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La crisis del euro

La violencia convierte a Atenas en un campo de batalla

Más de 500 heridos tras varias horas de enfrentamientos en la plaza Sintagma.- Los disturbios se extienden a otros barrios del centro de la capital griega

M. ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO | Atenas (Enviada Especial) 29 JUN 2011 - 12:30 CET
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Uno de los escenarios de futuro inmediato que presumiblemente deberá afrontar el Gobierno del socialista Yorgos Papandreu -o cualquiera que le suceda en los próximos cuatro años- es una insurrección popular permanente, con periódicos picos de violencia, como el que esta tarde estalló en el centro de Atenas. Desde el epicentro de la plaza Sintagma -centro neurálgico del país, la sede del Parlamento, pero también del campamento de los indignados-, las revueltas se extendieron a varios barrios del centro de la capital, algunos turísticos como Monastiraki; otros, acomodados, como Kolonaki. Desde las cuatro de la tarde, hora local (una menos en la Península), grupos de encapuchados y antidisturbios han escenificado la caza del ratón y el gato en episodios de una violencia creciente; el resultado es un ambiente irrespirable, inundado de gases lacrimógenos.

El grado de devastación en que se halla la capital griega incluye la aniquilación de todo el mobiliario urbano: adoquines, mamparas, jardineras, fuentes, marquesinas y semáforos arrancados de cuajo; quioscos de prensa carbonizados; lunas rotas y cierres metálicos arrugados como una bola de papel.

Los hoteles de la plaza Sintagma no han escapado a los destrozos: el martes, primer día de una huelga general que hoy ha pasado desapercibida, los radicales rompieron los escalones de mármol del Plaza Athens con enormes mazos, para utilizar los cascotes como munición de su intifada contra la policía; esta tarde, el King George, contiguo al anterior, ha debido ser desalojado al no poder garantizar la dirección la seguridad de sus clientes.

En el Plaza Athens ha quedado prohibido el uso de flases en la entrada o en los balcones. En el Grande Bretagne, en fin, los encapuchados han arrancado de cuajo puertas y ventanas. Aquí y allá arden hogueras amenazantes.

Pero lo más dramático ha sucedido en el subsuelo. Más de 500 personas han debido ser atendidas de crisis respiratorias, contusiones o heridas en un puesto de socorro improvisado en el vestíbulo de la estación de metro de Sintagma, a escasos 50 metros del Parlamento. Una treintena de ellas fue trasladada a hospitales, mientras las cadenas de televisión reiteraban el llamamiento a los médicos disponibles en la ciudad para que se trasladasen al lugar.

A primera hora de la noche, una furgoneta de la ONG Médicos del Mundo se abría paso con dificultad entre las columnas de antidisturbios desplegadas en torno a la plaza. No había tampoco suficientes botellas de oxígeno dentro; la calidad del aire empeoraba a medida que afluía más gente a refugiarse de los disturbios.

Fuentes del servicio de bomberos declaraban no haber visto jamás un escenario semejante. Aparte de los cubos de basura incendiados -no hay servicio de recogida desde el lunes, y los desperdicios se amontonan por doquier-, los bomberos debieron desalojar un céntrico edificio de viviendas por las llamas de uno de los locales, que alberga una sucursal bancaria. En el Ministerio de Finanzas, la garita de seguridad de la entrada estuvo a punto de convertirse en una tea con los guardas dentro. La contigua sucursal de Eurobank, la segunda entidad crediticia del país, fue consumida por las llamas. Y las instalaciones de una oficina de correos, en la misma manzana, quedaron pulverizadas.

Dos políticos fueron blanco de las iras de un grupo de exaltados, y más de uno debe de estar planteándose cambiar de oficio: en Grecia, la política es una profesión, no un desempeño. El diputado socialista Alekos Azanasiadis, uno de los más críticos con el plan de ajuste, recibió el impacto de una silla voladora cuando salía del Parlamento; la comunista Lianna Kaneli acabó bañada en yogur.

La Embajada de Estados Unidos en Atenas emitió a última hora de la tarde un aviso recomendando a trabajadores y familiares no trasladarse al centro de la ciudad en los próximos días, por temor a que continúen los disturbios.

Tardará días en limpiarse el aire, hoy manifiestamente irrespirable en la capital de Grecia. Pero no solo es el efecto de los gases lacrimógenos, también una metáfora de la asfixia que atenaza a los griegos.

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