Reportaje:Los cobradores

"Si pensara en las personas a las que llamo, nadie me pagaría"

Los gestores trabajan a menudo bajo presión y por sueldos que muchas veces no llegan al mileurismo. "Cuando trabajo, interpreto un papel", dice un cobrador con tres años de experiencia. Muchos lo acaban dejando.

CARMEN PÉREZ-LANZAC Madrid 6 ABR 2011 - 07:00 CET
La crisis ha disparado la morosidad y 800 empresas han florecido al cobijo de las deudas ajenas. EL PAÍS dedica una serie de reportajes a un sector opaco cuya actividad no está regulada en España. Mañana: La angustia de losdeudores.

"Cuando trabajo interpreto un papel. No pienso en las personas a las que llamo. Si lo hiciera, acabaría llorando y nadie me pagaría. Realmente la gente lo está pasando fatal".

Alfredo, 40 años, se dedica a cobrar deudas desde hace tres. Este licenciado en Derecho no encontró otro empleo mejor. Tampoco tuvo más suerte su compañera Nuria, de 39, que tiene una diplomatura en nutrición. Ambos trabajan para una importante empresa del sector. A ninguno de los dos les gusta su trabajo y si pudieran, lo cambiarían por otro. "Desde luego ahora en nuestra ciudad no sale nada", dicen ambos encogiéndose de hombros, la sonrisa torcida.

Ante un café, Nuria y Alfredo cuentan en qué consiste su día a día. "A nosotros nos llegan las locuras del sistema financiero, gente que ganando 900 euros paga 500 de cuota por el coche. Trabajamos bajo mucha presión y nos reprenden de forma continua, tanto que deja de ser eficaz", explica Nuria. "Págame. No te pago. ¿Por qué no?... Cada llamada es una batalla en la que uno de los dos tiene que ganar", sigue Alfredo. "Pero la conversación no puede durar más de cinco minutos, porque cuantas más llamadas haces más posibilidades hay de que te paguen, y recibimos apercibimientos si no cumplimos los objetivos. Todo esto te genera mucha presión y te acabas excediendo", sigue. La presión por cumplir unos objetivos de recobro, lleva a muchos cobradores a subir el tono de sus conversaciones: "Decimos de todo. Lo de que les vamos a embargar el sueldo lo soltamos por definición y muchas veces nos identificamos como letrados. Y a veces decimos cosas peores, como 'Pues tengo al juez aquí al lado'...".

"Trabajamos bajo mucha presión y nos reprenden de forma continua. Tanto, que deja de ser eficaz", explica una cobradora

El cobrador muchas veces no sabe a qué responde exactamente la deuda que reclama, ni dispone de las facturas

"Teníamos que ser súper agresivos. Todo valía, el caso era cobrar. Yo no tuve estómago", explica una joven

Expedientes incompletos y sin facturas

Uno de los temas que más complica el trabajo de los cobradores es la poca información de que disponen de cada expediente, que suelen llegar a las empresas de recobro incompletos. El cobrador muchas veces no sabe a qué responde exactamente la deuda que reclama, ni dispone de las facturas que a menudo le piden los titulares. Además, y debido a la velocidad con que las centralitas informatizadas les lanzan llamadas, a penas disponen de tiempo para leer los comentarios que los anteriores cobradores escribieron sobre el caso. Desarrollan su tarea en condiciones muy pobres.

No todo el mundo aguanta esta forma de trabajar ni la presión. Irene, de 41 años, cuenta su calvario: "Yo llevaba un tiempo en el paro cuando me contrataron y la verdad es que no tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. Al principio no estaba mal, había encontrado trabajo, una estabilidad, pero pronto fui viendo que aquello era un desmadre. La supervisora nos metía mucha caña. Había que levantar la voz y no nos decía que hubiera que ser maleducados, pero si lo eras no pasaba nada. A los deudores los presionábamos diciendo que los íbamos a llevar a juicio aunque la realidad es que tenían que pasar muchos meses para eso. Si no seguías el esquema de amenazas, te penalizaban, y si te penalizaban cobrabas menos y podían echarte", continúa. "Recuerdo claramente a un anciano preguntándome que por qué era tan mala. Buf, se me pone la piel de gallina". Irene ya no trabajaba de cobradora. Ha pasado más de medio año y sigue en el paro.

Rut, que también aporta su testimonio, duró menos todavía: cuatro días. "Suficiente para ver que aquello era un espanto", cuenta. "El trato es igual de duro ya estés hablando con una señora que debe 30 euros como con otra que se ha hecho varias operaciones de cirugía estética y no las ha pagado. Teníamos que ser súper agresivos, todo valía, el caso era cobrarlo. Yo no tuve estómago".

Un sueldo de 860 euros

Sergio, de 31 años, licenciado y cobrador desde hace tres, lo vive con ironía y cierto desapego. Lo considera un trabajo "alimenticio" mientras sale otra cosa: "Cada mañana, al sentarme al ordenador, me siento como James T. Joker Davis en La chaqueta metálica, de Kubrick: Con un símbolo de la paz pintado a un lado del casco y al otro el lema 'Born to kill'. Cuando salgo del trabajo, me olvido de todo", dice. "Y a pesar de todo es el único empleo en trece años de vida laboral en el que tengo contrato indefinido, vacaciones pagadas, horas médicas, jornada completa, definida y declarada a la seguridad social en su totalidad, horario de mañana, condiciones salubres, representación sindical, inspecciones de trabajo y un sueldo de 860 euros al mes. Lo que más rabia me da es saber que si trabajara en las entidades financieras para las que recobro tendrían que pagarme el triple".

La externalización de la gestión del recobro es también una forma de abaratar costes laborales. Sofía Castillo, secretaria de la agrupación de telemarketing de Comisiones Obreras calcula que de los 45.000 empleados del sector, unos 15.000 se dedica al cobro de deudas para otras empresas. Sus sueldos, explica, son menores que los de los empleados de las empresas para las que recobran. En concreto, el sueldo de un gestor telefónico es de 14.759 euros brutos al año y el de un teleoperador 13.344 euros. Sin embargo, otros muchos empleados del sector son contratados bajo el convenio de Oficinas y despachos (con 10.250 euros brutos al año por una jornada de 35 horas semanales). "Las empresas externalizan este trabajo para ahorrar en personal y abaratar costes", dice Castillo. "Y nos parece terrible que externalicen el trabajo sucio para evitarse problemas".

Cobradores asfixiados por las deudas

La situación económica media de los cobradores de deudas está lejos de ser boyante. Y aunque resulte irónico muchos cobradores están, a su vez, asfixiados por las deudas. La crisis también ha mermado sus sueldos. Lo cuenta Verónica, con siete años de experiencia en el sector y la voz machacada por las horas al teléfono: "El trabajo ahora es mucho más duro y además ganamos menos. Antes trataba más con el pícaro, el que no paga porque no quiere, pero ahora hablo todos los días con gente que no puede pagar su casa y les echan. Antes de la crisis era más fácil recobrar, y con incentivos yo he llegado a los 3.000 euros. Ahora cobro 850".

Alfredo y Nuria, los dos cobradores con cuyo testimonio arranca este reportaje, ganan 950 euros. La mujer de Alfredo trabaja en una empresa de telemarketing y tiene un sueldo similar. El marido de Nuria se ha quedado en el paro. A pesar de su edad, 40 y 39 años, ninguno de los dos tiene hijos, ni se plantea ser padres. "¿Qué futuro iba a ofrecerle?.", se pregunta Alfredo encogiéndose una vez más de hombros: "Estamos llamando a gente que a lo mejor mañana soy yo... Es una mierda, pero por lo menos no estamos en la calle cobrando el paro".

Los nombres de los protagonistas de este reportaje han sido cambiados para preservar su identidad. Puedes contactar a través de Eskup y Twitter con la autora de esta noticia.

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