración de mora desordenada por parte de Grecia. Y en ambos casos también con el euro apreciándose frente al dólar.

Igual que el año 2011, 2012 comenzó con expectativas económicas relativamente optimistas (aunque no en el caso de España, esta vez). Sin embargo, poco a poco, ahora como entonces, empiezan a aparecer nubarrones en forma de malos datos de la economía china (que aún no está claro si se deben al efecto de calendario) o de la norteamericana, en la que tanto el indicador adelantado de producción industrial como la cartera de pedidos de bienes duraderos o el precio de la vivienda apuntan una amenazante flojera.

En Europa sí que está todo mucho más nítido (¡hasta Suecia ha tenido una caída de PIB!) y la Eurozona parece haber entrado en recesión (para colmo de coincidencias con 2011, en esta misma semana se ha publicado en Alemania un dato muy malo de ventas al por menor que hace recordar el de hace 11 meses).

Con este paralelismo entre los dos años, a los próximos meses les corresponden un retroceso de las Bolsas y una desaceleración de la economía mundial. En sentido contrario apuntan, entre otros, los buenos datos de comercio internacional estimados por un prestigioso instituto holandés (el CPB Bureau) para el mes de diciembre pasado, aunque este mismo organismo proyecta que el comercio internacional se contraiga este año un 1,75%, algo que no sería nada bueno para España que espera que un buen comportamiento de las exportaciones sirva para amortiguar el comportamiento negativo de la demanda nacional en 2012.

El principal peligro, ahora, es el de una desaceleración en la economía de EE UU que, de confirmarse, repetiría el mismo patrón de comportamiento (fortaleza al inicio del año y debilidad después) por tercer año consecutivo. Pero, así como en 2010 y 2011, las alertas de recesión tenían poco fundamento, en esta ocasión pudiera ser diferente: para julio de 2012 la economía de EE UU habrá cumplido su tercer año de expansión, y tres años es la media de duración que tienen las expansiones en ese país cuando su economía ha pasado por una gran crisis financiera o de rentabilidad empresarial. Y aunque los tipos de interés están muy bajos y, por tanto, no responden a una situación típica de cambio de ciclo, el impacto de un precio del petróleo tan alto ya se está dejando sentir (desde 1948 todas las recesiones menos una han ido precedidas por una subida de los costes de la energía). El que los aumentos de productividad en el país estén próximos a cero apunta en la misma dirección. Por no hablar de las dificultades que encuentra la concesión de créditos.

Una recesión en EE UU sería ahora el peor de los peligros para la economía europea, en la que el inicio de la recesión americana tendría el efecto de prolongar la propia. El precio del petróleo, y el sino del ciclo americano, tienen la palabra.

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